Nuestras noches en silencio

Capítulo 5: El peso del silencio (Parte 1)

El zumbido ensordecedor del tráfico sobre el bulevar y el calor pastoso de las siete de la mañana nos dieron la bienvenida de golpe, destruyendo la última pizca de la burbuja de paz que habíamos construido en el Lago de Yojoa. Abrí los ojos en la cama de nuestro apartamento en San Pedro Sula, sintiendo de inmediato cómo el sudor comenzaba a perlar mi frente. El ventilador de techo giraba a su máxima capacidad, pero solo lograba mover un aire tibio que no aliviaba la pesadez del ambiente. A mi lado, Lyra ya estaba despierta. Estaba sentada en el borde del colchón, de espaldas a mí, con los hombros rígidos y la mirada fija en el suelo. La tregua había terminado; el lunes ya estaba aquí.

Me incorporé despacio y apoyé una mano en su espalda, notando la intensa tensión de sus músculos.

—¿No has dormido nada? —le pregunté con voz ronca.

—Casi nada —respondió ella, sin girarse—. En cuanto entramos a la ciudad anoche, sentí que el aire se me escapaba de los pulmones. El ruido, el calor... todo me recuerda lo que dejé pendiente el sábado.

Sabía perfectamente a lo que se refería. En la mesa de noche, el bolso de Lyra custodiaba el teléfono celular que había permanecido apagado durante más de veinticuatro horas. Un acto de valentía y rebelión que ahora, bajo la cruda luz de la mañana sampedrana, se sentía más bien como la antesala de una ejecución.

Lyra se puso de pie con movimientos mecánicos, se vistió con su ropa de oficina y caminó hacia la sala. La seguí en silencio. Sobre la mesita del centro, sacó el aparato negro de su bolso. Sus dedos temblaban de manera imperceptible mientras mantenía presionado el botón de encendido. Yo me quedé de pie a unos pasos de distancia, con los brazos cruzados y una opresión en el pecho que me dificultaba respirar. Odiaba sentirme así: un espectador impotente en la primera línea de fuego de nuestra propia supervivencia económica.

La pantalla del teléfono se iluminó, y lo que siguió fue un bombardeo digital implacable.

El aparato comenzó a vibrar de forma consecutiva, emitiendo una ráfaga de alertas que rompieron el silencio del apartamento como disparos. Notificación tras notificación. Decenas de llamadas perdidas, alertas de correo electrónico y un desfile de mensajes de texto que se acumulaban en la pantalla de bloqueo. Todos llevaban el mismo remitente: el Sr. Sterling.

Lyra desbloqueó el teléfono y comenzó a leer las líneas de texto. Vi cómo el poco color que le quedaba en las mejillas se evaporaba por completo, dejando su rostro de un tono pálido y desencajado. Sus ojos se abrían con horror ante las palabras plasmadas en la pantalla; palabras cargadas de hostilidad, exigencias y amenazas veladas sobre su irresponsabilidad por haber desaparecido todo el fin de semana.

—¿Qué dice? —pregunté, dando un paso hacia ella, incapaz de soportar más la incertidumbre.

—Dice que mi actitud es inaceptable... que le falté al respeto a la empresa y que quiere que esté en su oficina a primera hora para "arreglar mi situación" —la voz de Lyra se quebró sutilmente, pero guardó el teléfono de inmediato en su bolso, como si ocultarlo pudiera hacer desaparecer la realidad—. Tengo que irme ya, Ren. Si llego tarde, será peor.

Caminó hacia la puerta principal con el corazón en la mano, arrastrando los pies como quien marcha hacia el matadero laboral. Antes de cruzar el umbral, se giró y me dedicó una mirada cargada de un miedo tan profundo que me revolvió las entrañas.

—Deseame suerte —susurró, intentando esbozar una sonrisa que resultó ser una mueca de pura angustia.

—Todo va a salir bien, mi amor. Aquí voy a estar esperando —alcancé a decirle, pero mis palabras sonaron vacías, carentes de la fuerza que ella necesitaba.

La puerta se cerró con un chasquido seco, y el eco del portazo pareció expandirse por las paredes del apartamento vacío. Me quedé solo en medio de la sala, bajo el calor implacable de San Pedro Sula, sintiendo cómo la culpa de no ser el proveedor, esa maldita sombra que me perseguía desde el día de mi despido, regresaba con el triple de fuerza. Mi esposa acababa de marchar hacia la boca del lobo por proteger un fin de semana a mi lado, y yo no podía hacer absolutamente nada para salvarla.




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