Nuestras noches en silencio

Capítulo 6: La cuenta regresiva (Parte 3)

Son casi las cuatro de la tarde y el calor horizontal que entra por los ventanales de la sala tiñe las paredes de un tono ocre y pesado. En el dormitorio, el silencio me indica que Lyra sigue sumergida en su siesta, refugiada en ese espacio intermedio donde el desempleo y las deudas no pueden tocarla. Yo sigo sentado frente a la mesa, con la mirada perdida en la pantalla de la laptop, sumido en una parálisis de frustración. He revisado mis correos electrónicos tantas veces hoy que los botones de actualizar ya parecen una burla. Nada cambia. El mundo corporativo parece haber olvidado mi existencia.

De repente, el silencio absoluto de la casa se rompe.

Un sonido nítido y vibrante surge desde la superficie de la mesa de madera. Mi teléfono celular comienza a timbrar, sacudiéndose con una insistencia que me hace dar un brinco en la silla. Me quedo congelado durante un par de segundos, con el corazón dándome un vuelco violento en el pecho. Mis primeros pensamientos, condicionados por las últimas semanas de mala racha, anticipan lo peor: un cobrador, una llamada equivocada o alguna notificación de cobro automático que terminará de desangrar la cuenta de ahorros.

Me inclino hacia adelante y tomo el aparato con una mano temblorosa. Al mirar la pantalla de bloqueo, mis ojos se abren de par en par. No es un número conocido, ni la línea de un banco. Es un número de teléfono formal, uno que lleva la etiqueta de una central telefónica empresarial de San Pedro Sula. Al mismo tiempo, una notificación emergente parpadea en la barra superior de la pantalla: acaba de entrar un correo electrónico con un asunto que me paraliza la respiración: "Proceso de Selección - Vacante Soporte Técnico / Infraestructura".

El corazón me late con una fuerza descomunal, martillándome las costillas con tanta intensidad que temo que el ruido termine por despertar a Lyra. El aire se me atrapa en la garganta. Después de catorce días de silencio sepulcral, de enviar hojas de vida al vacío y de ver cómo nuestra estabilidad se desmoronaba gota a gota, la pantalla de mi teléfono brilla con una luz diferente. Es una llamada en tiempo real; una oportunidad de oro que se está materializando justo en el momento más oscuro de nuestra crisis.

Me pongo de pie con movimientos torpes, barriendo con la mirada el pasillo que conduce a la habitación para asegurarme de que mi esposa sigue dormida. No quiero levantar falsas esperanzas, no quiero romper su paz antes de saber a qué me enfrento, pero mis dedos ya se deslizan de forma instintiva sobre la pantalla para aceptar la llamada. Acerco el teléfono a mi oído, sintiendo cómo el pulso se me acelera a mil por hora mientras el botón verde cede y el canal de audio se abre oficialmente, dejando el destino de nuestro futuro inmediato flotando en la delgada línea de los próximos segundos.




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