El amanecer no trajo alivio; solo una luz grisácea y sofocante que se filtraba por las persianas de la sala, dibujando líneas de sombra sobre el suelo como si el apartamento se hubiera convertido en una celda.
No pegué el ojo en lo que quedaba de la noche. Me había acostado de nuevo al lado de Ren, permaneciendo rígida, mirando el techo mientras escuchaba su respiración. Cada vez que él se movía en sueños o dejaba caer un brazo sobre mi cintura, un estremecimiento helado me recorria la piel. No era miedo a que me hiciera daño a mí; era el pavor absoluto de saber en qué se estaba transformando en la penumbra.
A las siete de la mañana, el olor a café recién hecho invadió el pasillo. Me levanté despacio, sintiendo aún esa punzada sorda en el abdomen, una molestia física que servía como un recordatorio constante de lo que habíamos perdido.
Ren estaba en la cocina, de espaldas a mí. Vestía una camisa oscura y pantalones vaqueros, con las mangas recogidas hasta los codos. En la superficie de la barra descasaba su taza de café humeante y su teléfono móvil, que vibraba cada tanto con notificaciones silenciosas.
—Buenos días, mi amor —dijo en cuanto escuchó mis pasos, girándose con esa rapidez instintiva que había desarrollado en los últimos días.
Se acercó a mí y me besó en la sien. Su contacto era tan suave, tan lleno de una ternura desesperada, que por un segundo sentí que la noche anterior solo había sido una pesadilla. Pero al bajar la mirada hacia sus manos —esas manos de dedos largos y precisos que solían ensamblar equipos informáticos con una paciencia infinita y que habían armado la cuna de nuestro hijo— no pude evitar verlas trazando esquemas de horarios y direcciones en ese cuaderno negro.
—Buenos días —murmuré, forzando una voz firme mientras me sentaba en una de las sillas altas de la barra.
Él me sirvió una taza de té de manzanilla y la puso frente a mí, acompañado de un plato con tostadas que ni siquiera me sentía capaz de probar.
—Tienes mejor cara hoy —comentó Ren, apoyando los codos en la barra para quedar a la altura de mis ojos. Su rostro reflejaba un agotamiento brutal, pero detrás de las ojeras oscuras había una fijeza en la mirada, un brillo frío y concentrado que jamás le había conocido—. ¿Pudiste descansar un poco más?
—Un poco... —mentí, rozando la porcelana caliente de la taza con las yemas de los dedos—. ¿Y tú? Estuviste despierto hasta tarde en la computadora.
El cambio en su postura fue imperceptible para cualquiera, pero no para mí. Los músculos de su cuello se tensaron apenas un milímetro y sus ojos parpadearon con una fracción de segundo de retraso.
—Solo estaba revisando unos correos de la empresa —respondió con una fluidez pasmosa, sin que le temblara el tono de voz—. Les dije que me tomaría un par de días más para estar contigo, pero tenía que dejar cerrados unos accesos de seguridad en los servidores. Nada importante.
Esa mentira, pronunciada con tan absoluta serenidad, me atravesó el pecho como una estocada. La facilidad con la que ocultaba la cacería que estaba montando en nuestra propia casa me aterrorizó más que el mapa de la ciudad en su pantalla.
—Ren... —lo llamé en un hilo de voz, buscando sus ojos.
—¿Qué pasa, Lyra?
Estuve a punto de decirlo. Estuve a punto de gritarle que lo sabía todo, que había visto las fotos de la casa de Daniel, la placa de su auto y los horarios anotados. Quería suplicarle que se detuviera, que no permitiera que ese miserable nos quitara también su alma y su libertad. Pero la culpa me trabó la lengua. ¿Con qué derecho le pedía yo que se detuviera? Si yo no hubiera bajado la guardia, si yo no me hubiera expuesto, la rabia no lo estaría devorando por dentro. Yo había encendido esa chispa; sentía que no tenía la autoridad moral para apagar el fuego.
—No quiero que te distancies de mí —terminé diciendo, bajando la mirada hacia el té—. Siento que estás muy lejos, Ren. Aunque estés aquí sentado... siento que te estás yendo.
Ren se quedó en silencio un segundo. Luego extendió la mano y cubrió la mía, apretándola con una fuerza que buscaba ser reconfortante, pero que solo reveló la tensión volcánica que llevaba por dentro.
—No me voy a ningún lado, Lyra —susurró con una promesa helada detrás de sus palabras—. Solo estoy haciendo lo que tengo que hacer para que volvamos a estar seguros. Te lo juro.
Se levantó de la barra, tomó su teléfono y las llaves del Corolla.
—Tengo que salir un par de horas a la oficina a firmar unos documentos físicos —dijo, poniéndose la chaqueta—. Quédate adentro, mantén la puerta con el cerrojo puesto. Te llamo en cuanto termine.
Lo vi caminar hacia la puerta principal. Al cruzar el umbral, me dedicó una última mirada cargada de un afecto tan denso y doloroso que me dejó sin aliento. Cuando la puerta se cerró y escuché el doble giro del cerrojo desde afuera, supe con una certeza aplastante que no iba a ninguna oficina.