Un espasmo violento me sacudió el cuerpo entero y abrí los ojos de golpe, escapando del abismo de cables negros y pantallas rotas. Me senté en la cama de un salto, con la respiración completamente cortada y el corazón golpeándome el pecho con una fuerza tan brutal que sentí dolor físico en las costillas. Estaba en nuestra habitación. El tragaluz del techo filtraba la débil claridad de la madrugada de San Pedro Sula y el ventilador de techo giraba con un zumbido monótono, pero en mis oídos aún resonaba, nítido y ensordecedor, el zumbido de la estática gris de la pesadilla.
Intenté jalar aire, pero mis pulmones se negaron a expandirse. Era como si un bloque de concreto invisible estuviera aplastándome el pecho, impidiéndome el paso del oxígeno. Una oleada de sudor frío me empapó la nuca y los brazos, mientras mis manos comenzaban a temblar de una manera descontrolada. El pánico ya no era un concepto mental o un mal sueño; se había apoderado de mi cuerpo físico, desatando un ataque de pánico real y devastador en mitad de la noche. Sentí que me asfixiaba, que las paredes de la habitación se encogían a mi alrededor igual que los pasillos de la oficina del Sr. Sterling.
Giré la cabeza con desesperación hacia el lado izquierdo de la cama. Ahí estaba el Ren real. Descansaba de lado, con los ojos cerrados y el rostro relajado, sumergido en ese sueño profundo y pesado que le había provocado el desgaste mental de su primera jornada laboral como técnico. Verlo ahí, tan pacífico y real, debió haberme devuelto la calma, pero el eco del monitor roto en su rostro seguía demasiado fresco en mi mente. Alargué una mano temblorosa hacia su hombro, buscando desesperadamente tocar su piel para asegurarme de que sus facciones seguían ahí, pero a mitad de camino me detuve en seco. El miedo irracional me congeló los dedos. “¿Y si se despierta y me mira con desprecio?”, “¿Y si la pesadilla tenía razón?”. La culpa de sentirme un lastre inútil actuó como una barrera invisible que me impidió buscar su consuelo. No me sentía digna de romper su descanso con mis miserias psicológicas.
Retiré la mano como si me hubiera quemado y me deslicé lentamente hacia la esquina más alejada de la cama, pegando la espalda contra la pared fría. Me encogí sobre mí misma, abrazando mis rodillas contra el pecho en una postura de absoluta vulnerabilidad. El temblor de mi cuerpo no cedía; los dientes me castañeteaban sutilmente y las lágrimas, gruesas y calientes, comenzaron a rodar por mis mejillas sin que pudiera hacer nada para detenerlas. Me cubrí la boca con ambas manos, presionando con fuerza para ahogar los sollozos que pugnaban por escapar de mi garganta. No quería despertarlo. No quería que me viera rota, deshecha por el fantasma de un empleo que ya no existía, mientras él se esforzaba tanto por mantenernos a flote.
El silencio de la madrugada se volvió mi cómplice y mi torturador. Me quedé allí atrapada, temblando en la penumbra, sintiendo que el estrés post-despido me había robado no solo mi carrera, sino también la seguridad dentro de mi propia mente. El capítulo de mi vida profesional se había cerrado con violencia, y ahora el daño psicológico estaba amenazando con destruir mi presente. Con los ojos fijos en la silueta de mi esposo y el pecho doliéndome por la falta de aire, pasé los minutos más largos de mi vida, esperando que la luz del día disipara el terror de la estática, sin saber cuánto tiempo más podría sostener esta fachada de fortaleza antes de derrumbarme por completo.