El alta médica llegó cuarenta y ocho horas después, envuelta en ese lenguaje clínico desprovisto de alma que intenta volver técnico el horror. Instrucciones sobre los analgésicos, reposo absoluto, cuidado con las cicatrices y una cita de seguimiento para la revisión ginecológica. Salí del hospital en la silla de ruedas que el protocolo exigía, cubierta con un abrigo ancho que Ren me había llevado de casa, aunque el sol del mediodía en San Pedro Sula caía como una losa de plomo caliente sobre el estacionamiento.
El trayecto en el auto fue un viaje a través de una ciudad fantasma. A través del cristal tintado del Corolla, veía a la gente caminar por las aceras, los autobuses urbanos esquivar baches y las palmeras sacudirse con una brisa seca. Todo continuaba su curso normal con una indiferencia brutal. La ciudad no se había detenido por nuestra tragedia; el mundo seguía girando mientras el nuestro yacía hecho pedazos en el asiento trasero.
Ren conducía con las dos manos rígidas sobre el volante. No encendió la radio, ni dijo una sola palabra en los veinte minutos que tardamos en llegar. Solo cada tanto, en los semáforos en rojo, giraba la cabeza para mirarme, extendiendo la mano derecha para buscar la mía sobre mi regazo. Su contacto era cálido, protector, repleto de una ternura desesperada... pero me dolía. Me dolía de una forma sutil y venenosa porque dentro de mí, en la penumbra de mi mente, esa caricia se sentía inmerecida. Si me hubiera quedado en la casa, sus manos no estarían temblando al tocarme.
Al llegar al edificio, el impacto fue físico. Cruzar el portón de entrada, el mismo lugar donde cuarenta y ocho horas atrás Daniel me había sonreído con esa falsa cordura, me hizo perder el aliento. Me aferré al brazo de Ren mientras subíamos en el ascensor en un silencio sepulcral.
Cuando él introdujo la llave en la cerradura y la puerta principal se abrió, el olor de nuestro hogar nos golpeó el rostro. Olía al suavizante de la ropa limpia, al café frío que se había quedado en la cafetera el lunes por la mañana y a ese perfume ambiental de lavanda que habíamos elegido juntos para la llegada del bebé. Era el olor de una vida que ya no nos pertenecía, la escenografía intacta de una felicidad que nos había sido arrebatada.
Ren dejó las bolsas con las medicinas sobre la barra de la cocina y se volvió hacia mí para quitarme el abrigo con una delicadeza infinita.
—Acuéstate en la cama, mi amor. Te voy a traer un vaso de agua y la primera dosis del analgésico —dijo con esa voz grave, pausada, que intentaba a toda costa sonar firme para sostenerme.
—Estoy bien, Ren... puedo caminar sola —murmuré, manteniendo la vista baja.
Caminé despacio por el pasillo. Cada paso me recordaba la pesadez extraña de mi propio cuerpo. La ligereza artificial de mi abdomen se sentía como una amputación invisible. Pasé frente a la puerta cerrada de la que iba a ser la habitación del bebé. La madera blanca estaba intacta, pero detrás de ella sabía que estaban la cuna de madera clara que armamos entre los dos, los peluches acomodados en el estante y los frascos de pintura ecológica para la pared que jamás llegaríamos a abrir. La puerta estaba cerrada, pero el vacío que emanaba de su interior llenaba todo el pasillo.
Entré a nuestra habitación y me senté en el borde de la cama. Al mirar hacia la mesa de noche, vi el paquete de vitaminas prenatales que había estado tomando hasta la mañana del lunes. Un frasco cilíndrico, colorido, prometiendo desarrollo y vida. Me quedé mirándolo fijamente, sin poder apartar los ojos, sintiendo cómo el frío del suelo subía por mis pies descalzos.
Ren entró un momento después con el vaso de agua y la pastilla. Se hincó frente a mí, apoyando los brazos sobre mis rodillas, mirándome de abajo hacia arriba con unos ojos en los que el agotamiento y el dolor se mezclaban con una rabia contenida.
—Tómate esto, Lyra. Por favor —pidió en un susurro.
Tomé la pastilla y bebí el agua mecánicamente, sin sentir el sabor. Cuando le devolví el vaso, Ren no se levantó. Apoyó la mejilla contra mi muslo, rodeando mi cintura con los brazos en un abrazo apretado, ahogando un suspiro tembloroso contra la tela de mi pantalón.
—Estamos en casa —dijo, como si intentara convencerse a sí mismo—. Nadie te va a volver a hacer daño. Te lo juro por mi vida.
Pasé los dedos por su cabello, sintiendo la tensión acumulada en los músculos de su cuello. Su promesa flotaba en la habitación como un escudo roto. Él creía que la amenaza venía solo de afuera, que el peligro era Daniel rondando la calle. No entendía que el verdadero enemigo ya se había instalado dentro de la casa: la culpa destructiva que me quemaba por dentro y el abismo de silencio que empezaba a abrirse, lento e inexorable, entre los dos.