Nuestras noches en silencio

Capítulo 5: El peso del silencio (Parte 3)

Las horas de la tarde transcurrieron en una agonía lenta. El calor de San Pedro Sula alcanzó su punto máximo, convirtiendo el apartamento en un horno flotante donde el aire quemaba al respirar. No había podido concentrarme en nada; las páginas de empleo seguían abiertas en la pantalla, pero mis ojos solo se enfocaban en la puerta principal. A eso de las cuatro y media, el sonido metálico de unas llaves rompió la pesadez del ambiente. Me puse de pie de inmediato, sintiendo que el corazón se me subía a la garganta.

La puerta se abrió despacio. Lyra cruzó el umbral, y en cuanto la vi, supe que el mundo que conocíamos se había venido abajo.

No traía la rigidez defensiva de la mañana; traía la postura de alguien que ha sido completamente derrotada. Su bolso resbaló de su hombro y cayó al suelo con un golpe seco. Tenía el cabello ligeramente alborotado por el viento de la calle, pero lo peor eran sus ojos: estaban inyectados en sangre, hinchados y enrojecidos de tanto llorar. Sus labios temblaban sin poder articular una sola palabra.

No lo pensé. Di dos pasos largos, acorté la distancia y la envolví en mis brazos antes de que sus piernas terminaran de ceder. En cuanto mi pecho impactó contra el suyo, Lyra se derrumbó. Dejó caer todo su peso sobre mí, escondiendo el rostro en el hueco de mi cuello mientras un sollozo desgarrador, un grito de pura liberación y dolor acumulado, escapaba de su garganta. Sus manos se aferraron a mi camisa con una fuerza desesperada, como si yo fuera lo único sólido en medio de un terremoto.

—Me despidió, Ren... —consiguió articular entre el llanto, y su voz rota me atravesó como un cuchillo—. El Sr. Sterling... me gritó frente a todos... dijo que no le servía alguien que apagaba el teléfono cuando le daba la gana. Me dio la carta de despido y me echó como si fuera una criminal.

La abracé con más fuerza, pegando su cuerpo al mío, intentando absorber parte de su dolor. Sentí una mezcla de furia ciega hacia ese hombre y una profunda compasión por la mujer que amaba. La llevé lentamente hacia el sillón, sin romper el abrazo, permitiendo que descargara toda la humillación y el miedo que había contenido durante el trayecto a casa. Sus lágrimas empaparon mi hombro mientras su cuerpo era sacudido por los espasmos del llanto.

Cuando el torrente de lágrimas comenzó a menguar, transformándose en una respiración entrecortada, Lyra levantó el rostro. Me miró con una desesperación pura, con los ojos fijos en los míos buscando una respuesta que yo no sabía si tenía.

—¿Cómo vamos a hacer ahora, Ren? —preguntó en un susurro desesperado, y esa pregunta flotó en el aire caliente de la sala como una sentencia—. ¿Qué vamos a hacer? Ya no tenemos ingresos. Nos vamos a quedar en la calle.

La miré fijamente, tragándome mi propio pánico para poder ser el pilar que ella necesitaba en ese instante. Le aparté unos mechones de cabello húmedo del rostro y le besé la frente con ternura.

—No nos vamos a quedar en la calle, te lo prometo —le dije con una firmeza que inventé sobre la marcha, intentando sepultar el miedo bajo el peso de mi amor por ella—. Vamos a salir de esta, Lyra. Ya no tienes que volver a ese lugar horrible, ya no estás sola. Mañana pensaremos en el dinero. Hoy, solo descansa.

La atraje de nuevo hacia mi pecho. Nos quedamos allí sentados en la penumbra de la tarde que caía sobre la ciudad, abrazados en medio del desastre. El abismo económico nos rodeaba por completo y el futuro era una hoja en blanco y aterradora, pero en la intensidad de nuestra entrega mutua, supe que al menos el silencio del miedo se había roto para siempre.




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