El calor denso de la noche de San Pedro Sula finalmente me arrastró hacia abajo, pero no encontré el descanso que mi cuerpo suplicaba. En lugar de la paz del sueño, la oscuridad de mi mente se transformó en un frío repentino y cortante. Cuando abrí los ojos en el sueño, ya no estaba en la cama de nuestro apartamento ni sentía la respiración pausada de Ren a mi lado. Me encontraba de pie en mitad de un pasillo interminable, flanqueado por hileras de cubículos vacíos que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. El suelo de alfombra gris estaba gastado y las paredes tenían ese color beige institucional que asfixia cualquier rastro de vida. Sobre mi cabeza, las luces fluorescentes parpadeaban con un zumbido intermitente y molesto, proyectando sombras alargadas que parecían moverse por cuenta propia. Era una versión distorsionada, gigantesca y laberíntica de mi antigua oficina.
Caminé despacio, sintiendo que mis pasos no emitían ningún sonido sobre la alfombra. Un silencio denso lo dominaba todo, pero no era un silencio pacífico; era la calma que precede a una catástrofe. De repente, el sonido ensordecedor de un teléfono de oficina rompió el aire a mi izquierda. Luego otro a la derecha. En cuestión de segundos, decenas, tal vez cientos de teléfonos corporativos comenzaron a sonar al mismo tiempo, creando una sinfonía caótica de timbres estridentes que rebotaban en las paredes del laberinto. A lo lejos, el rugido mecánico de las fotocopiadoras trabajando solas empezó a sacudir el suelo. El pánico se me instaló en la garganta. Quise correr hacia lo que parecía ser la salida de emergencia, pero mis piernas se sentían pesadas, atrapadas en una densa parálisis que me impedía avanzar con rapidez.
—“¿Realmente creíste que eras indispensable, Lyra?” —La voz no vino de ninguna persona, sino de los altavoces de comunicación interna empotrados en el techo.
Se me heló la sangre. Era la voz del Sr. Sterling. Sonaba amplificada, distorsionada, pero cargada con la misma frialdad implacable y despectiva con la que me había destruido la vida el día del despido. Intenté cubrirme los oídos con las manos, pero el sonido parecía nacer desde el interior de mi propio cerebro, resonando con una fuerza ensordecedora.
—“Mírate. Una administradora que no pudo sostener su propio puesto. Una profesional que ahora es solo un desecho en el sistema. Gente como tú es completamente reemplazable en veinticuatro horas. No vales nada fuera de estos muros”.
Las palabras se clavaban en mi pecho como agujas de hielo, destrozando las pocas defensas que me quedaban. Los cubículos a mi alrededor comenzaron a cerrarse, las paredes beige se movían de forma amenazante, reduciendo el pasillo a un callejón sin salida. El aire se volvió sofocante, cargado de un olor a ozono y papel quemado que me quemaba los pulmones. Estaba atrapada en el peor día de mi colapso corporativo, reviviendo la humillación y el rechazo en una escala monstruosa. Empecé a jadear, buscando desesperadamente una salida, una rendija de luz real en mitad de esa estructura de pesadilla que amenazaba con sepultarme para siempre bajo el peso de mis propias inseguridades.