El silencio del apartamento seguía presionando mis sienes, exigiéndome una acción que mis manos no sabían cómo ejecutar en el ámbito profesional. Me levanté de la mesa del comedor, huyendo de las pestañas cerradas de las bolsas de empleo, y caminé hacia el pequeño mueble del pasillo donde guardábamos algunas pertenencias personales. Entre cajas de cables y manuales técnicos de Ren, encontré lo que buscaba: mi tableta gráfica digital, un dispositivo que había comprado hacía meses con la ilusión de aprender a ilustrar en mis ratos libres, pero que la exigencia de la gerencia y las interminables jornadas en la empresa del Sr. Sterling habían dejado sepultado bajo el polvo del olvido.
La tomé entre mis manos, sintiendo el tacto frío del plástico y el lápiz óptico. Regresé al escritorio, conecté el cable al puerto USB de la laptop y abrí Krita, el programa de diseño que Ren me había instalado y configurado pacientemente para que funcionara sin problemas de rendimiento. Al ver el lienzo en blanco parpadeando en la pantalla, una extraña mezcla de timidez y expectación me recorrió los dedos. No era una administradora revisando métricas de rendimiento ni una jefa de personal lidiando con despidos; en este espacio digital, yo tenía el control absoluto de cada trazo, de cada color y de cada sombra.
Apoyé la punta del lápiz sobre la superficie de la tableta y comencé a divagar. Al principio, mis movimientos eran rígidos, torpes y cargados de la frustración que llevaba acumulada en el pecho. Comencé a esbozar líneas abstractas, trazos oscuros y caóticos que reflejaban la tormenta interna que me había dejado el desempleo. Pero poco a poco, a medida que me familiarizaba con la presión del lápiz y descubría las texturas de los pinceles digitales, mi mente empezó a ceder. Me obligué a cambiar la paleta de colores oscuros por tonos más cálidos, intentando recrear un paisaje que guardaba con mucho cariño en mi memoria: el atardecer visto desde una colina lejana, con pinceladas de azul profundo mezclándose con hilos de oro y violeta.
Durante casi dos horas, el truco funcionó. El monstruo silencioso de la ansiedad pareció replegarse, adormecido por el ritmo constante de mi mano derecha sobre la tableta. Me sumergí tanto en los detalles de las nubes digitales y en la difuminación de las luces que por momentos olvidé la llamada de la secretaria, el teléfono de Ren sonando en la sala y la humillación de mi última tarde en la oficina. El arte se convirtió en un escudo improvisado, una burbuja donde el tiempo no se medía en lempiras perdidos ni en currículums rechazados. Sentí una chispa de paz que creía haber perdido para siempre.
Sin embargo, la culpa es un enemigo que sabe esperar el momento exacto para atacar.
Al alejar el zoom de la pantalla para observar el paisaje terminado, un pensamiento intrusivo, agudo y venenoso se coló por las rendijas de mi concentración. “¿Qué estás haciendo?”, me susurró una voz interna que sonaba idéntica a las presiones del mundo corporativo. “Ren está allá afuera, o concentrado frente a su pantalla, rompiéndose la cabeza para aprender los sistemas de su nuevo empleo como técnico, asumiendo toda la carga económica de este hogar... ¿y tú estás aquí sentada, perdiendo el tiempo pintando nubes de colores?”.
Miré el lápiz óptico en mi mano y, de repente, lo sentí increíblemente pesado, como si sostenerlo fuera un acto de egoísmo puro. El dibujo, que se suponía era mi terapia para sanar el estrés post-despido, se distorsionó por completo bajo el filtro de mi propia autorreproche. En mi mente cuadriculada de administradora, si una actividad no producía ingresos o no resolvía una deuda, se convertía automáticamente en un desperdicio de recursos. Una oleada de vergüenza me tiñó las mejillas. Desconecté la tableta gráfica con un movimiento brusco, cerré el programa sin siquiera guardar los últimos cambios en el lienzo y apoyé los codos en el escritorio, escondiendo el rostro entre las manos. Estaba intentando llenar un vacío inmenso con trazos de pintura digital, pero la realidad de mi estancamiento seguía intacta, recordándome que, por más que dibujara, seguía sintiéndome completamente inútil.