El resto del día pasó entre una tensa calma y una preparación minuciosa. No podía dejar nada al azar. Pasé la tarde revisando cada detalle técnico de mi estación de trabajo: optimicé el sistema, verifiqué que los controladores de video estuvieran al día y configuré los parámetros de red para asegurar que la conexión no parpadeara ni un segundo durante la transmisión. Mi laptop MSI, con sus 24GB de RAM y la potencia de la RTX 3070, estaba más que lista para el trabajo pesado, pero esa noche la quería impecable para la videollamada. Lyra me ayudó a elegir una camisa formal, planchándola con un esmero que delataba sus propios nervios. Su apoyo silencioso era el motor que me mantenía firme.
Cuando finalmente nos acostamos, el calor de San Pedro Sula parecía pesar más que de costumbre dentro del apartamento. Me quedé mirando el techo en la penumbra, escuchando la respiración pausada de Lyra a mi lado. Ella intentaba descansar, buscando sanar el cuerpo tras tanto desgaste acumulado, pero yo sabía que su mente no se apagaba del todo. El miedo al fracaso, la sombra de las deudas y la presión de volver a empezar flotaban sobre nuestra cama como una nube invisible. Cerré los ojos aferrándome a una sola promesa interna: mañana cambiaría el rumbo de nuestra historia.
El despertador sonó implacable a las siete de la mañana. Me levanté de un salto, la adrenalina borrando cualquier rastro de sueño. Tras una ducha rápida y un café cargado que compartimos casi en silencio, me senté frente al escritorio cuando faltaban diez minutos para la hora acordada. El enlace de la plataforma de videoconferencia brillaba en la pantalla. Lyra se paró justo detrás de mí, dejando sus manos sobre mis hombros y dándome un leve apretón lleno de fuerza.
Miré el reloj digital en la esquina del monitor: 07:59 AM. Respiré hondo, acomodé el cuello de la camisa y, con el corazón latiendo a un ritmo firme, acerqué el cursor al botón de inicio. Hice clic para ingresar a la sala virtual, listo para demostrar de lo que era capaz y recuperar nuestro futuro.