El silencio que se instaló en el apartamento tras la partida de Lyra no fue pacífico; fue un silencio denso, pesado, que se me pegaba a la piel junto con el calor sofocante de la mañana. Me quedé de pie en el centro de la sala durante lo que parecieron horas, contemplando el espacio vacío donde hace poco mi esposa temblaba con el teléfono en la mano. La impotencia es un veneno lento. Te carcome el orgullo, te hace dudar de tu propio valor y, en mi caso, me recordaba a cada segundo que mientras ella estaba allá afuera enfrentando al lobo, yo estaba aquí encerrado, protegido por las cuatro paredes de mi propio fracaso laboral.
Para no volverme loco, busqué refugio en la acción física. Agarré una escoba y comencé a limpiar el apartamento con una energía casi violenta. Barrí la sala, sacudí el polvo de los muebles y restregué los platos en la cocina con rabia contenida, intentando canalizar la frustración a través de mis músculos. Cada golpe de la escoba contra el suelo era un reproche hacia mí mismo. Quería apagar la cabeza, pero los pensamientos regresaban de golpe, recordándome que el dinero de los ahorros seguía bajando y que la carga total de nuestro hogar descansaba sobre los hombros de una mujer que estaba al borde del colapso emocional.
Cuando el apartamento quedó impecable, la realidad me obligó a sentarme frente a la computadora. Abrí el navegador y entré de forma compulsiva a Tecoloco.com, actualizando el portal de empleo una y otra vez con la vaga esperanza de que un milagro hubiera aparecido en la última hora. Revisé mi currículum, reescribí un par de líneas y volví a postularme a las mismas vacantes de técnico en informática que ya había visto días atrás. Sabía que era un ejercicio inútil a esas horas, pero necesitaba sentir que estaba haciendo algo, que no era simplemente un parásito esperando que su esposa trajera el pan a la mesa.
Miré el reloj de la esquina inferior de la pantalla: las once y cuarenta y cinco de la mañana. El tiempo parecía dilatarse de una forma cruel. Saqué mi propio teléfono del bolsillo y revisé WhatsApp. Nada. Ningún mensaje de Lyra. El chat con ella seguía congelado en mi última frase de apoyo. Esa falta de noticias solo aumentaba mi mal presentimiento. En una oficina tan pequeña como la suya, una confrontación con el Sr. Sterling no tomaba tanto tiempo a menos que las cosas hubieran escalado a un punto sin retorno. La incertidumbre comenzó a apretarme el estómago, transformándose en un nudo de pura ansiedad bajo el implacable sol sampedrano que golpeaba las ventanas.