Nuestras noches en silencio

Capítulo 9: El sonido del destino (Parte 2)

Nos quedamos mirando por unos segundos en silencio, como si el eco de la voz de la secretaria todavía flotara en el aire caliente de la sala. Lyra se acomodó el cabello, aún un poco desorientada por la siesta, pero la tensión en sus hombros delataba que había escuchado lo suficiente. Caminé hacia ella despacio, dejando el celular sobre la mesa.

—Era de la empresa donde apliqué para el puesto de técnico —le dije, esbozando una sonrisa que intentaba transmitir toda la calma que nos había hecho falta estas últimas dos semanas—. Mañana tengo una entrevista virtual a las ocho de la mañana. Dijeron que mi perfil y la experiencia en soporte de hardware les llamó mucho la atención.

Los ojos de Lyra se abrieron un poco más y una chispa de alivio genuino cruzó su rostro. Se acercó y me rodeó con sus brazos, hundiéndose en mi pecho. Sentir su respiración ahí me devolvió el alma al cuerpo; durante días me había castigado internamente sintiendo que fallaba en mi deber principal de proveer y proteger nuestro hogar, y esta llamada era la primera puerta real que se abría en mitad del muro que nos rodeaba.

—Sabía que lo lograrías, Ren... Tu talento con las computadoras es increíble, solo necesitabas que alguien se tomara el tiempo de ver tu currículum sin que un robot lo descartara —murmuró contra mi camisa, intentando sonar animada.

Sin embargo, al separarse un poco para mirarme, noté que su sonrisa no llegaba del todo a sus ojos. Había una sombra flotando en su mirada, esa misma sombra de estrés y desgaste que la acompañaba desde el día del despido. Ver que yo estaba dando un paso hacia adelante parecía haber activado, sin querer, un mecanismo de culpa en ella. Su mente, acostumbrada al ritmo acelerado de la gerencia y a la presión constante, debía estar reclamándole el hecho de seguir "estancada" en el apartamento mientras el mundo seguía girando.

Le acaricié la mejilla, deteniendo el torbellino de pensamientos que sabía que corría por su cabeza.

—Esto es un logro de los dos, Lyra —le recordé con voz suave, mirándola fijamente—. Tú me diste el espacio y el apoyo para concentrarme en buscar esto. Mañana voy a darlo todo en esa videollamada, no solo por mí, sino por el futuro que estamos levantando juntos aquí en San Pedro Sula. Tu única tarea hoy es dejar que tu cuerpo termine de sanar.

Ella asintió lentamente, regalándome una sonrisa un poco más real, aunque el silencio que volvió a instalarse entre nosotros se sentía diferente. La esperanza estaba de vuelta en la casa, pero sabíamos que el camino para sanar las heridas que nos habían dejado todavía iba a ser largo.




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