A pesar de los roces iniciales y el calor sofocante que a veces parecía crispar los ánimos en la ciudad, la convivencia no nos destruyó; al contrario, pulió nuestras asperezas. Aprendimos a leernos las miradas, a saber cuándo el otro necesitaba un abrazo en silencio o un espacio para respirar. Nuestro amor maduró a base de paciencia y realidad. Así, fuimos dejando atrás las tormentas domésticas hasta cumplir seis años de una hermosa relación de noviazgo. Habíamos superado la distancia, el cambio de ciudad y el desafío de compartir un mismo techo. Ya no éramos los mismos jóvenes tímidos de la iglesia; éramos un equipo blindado contra la adversidad.
Por eso, el día que finalmente nos paramos frente al altar para consolidar nuestro matrimonio, no hubo dudas en mi corazón. Unir mi vida a la de Lyra de forma oficial fue la decisión más natural y feliz que he tomado jamás.
De eso han pasado ya cuatro maravillosos años de casados. Cuatro años en los que la vi escalar con esfuerzo y brillantez en su profesión, asumiendo responsabilidades cada vez mayores hasta llegar a la gerencia de la empresa del Sr. Sterling. Cuatro años donde celebramos victorias y nos sostuvimos en las caídas, siempre con la promesa fija en la mente de que, pasara lo que pasara, construiríamos esa familia unida que soñé desde el primer milisegundo en que mis ojos chocaron con los suyos.
Un carraspeo involuntario en mi propia garganta me trajo de vuelta a la realidad, rompiendo el hechizo de los recuerdos. El viaje mental se evaporó de golpe.
Volví a encontrarme en la sala del apartamento, bajo el calor pastoso de las cuatro de la tarde. Miré la puerta cerrada de la habitación donde Lyra continuaba durmiendo su siesta, ajena al ruido del mundo exterior. Esos seis años de novios y cuatro de casados no eran solo números en un calendario; eran los cimientos de mi vida entera, la razón absoluta por la que no me iba a permitir rendirme jamás. Todo lo que habíamos construido juntos valía cada gota de sudor, cada noche en vela y cada gramo de mi orgullo.
El teléfono celular seguía vibrando con insistencia sobre la mesa de madera, sacudiéndose con una energía que ahora, tras recordar de dónde veníamos, ya no me causaba pánico, sino una determinación feroz. La pantalla seguía mostrando aquel número empresarial desconocido de San Pedro Sula y la notificación del correo sobre el proceso de selección técnica.
Di un paso firme hacia adelante, extendí la mano y tomé el aparato. La timidez del pasado ya no tenía cabida aquí; el hombre que estaba de pie en esa sala era un esposo dispuesto a pelear por su hogar. Deslicé el dedo por la pantalla, presioné el botón verde y acerqué el auricular a mi oído. El canal de comunicación se abrió oficialmente con un sutil chasquido en la línea.
—¿Aló? Buenas tardes, ¿hablo con el ingeniero Ren? —preguntó una voz femenina y profesional al otro lado de la línea.
Respiré hondo, clavando la mirada en la puerta de nuestro cuarto, y respondí con una firmeza absoluta:
—Sí, buenas tardes. Con él habla.