El timbre del celular rompió el pesado silencio de la sala con una insistencia que me heló la sangre por un segundo. Miré la pantalla y el número desconocido parpadeaba como una señal de auxilio en mitad de la tormenta. Con el corazón golpeándome con fuerza el pecho, descolgué la llamada y me la llevé al oído, modulando la voz para no alterar la paz del apartamento en San Pedro Sula. Al otro lado de la línea, la voz impecable, profesional y neutra de una secretaria cortó el aire: “¿Buen día, hablo con el señor Ren?”.
—Sí, con él habla —respondí, aclarando mi garganta e intentando proyectar una seguridad que por dentro flaqueaba. Mis ojos se desviaron instintivamente hacia la puerta del dormitorio, que permanecía entreabierta. Sabía que Lyra estaba allí, flotando en ese limbo de sueño y cansancio acumulado tras dos semanas de haber sido devorada por las exigencias corporativas. Ella necesitaba descansar, necesitaba sanar, pero sobre todo, necesitábamos una respuesta del mundo exterior.
—Le saluda la asistente de la dirección de reclutamiento de personal —continuó la mujer, el tecleo de una computadora resonando de fondo como una marcha militar—. Hemos estado revisando minuciosamente su perfil para la vacante de Técnico en Computación. Su currículum y su experiencia en soporte y optimización de hardware llamaron la atención del gerente del área de sistemas.
Un peso invisible pareció levantarse de mis hombros, solo para ser reemplazado por la adrenalina pura. El esfuerzo por esquivar los filtros automáticos de los reclutadores y las largas noches analizando cómo destacar finalmente daban un fruto real. No era una carta de rechazo automática; era una voz humana al otro lado del teléfono.
—Queremos invitarlo a una entrevista formal de manera virtual para el día de mañana a primera hora —anunció la secretaria, con una frialdad ejecutiva que a mí me sonó a gloria—. El enlace para la plataforma de videoconferencia le será enviado a su correo electrónico en los próximos minutos junto con las especificaciones. ¿Tiene disponibilidad de horario a las ocho de la mañana?
—Por supuesto, cuente con ello. Estaré listo —contesté de inmediato, sin dudar un solo segundo.
Tras un par de confirmaciones de protocolo, la llamada cayó y el tono de ocupado volvió a llenar la sala. Me quedé estático, mirando fijamente la pantalla del teléfono mientras asimilaba las palabras. El mañana ya no era un desierto de incertidumbre; tenía una cita con el destino a las 8:00 AM. Escuché un leve crujido proveniente de la habitación y, al darme la vuelta, vi la silueta de Lyra recortada en el marco de la puerta. Sus ojos, aún nublados por la siesta, me miraban con una mezcla de confusión, miedo y una chispa de oculta esperanza. La llamada que tanto esperábamos por fin había llegado.