El silencio que se instaló en el apartamento durante los dos días siguientes no era de paz; era esa calma espesa y artificial que antecede a las grietas profundas.
Desarrollé una rutina mecánica para sobrevivir a las horas. Me levantaba temprano, antes de que el calor de San Pedro Sula volviera sofocante el aire, y me dedicaba a recoger pequeños objetos invisibles por la casa. Doblaba la ropa con una precisión maníaca, alineaba los platos en la cocina y limpiaba la barra con un trapo húmedo una y otra vez. Era mi armadura. Creía que si mantenía el espacio impecable, si demostraba que podía moverme y servirme un vaso de té sin romper a llorar, evitaría que Ren terminara de desmoronarse.
Ver a Ren me partía el alma. Había pedido días libres en la empresa, pero no descansaba. Se pasaba las horas sentado frente a su computadora en la barra o caminando a pasos cortos por la sala, con el teléfono pegado al oído hablando en voz baja con los agentes de la fiscalía y los abogados. Cada vez que cruzaba la estancia y me encontraba de pie, su mirada se iluminaba con una mezcla dolorosa de alivio y angustia.
—Lyra, déjame hacer eso a mí —me dijo a mitad de la tarde, quitándome suavemente de las manos la jarra de agua que intentaba llenar—. El médico dijo que tenías que guardar reposo. No tienes que esforzarte por hacer nada aquí.
—Estoy bien, Ren. De verdad —respondí, ofreciéndole una sonrisa ensayada, plana, que ni siquiera llegó a mis ojos—. No puedo estar todo el día acostada. Me hace bien moverme un poco.
Él se quedó mirándome, con la jarra a medio llenar en la mano. La sombra bajo sus ojos se había vuelto más oscura, y vi cómo sus labios se apretaban en una línea fina de frustración contenida.
—No tienes que fingir conmigo, Lyra —susurró, dando un paso hacia mí para tomarme del rostro con la calidez de siempre—. No tienes que actuar como si no estuviera pasando nada. Si quieres gritar, si quieres llorar o romper algo... hazlo. Estoy aquí contigo. Estamos juntos en esto.
La palabra juntos resonó como un eco amargo. Me obligué a sostenerle la mirada, tragándome la bola de fuego que me quemaba la garganta.
—No estoy fingiendo —mentí con una voz tan tranquila que me desconoció a mí misma—. Solo estoy intentando procesarlo. Necesito estar ocupada, nada más.
Me zafé de su contacto con una sutileza ensayada, regresando a la habitación con el pretexto de ordenar el armario. Desde la puerta, vi cómo Ren dejaba caer los hombros en la barra, apoyando la frente contra la madera en un gesto de absoluta impotencia. Él quería un duelo compartido, quería que lloráramos juntos el vacío de nuestro hijo, pero yo no podía permitírmelo. Cada lágrima que yo soltara enfrente de él se sentía como recordarle que fui yo quien bajó la guardia, que fui yo quien cruzó esa puerta por un antojo absurdo.
Su protección, que antes me rodeaba como un refugio cálido, comenzaba a sentirse como un espejo que me devolvía la imagen de mi propio fracaso. Ren buscaba abrazarme para sanar, pero yo percibía cada una de sus caricias como un perdón que no me merecía. Y así, entre sus esfuerzos desesperados por sostenerme y mi necesidad ciega de protegerlo de mi culpa, el aire entre los dos empezó a llenarse de frases cortas, respuestas amables y un abismo de cosas no dichas que amenazaba con devorarnos.