Cuando la puerta del dormitorio se cierra y me quedo solo en la penumbra de la sala, la tranquilidad se evapora y da paso a la matemática fría del desastre. Me siento en el comedor, saco mi teléfono y abro la aplicación de Davivienda. Mis dedos dudan un segundo antes de ingresar las credenciales, como si retrasar el inicio de sesión pudiera cambiar los números que están a punto de aparecer en la pantalla. Cuando el saldo de nuestra cuenta de ahorros de emergencia finalmente se despliega, un suspiro amargo escapa de mis labios.
La cifra disminuye de una manera alarmante, vaciándose con la constancia implacable de un reloj de arena al que nadie puede dar la vuelta.
Hago un repaso mental de las cuentas mientras arrastro el dedo por el historial de transacciones. En San Pedro Sula la vida no se detiene porque te hayas quedado sin empleo. El recibo de la ENEE llegó puntual, con un cobro altísimo debido al uso constante de los ventiladores y el aire acondicionado para mitigar este calor infernal. A eso hay que sumarle el pago del alquiler del apartamento, el supermercado que cada semana rinde menos por la inflación, y los gastos básicos de subsistencia. No tenemos lujos; eliminamos las salidas, cancelamos suscripciones y reducimos cada gasto al mínimo indispensable, pero la velocidad con la que el dinero se esfuma sigue siendo aterradora.
Hago cálculos rápidos en una libreta. Al ritmo actual, estirando cada lempira hasta que duela, nos queda dinero para cubrir un mes más. Treinta días. Ese es el tamaño exacto del abismo que nos separa de la quiebra total. Si para entonces no he conseguido un ingreso estable, la situación pasará de ser una crisis matrimonial a convertirse en un problema de supervivencia real.
Dejo caer la cabeza hacia atrás, contemplando el techo del apartamento mientras el zumbido del tráfico exterior me recuerda que el mundo sigue girando sin importarle nuestra angustia. La culpa vuelve a instalarse en mi pecho con el peso de una losa de concreto. Lyra cumplió su parte; aguantó el maltrato laboral hasta que su cuerpo no pudo más por mantenernos a flote, y ahora que ella está descansando y sanando en la habitación contigua, la responsabilidad recae enteramente sobre mí. Soy un técnico en informática, se supone que tengo las capacidades para resolver problemas complejos, pero la pantalla de mi computadora, llena de postulaciones enviadas en portales de empleo que nunca responden, me grita lo contrario. El tiempo se agota y el silencio de la casa empieza a sentirse como una cuenta regresiva hacia el vacío.