Las horas finales de la tarde se escurrieron como agua entre los dedos, tiñendo el cielo de San Pedro Sula con esos tonos anaranjados que tanto había intentado immanar en la tableta gráfica. Cuando escuché el sonido de las llaves en la cerradura, mi corazón dio un vuelco. Me levanté del escritorio de un salto, me pasé las manos por la ropa para desarrugarla y forcé en mi rostro la mejor versión de mi sonrisa de esposa abnegada. No me permitía arruinarle el momento. Ren cruzó la puerta con la mochila al hombro y los ojos cansados, pero con un brillo de satisfacción que no le veía desde hacía meses. Exhalaba ese alivio puro de quien vuelve a sentirse útil, de quien sabe que su esfuerzo en la arquitectura de hardware y el soporte técnico por fin estaba rindiendo frutos para proteger nuestro hogar.
—¡Hola, mi amor! ¿Cómo te fue en tu primer día? —le pregunté, acercándome para rodearle el cuello con mis brazos.
—¡Increíble, Lyra! —me respondió, estrechándome con fuerza y depositando un beso tierno en mi frente—. La infraestructura de la empresa es enorme, hay mucho trabajo acumulado en las terminales y los servidores, pero el ingeniero Duarte me dio una gran bienvenida. Siento que realmente puedo hacer una diferencia aquí. ¿Y tú? ¿Qué tal estuvo tu día en casa?
Sentí un pinchazo agudo en el centro del pecho ante su pregunta inocente. La culpa corrosiva volvió a arañarme por dentro.
—Estuvo bien, tranquilo —mentí con suavidad, desviando la mirada hacia la laptop cerrada en el escritorio—. Saqué la vieja tableta gráfica y estuve divagando un poco con Krita, haciendo unos bocetos para mantener las manos ocupadas.
Los ojos de Ren se iluminaron de inmediato. Dejó su mochila en el sillón y caminó hacia el escritorio con genuino entusiasmo.
—¿En serio? ¡Qué bueno, Lyra! Déjame ver qué estuviste diseñando —pidió, abriendo la pantalla y encendiendo el monitor.
A regañadientes, abrí el archivo del atardecer que había dejado a medias. Ren se quedó mirando el lienzo digital durante unos segundos, analizando los trazos de las nubes y el difuminado violeta con esa mirada minuciosa que usaba para revisar placas madre. Luego, se dio la vuelta y me miró con una sonrisa llena de orgullo y ternura infinita.
—Esto está hermoso, de verdad... Tienes un talento increíble para los colores, mi vida. Me alegra tanto saber que estás usando este tiempo para ti, para sanar de toda esa presión y hacer algo que disfrutes. Te mereces un descanso de todo el estrés corporativo.
Sus palabras de apoyo, en lugar de calmarme, operaron como un cuchillo caliente en una herida abierta. Él lo decía de todo corazón, con un amor tan puro que me hacía sentir la peor persona del mundo. "Él trabaja duro en el silicio para mantenernos vivos, y yo solo pinto paisajes hermosos como una niña consentida", me recriminé en el silencio de mi mente. Le agradecí con un hilo de voz, le di un beso corto para cerrar el tema y me apresuré a preparar la cena, usando la actividad de la cocina como un escudo para ocultar los ojos vidriosos que amenazaban con traicionarme. Fíngí que todo estaba perfecto durante la cena, escuchando con atención sus anécdotas sobre los controladores y el rendimiento de los equipos, bloqueando mis propios demonios.
Sin embargo, las máscaras solo funcionan mientras hay luz en la casa.
Cuando finalmente apagamos las luces y nos acostamos, la realidad me cobró la factura. Ren, agotado por la intensa jornada mental de su inducción, se quedó dormido a los pocos minutos, con una respiración pausada y tranquila que llenó el dormitorio. Yo, en cambio, me quedé completamente despierta, con los ojos abiertos de par en par, fija la mirada en las sombras que el tragaluz proyectaba en el techo. El calor denso y pesado de la noche de San Pedro Sula parecía haberse filtrado en la habitación, volviendo el aire sofocante, casi irrespirable.
Me giré hacia un lado, luego hacia el otro, pero no había una posición cómoda para un cuerpo habitado por la ansiedad. El silencio de la madrugada se volvió ensordecedor. Sin la distracción del dibujo ni los diálogos con Ren, mi subconsciente quedó totalmente desprotegido. El fantasma del desempleo, la humillación del despido injustificado y la aterradora idea de que me estaba quedando atrás, estancada en la inutilidad mientras mi esposo avanzaba hacia el futuro, empezaron a materializarse en la penumbra. Una opresión insoportable se instaló en mi pecho, dificultándome respirar. El estrés post-despido se transformó en un frío físico que me recorrió los brazos. Cerré los ojos con desesperación, obligándome a conciliar el sueño, rezando por un descanso que borrara mi mente. No sabía que, al cruzar la frontera del sueño, mis monstruos corporativos ya me estaban esperando en la oscuridad, listos para desatar la peor de mis pesadillas.