La noche cayó sobre San Pedro Sula espesa y sofocante. En la penumbra de la habitación, el murmullo del aire acondicionado era el único sonido que competía con la respiración pesada y exhausta de Ren. Llevaba horas intentando dormir, moviéndose en la cama con esa inquietud del hombre que intenta vigilar el mundo incluso con los ojos cerrados. Cuando finalmente el cansancio venció su resistencia, me escurrí despacio entre las sábanas, cuidando que el peso de mis movimientos no lo despertara.
Mis pies descalzos tocaron el suelo frío. La casa a oscuras parecía más grande, más ajena, como si las paredes hubieran absorbido el golpe de la tragedia y devolvieran un eco helado a cada paso.
Caminé por el pasillo a tientas, guiada únicamente por la luz azulada del poste de la calle que se filtraba por las persianas de la sala. Me detuve frente a la puerta cerrada del cuarto del bebé. Durante tres días me había obligado a ignorarla, a pasar de largo como si detrás de esa madera solo hubiera un espacio vacío. Pero en medio de la noche, la culpa me empujó a girar el pomo de la puerta sin hacer ruido.
El pestillo cedió con un chasquido suave.
Entré y me quedé inmóvil en el centro del cuarto. La luz de la luna llena bañaba a medias los muebles sin estrenar: la cuna de madera clara armada meticulosamente por Ren, la mecedora cubierta con una cobija tejida a mano y el móvil de estrellas suspendido sobre el colchón desnudo. Tocar la madera de la cuna fue como tocar un monumento al dolor. Pasé la yema de los dedos por los barrotes pulidos, sintiendo que el pecho se me abría en dos, desgarrando finalmente esa armadura de funcionalidad que me había construido frente a Ren.
Me dejé caer de rodillas sobre la alfombra suave, ahogando un sollozo contra mis propias manos. El llanto brotó violento, sin freno, en una marea de lágrimas acumuladas que me sacudían el cuerpo dolorido. Lloré por el futuro que nos arrebataron, por las risas que no sonarían en esa habitación, y por la certeza aplastante de que todo había cambiado para siempre por mi imprudencia de diez minutos.
Cuando el llanto empezó a ceder, dejando solo un hipo sordo en mi garganta, noté una rendija de luz brillante que venía desde el pequeño estudio al fondo de la sala. La pantalla del portátil de Ren estaba encendida.
Me puse de pie con torpeza, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano, y me acerqué despacio hacia la mesa de trabajo. Pensé que Ren había dejado abierta alguna ventana de los servidores de su empresa, pero al acercarme a la luz de la pantalla, la sangre se me congeló de nuevo.
No eran diagramas de red. No eran reportes de trabajo.
La pantalla exhibía un mapa digital interactivo de San Pedro Sula con varias ubicaciones marcadas en rojo, junto a carpetas organizadas por fechas. Abrí la primera con el corazón latiendo desbocado en mi garganta. Había fotografías tomadas desde lejos: la fachada de un complejo de departamentos en una zona periférica, un auto con la placa registrada a nombre de Daniel y los horarios de entrada y salida de su antiguo empleo. Más abajo, en un documento de texto abierto, figuraba una lista metódica de datos personales, direcciones de familiares de Daniel y registros de sus rutinas nocturnas.
En el escritorio de madera, al lado del teclado, descansaba una memoria USB negra y un cuaderno de notas donde la letra precisa de Ren había trazado esquemas y horarios con la frialdad de un cirujano.
Un escalofrío helado me recorrió la espina dorsal. Ren no solo estaba esperando a que la policía actuara. Detrás de sus abrazos suaves, de sus lágrimas contenidas y de su voz tranquila en el hospital, mi esposo estaba utilizando toda su capacidad técnica y analítica para dar caza a Daniel. El hombre meticuloso y protector que me cuidaba durante el día se transformaba en la penumbra en alguien guiado por una sed de venganza helada y calculadora.
Escuché el leve crujido de la cama desde la habitación principal y el sonido de unos pasos aproximándose por el pasillo. Cerré la carpeta a toda prisa, di un paso atrás de la mesa y me quedé de pie en la penumbra de la sala, mirando la silueta de Ren recortada contra el marco de la puerta, temiendo que la brecha que nos estaba separando fuera ya imposible de cerrar.