A veces, cuando el presente se vuelve demasiado pesado y el futuro parece un muro de neblina inquebrantable, la mente busca refugio en el único lugar donde las respuestas siempre fueron claras: el principio de todo.
Me quedé de pie en la sala, contemplando la puerta cerrada de la habitación donde Lyra intentaba recuperar las fuerzas en su siesta vespertina. Verla allí, tan vulnerable, despojada de las armaduras que San Pedro Sula le había obligado a vestirse, me transportó de golpe a una época más simple. Una época donde los ahorros no se evaporaban y el miedo al mañana no existía. Recordé, con una nitidez que me erizó la piel, el día exacto en que mi vida cambió para siempre.
Yo no tenía planeado ir a ese lugar. Aquella tarde de hace diez años, fueron mis primos quienes insistieron en que los acompañara a una reunión de jóvenes que se celebraba en el edificio de la iglesia local. Yo era un chico reservado, más cómodo entre circuitos y pantallas que entre multitudes, pero terminé cediendo por pura insistencia. El salón estaba lleno; el murmullo de las risas, las conversaciones cruzadas y el eco de la gente creaban un ambiente vibrante. Caminé entre los grupos sin buscar nada en particular, hasta que mis ojos la encontraron a ella.
Estaba allí, parada en medio de la multitud. No llevaba nada extravagante, pero para mí fue como si el resto del mundo hubiera perdido el color de inmediato. En un segundo, el ruido del salón se apagó por completo. Lyra giró la cabeza y nuestras miradas se cruzaron en el aire. Fue un instante efímero, un par de segundos apenas, pero bastó para que me robara el corazón. Su mirada tenía una luz, una pureza y una fuerza que me atravesaron el pecho de una forma que nunca antes había experimentado. En ese mismísimo momento, una certeza absoluta y casi mística se instaló en mi mente: Es ella. No sé cómo se llama, no sé quién es, pero ella va a ser mi esposa y la mujer con la que formaré una familia unida.
Sin embargo, una cosa era la certeza del alma y otra muy distinta el valor del cuerpo. Mi timidez me traicionó de inmediato. El corazón me latía con tanta fuerza que sentía que me iba a desmayar, y las palabras se me congelaron en la garganta. No tuve el valor de acercarme. No le hablé ese día. Me marché a casa en silencio, sintiéndome el hombre más cobarde del mundo, pero con sus ojos grabados a fuego en mi memoria.
Pasaron varios días en los que no pude pensar en otra cosa. El recuerdo de su rostro se convirtió en una obsesión sana que me obligó, finalmente, a armarme de un valor que no sabía que poseía. Pregunté, busqué y volví a coincidir con ella. Cuando por fin logré articular las primeras palabras frente a ella, descubrí que detrás de esa mirada impactante había un ser humano lleno de una dulzura infinita.
Empecé a llegar a su casa con regularidad, inventando cualquier excusa para ganarme un par de horas a su lado en el porche. Cada tarde compartida, cada conversación sobre nada y sobre todo, era un paso más hacia un abismo del que no quería salir; me enamoraba de ella cada día que pasaba, descubriendo la belleza de sus gestos y la nobleza de su espíritu.
Por eso, cuando llegó el momento de dar el siguiente paso, mi cerebro ignoró los manuales tradicionales de las relaciones. No quería que fuera una transición lenta ni pasar por las etiquetas comunes. Una tarde, mientras la miraba a los ojos bajo la luz suave del atardecer, la tomé de las manos y, con el pulso a mil por hora pero con una determinación inquebrantable, me salté el guion de todo el mundo. No le pedí que fuera mi novia. La miré fijamente y, con el corazón abierto de par en par, le pedí directamente que fuera mi esposa, porque desde aquella tarde en medio de la multitud de jóvenes, mi alma ya había decidido que no existía otra mujer en el mundo para mí.