El punto de quiebre definitivo ocurrió esa misma noche, durante la cena. El calor denso de San Pedro Sula parecía haberse colado por las rendijas de las ventanas, volviendo el aire de la cocina pesado y difícil de digerir. Lyra se había encargado de servir los platos con esa misma parsimonia mecánica que la caracterizaba últimamente. Nos sentamos a la mesa en un silencio roto únicamente por el zumbido constante del ventilador de techo y el tintineo metálico de los cubiertos. Yo intentaba mantener una conversación ligera, hablándole sobre unos respaldos de datos que habíamos automatizado en la oficina, buscando desesperadamente una rendija por donde hacerla conectar conmigo de verdad. Ella simplemente asentía, regalándome sonrisas tristes que se desvanecían antes de formarse por completo.
Entonces, el teléfono celular de Lyra, colocado justo al lado de su plato, vibró sobre la mesa de madera con un zumbido seco. La pantalla se iluminó de golpe, mostrando la notificación genérica de una alerta de correo electrónico.
Fue una reacción instantánea, visceral y aterradora. En el segundo en que el dispositivo vibró, Lyra dio un respingo violento en su silla. Sus ojos se abrieron de par en par, llenos de un pánico ciego y absoluto, como si la pantalla parpadeante fuera una amenaza física real. En su prisa y agitación por alejarse del aparato o tomarlo, su mano derecha golpeó accidentalmente su vaso de agua. El vidrio se tambaleó un instante antes de caer de lado, derramando el líquido transparente sobre la mesa, empapando el mantel y extendiéndose peligrosamente hacia los bordes.
—¡Perdón! ¡Lo siento, Ren! ¡De verdad lo siento, no fue mi intención! —exclamó Lyra, con la voz quebrada por un pánico desproporcionado.
Se levantó de la silla de golpe, retrocediendo un par de pasos. Su respiración se volvió errática, acelerada, y sus manos comenzaron a temblar de una manera descontrolada mientras se las llevaba a la cabeza. Miraba el agua derramada con una fijación enfermiza, y en sus ojos no había la simple molestia de un accidente doméstico; había un terror profundo, una vulnerabilidad total, como si estuviera esperando ser reprendida con severidad por una falta imperdonable. Estaba reaccionando exactamente de la misma manera en que su subconsciente recordaba las humillaciones y los gritos corporativos del Sr. Sterling. El fantasma de su antiguo jefe se había materializado en nuestra propia mesa a través de un simple descuido.
—Oye, oye, mi amor, tranquila... No pasa nada. Es solo un poco de agua —le dije con la voz más suave, pausada y reconfortante que pude modular.
Me levanté de inmediato, ignorando por completo el desastre en la mesa, y caminé hacia ella. Al ver que me acercaba, Lyra escondió el rostro entre las manos y se derrumbó. Los sollozos que había estado conteniendo a la fuerza durante toda la semana escaparon de su pecho en un llanto ahogado, desgarrador y cargado de una frustración que ya no cabía dentro de su cuerpo. Verla así, temblando entre mis brazos mientras la atraía hacia mi pecho, me destruyó por dentro. Sentir cómo sus hombros se sacudían violentamente por la descarga del estrés post-despido acumulado encendió una chispa de absoluta determinación en mi mente.
La estreché con fuerza, acariciándole el cabello mojado por sus propias lágrimas, dejando que soltara hasta la última gota de esa ansiedad corrosiva. Mientras la sostenía y le susurraba palabras de paz al oído, miré de reojo la laptop cerrada en mi estación de trabajo. El tiempo de esperar a que el daño psicológico se borrara por sí solo se había terminado de manera drástica. No importaba qué tan bien me estuviera yendo en mi nuevo trabajo o cuántos servidores lograra optimizar en el silicio; mi prioridad absoluta, mi proyecto más crítico, estaba aquí, rota entre mis brazos. Ella me había sostenido sin dudarlo cuando yo estaba en el fondo del abismo del desempleo; ahora me tocaba a mí ser su soporte incondicional, su escudo y el técnico que reconstruyera los pedazos de su confianza destrozada. Mañana mismo iba a tomar cartas en el asunto.