La voz del Sr. Sterling seguía retumbando desde los altavoces del techo, multiplicándose en un eco infinito que hacía vibrar las paredes beige del pasillo. Con el corazón golpeándome las costillas y las lágrimas de la desesperación nublándome la vista, me empujé hacia adelante de forma frenética, arrastrando mis piernas pesadas a través del laberinto corporativo. Doblé en una esquina ciega, buscando desesperadamente un refugio, un lugar donde el ruido blanco de los teléfonos y las máquinas se apagara de una vez por todas. Fue entonces cuando la vi: una luz azulada, brillante y limpia, que se filtraba desde un cubículo más amplio al fondo del pasillo principal.
Al acercarme, una oleada de alivio puro me inundó el pecho, logrando que el aire regresara a mis pulmones por un instante. Sentado frente a un gran escritorio de soporte técnico, rodeado de monitores parpadeantes e indicadores de red en tiempo real, estaba él. Era la silueta inconfundible de Ren. Llevaba puesta la misma camisa formal de su inducción y sus manos se movían con una destreza impecable sobre el teclado de su laptop, ignorando por completo el caos que sacudía el resto de la oficina. Era mi ancla, mi refugio seguro en mitad de la tormenta. No dudé ni un segundo. Corrí los últimos metros que nos separaban y me arrojé sobre él, rodeando sus hombros con mis brazos, buscando desesperadamente el calor de su cuerpo para despertar de este infierno.
—¡Ren, por favor, ayúdame! ¡Sácame de aquí! —le supliqué, hundiendo mi rostro en el cuello de su camisa, esperando escuchar su voz pausada y profunda dándome la calma que tanto necesitaba.
Sin embargo, el cuerpo de Ren no se sentía cálido; estaba helado, rígido como el metal de una computadora expuesta al aire acondicionado de un servidor. Sus dedos se detuvieron en seco sobre el teclado. El silencio volvió a caer sobre la oficina, pero esta vez se sentía un silencio muerto, roto únicamente por un zumbido agudo y eléctrico que comenzó a nacer del escritorio. Sentí un presentimiento espantoso que me congeló la sangre. Di un paso hacia atrás lentamente, soltando sus hombros.
—Ren... —susurré, con la voz temblando por completo.
La silla giratoria se movió despacio, dándose la vuelta para quedar frente a mí. El grito se me quedó atragantado en la garganta, ahogándome por dentro. El Ren de mi pesadilla no tenía rostro. No estaban sus ojos cálidos, ni su sonrisa protectora, ni las facciones del hombre con el que compartía mi vida. En lugar de su rostro, incrustada directamente entre sus hombros, había una pantalla de monitor rota, astillada en mil pedazos por un golpe invisible. Desde el fondo de ese cristal fracturado, comenzó a brotar una estática gris, un ruido blanco ensordecedor que parpadeaba con una violencia eléctrica que me cegaba los ojos.
La estática subió de volumen, llenando el cubículo con un zumbido ensordecedor que parecía triturar mis pensamientos. De pronto, los altavoces de la pantalla rota parpadearon y una voz distorsionada, una mezcla macabra entre el tono de la burocracia corporativa y una modulación robótica de la propia voz de Ren, salió desde el interior del monitor:
—“Es inútil, Lyra. No puedes quedarte aquí. El sistema se está optimizando y tú ya no cumples con los requisitos. Te estás quedando atrás, varada en el pasado. Tu perfil ha sido descartado del futuro que estoy construyendo en el silicio”.
El pánico me consumió por completo, destrozando la última pizca de cordura que me quedaba en el sueño. Ver el rostro del hombre que amaba, mi único soporte emocional, corrompido y transformado en el mismo monstruo corporativo que me había desechado, fue un golpe demasiado destructivo. Intenté alejarme, pero el suelo debajo de mis pies comenzó a desmoronarse, convirtiéndose en un abismo de cables negros y pantallas rotas que me succionaba hacia el fondo. La estática gris comenzó a envolverme los brazos y las piernas, asfixiándome, mientras la voz distorsionada repetía una y otra vez que mi tiempo se había terminado. Estaba cayendo en el vacío, completamente sola, perdiendo lo único puro y real que me quedaba en la vida.