El ingeniero Duarte se tomó un momento para intercambiar una mirada rápida a través de la pantalla con la licenciada Elena, quien asintió con una sonrisa leve mientras tomaba notas rápidas en su sistema corporativo. El ambiente tenso y cargado de tecnicismos que había dominado la videollamada durante la última hora se disipó de golpe, dejando espacio a una atmósfera mucho más relajada y profesional. Yo me mantuve erguido frente a la cámara de mi laptop MSI, controlando el ritmo de mi respiración, aunque por dentro sentía que el corazón me saltaba del pecho. Sabía que había hecho un trabajo impecable, pero en el mundo laboral nada es seguro hasta que se firma el contrato.
—Bueno, Ren —habló el ingeniero Duarte, recostándose en su silla con una actitud completamente diferente, mucho más cercana—. No te voy a mentir. La situación en la empresa con el soporte de infraestructura es crítica en este momento debido al crecimiento de nuestras bases de datos aquí en San Pedro Sula. Por lo general, Recursos Humanos se toma tres o cuatro días hábiles para deliberar, revisar el resto de los candidatos y enviar una terna final a la dirección. Sin embargo, no tengo tiempo que perder con filtros innecesarios cuando tengo enfrente a alguien que sabe exactamente cómo resolver los problemas reales del hardware en el silicio. Por mi parte, la evaluación técnica está más que aprobada con una calificación perfecta. El puesto de Técnico en Computación es tuyo si estás de acuerdo con las condiciones.
Al escuchar esas palabras, un escalofrío de alivio puro me recorrió la columna vertebral. Elena, la reclutadora, sonrió ampliamente y tomó la palabra para formalizar el veredicto.
—Así es, señor Ren —añadió Elena con voz amable—. Secundo la decisión del ingeniero. Su perfil técnico y su actitud son justo lo que la empresa necesita. El salario se mantiene tal como se especificó en la oferta inicial, con todas las prestaciones de ley y el seguro médico privado correspondiente. Me estaré comunicando con usted el día de hoy por la tarde para enviarle la lista de documentos de contratación y el contrato digital a su correo electrónico. Nuestra meta es que se presente a las oficinas centrales el próximo lunes a las ocho de la mañana para su inducción. ¿Está de acuerdo con los términos y la fecha de inicio?
—Absolutamente, licenciada Rostrán. Estoy completamente de acuerdo y listo para unirme al equipo este lunes —respondí, manteniendo la formalidad y la firmeza en mi voz, aunque por dentro quería gritar de la emoción—. Les agradezco enormemente a ambos la oportunidad y la confianza depositada en mi trabajo. No les voy a fallar.
—Estamos seguros de eso, Ren. Nos vemos el lunes en la oficina —concluyó el ingeniero Duarte con un saludo de mano hacia la cámara.
—Que tenga un excelente día, señor Ren. Estamos en contacto —se despidió Elena.
Hice clic en el botón rojo de la pantalla para finalizar la sesión. La interfaz de la sala virtual desapareció de inmediato, devolviéndome al escritorio limpio de mi sistema operativo. La luz de la cámara web se apagó. Durante tres segundos exactos, me quedé completamente inmóvil, mirando la pantalla parpadeante, asimilando el peso de lo que acababa de ocurrir. Dos semanas de rechazos automáticos, de noches enteras modificando el currículum, de ver los ahorros desvanecerse y de arrastrar el miedo invisible de no poder sostener nuestro hogar se evaporaron en un solo segundo. Lo había logrado. Tenía trabajo.
Antes de que pudiera siquiera apartar las manos del teclado, sentí los brazos de Lyra rodearme el cuello desde atrás con una fuerza desesperada. Se aferró a mí como si el mundo a nuestro alrededor se estuviera cayendo, hundiendo su rostro en el hueco de mi hombro. En ese mismo instante, escuché el primer sollozo ahogado que se le escapó del pecho, un llanto que no era de tristeza, sino de pura y absoluta liberación emocional.
Giré mi silla de inmediato para quedar frente a ella. Lyra estaba llorando con lágrimas reales tiñendo sus mejillas, con el rostro enrojecido y los hombros temblando por la descarga de toda la ansiedad que había acumulado en silencio desde su traumático despido corporativo. Verla así me partió el alma, pero al mismo tiempo me llenó de un orgullo inmenso. La tomé de la cintura y la atraje con fuerza hacia mi regazo, envolviéndola en un abrazo protector, pegando su cuerpo al mío mientras le acariciaba la espalda con movimientos pausados.
—Ya pasó, mi amor... Ya pasó —le susurré al oído, con la voz un poco quebrada por la emoción que yo también estaba conteniendo—. Lo logramos. Te prometí que no nos íbamos a hundir, y no lo hicimos. Tenemos una oportunidad real de nuevo.
Lyra se separó apenas unos centímetros, mirándome con sus ojos húmedos y brillantes, intentando esbozar una sonrisa en mitad de las lágrimas. Sus manos temblorosas buscaron mis mejillas, dándome un toque suave que me conectó a la realidad.
—Tenía tanto miedo, Ren... —confesó con un hilo de voz, los labios trémulos—. Ver cómo esa gente me desechó después de todo lo que di por la empresa, y ver cómo tú te desgastabas todas las noches buscando una puerta abierta mientras yo me sentía tan inútil aquí encerrada... Sentía que nos estábamos ahogando en este apartamento. Pero eres increíble. Sabía que cuando un ser humano real te escuchara hablar de lo que amas hacer, se darían cuenta del gran profesional que eres. Gracias por no rendirte, gracias por sostenernos.
—Nunca me voy a rendir contigo, Lyra —le respondí, limpiándole las lágrimas con los pulgares con una ternura infinita—. Este es solo el primer paso. Ahora nos toca levantar el vuelo juntos de nuevo. El lunes empiezo una nueva etapa, y todo lo que venga de aquí en adelante será para reconstruir nuestra tranquilidad. Tu única prioridad ahora es sanar tu mente, porque el frente económico ya está cubierto.
Ella asintió despacio, apoyando su frente contra la mía en un silencio que esta vez no se sintió pesado ni doloroso, sino lleno de una paz profunda y una complicidad renovada. En mitad del calor de San Pedro Sula, dentro de nuestra pequeña sala, el sonido de su respiración tranquila volvió a ser mi melodía favorita. La tormenta no había terminado del todo, las cicatrices psicológicas seguían ahí, pero por primera vez en semanas, el horizonte volvía a brillar con el color de la esperanza.