El aire acondicionado del Corolla soplaba al máximo, pero el interior del auto se sentía como un horno sofocante mientras avanzaba por el bulevar del norte.
Tenía las manos pegadas al volante en la posición de las diez y las dos. Firmes. Estables. Como el trazado de un circuito eléctrico. Durante tres días había mantenido la fachada frente a Lyra: la voz pausada, las caricias calculadas, la taza de té a la temperatura exacta. Había sido el papel más difícil de mi vida, porque ver el vacío en sus ojos y la forma en que se encogía sobre sí misma me destruía por dentro. Pero la rabia no era un impulso ciego para mí; la rabia, cuando se procesaba correctamente, era un algoritmo. Una secuencia lógica de pasos ejecutable hasta la última línea de código.
No iba a la oficina. Jamás tuve la intención de ir.
Giré a la derecha entrando a un sector residencial de clase media-baja, una zona de pasajes estrechos y casas amuralladas donde la policía rara vez patrullaba con frecuencia. En la pantalla del teléfono, fijado al tablero, una aplicación de rastreo pasivo actualizaba un punto amarillo cada tres minutos.
Había sido ridículamente fácil. Bastó con infectar el correo corporativo de la antigua consultora de Daniel con un archivo adjunto que aparentaba ser una citación laboral de Recursos Humanos. Daniel, llevado por la paranoia y la necesidad de saber si la empresa lo respaldaría legalmente, abrió el archivo la noche anterior. El malware instalado en su teléfono me había dado acceso a su ubicación GPS en tiempo real, su registro de llamadas y la dirección de la casa de su prima, donde se mantenía escondido desde la tarde del ataque.
Aparqué el auto a dos cuadras de distancia, bajo la sombra de un árbol de nim. Apagué el motor. El silencio dentro del vehículo se volvió espeso, roto únicamente por el crujido del plástico del tablero al enfriarse.
Miré por el espejo retrovisor. Mis propios ojos me parecieron extraños, vacíos de esa tranquilidad metódica que siempre me había definido. El Ren que arreglaba servidores y planificaba presupuestos familiares había muerto en la sala de urgencias del hospital, en el preciso instante en que el médico me confirmó que habíamos perdido a nuestro hijo.
Abrí la guantera y saqué la libreta negra. Repasé por última vez los detalles: Daniel no tenía vehículo propio disponible; utilizaba un auto de alquiler gris que estacionaba sobre la acera frente a la vivienda. A las once y quince de la mañana solía salir a comprar comida a una pulpería cercana. Faltaban diez minutos.
Mi plan no era una llamada a la policía. La burocracia de los juzgados en San Pedro Sula significaba meses de procesos, abogados apelando, una fianza y la posibilidad constante de que quedara en libertad condicional mientras esperaba juicio. Lyra no podría soportar un proceso judicial desgastante donde tendría que revivir cada segundo del horror frente a un tribunal. Ella necesitaba seguridad absoluta, y yo solo podía dársela asegurándome de que Daniel no volviera a respirar el mismo aire.
Desabroché el cinturón de seguridad. En el bolsillo interior de mi chaqueta llevaba un martillo de peña con mango de fibra de vidrio y un par de guantes de nitrilo. Herramientas limpias, desprovistas de registros o rastreos digitales.
Salí del Corolla cuidando de cerrar la puerta sin golpear. El calor del mediodía me recibió como una bofetada húmeda. Caminé por la acera a paso constante, ni demasiado rápido para levantar sospechas, ni demasiado lento para parecer desorientado. Cada paso sobre el concreto caliente resonaba en mi mente como el tictac de una bomba a punto de estallar.
Al girar la esquina del pasaje, lo vi.
El auto de alquiler gris estaba estacionado frente a una casa de fachada deteriorada con verja de hierro oxidadas. Y ahí, apoyado contra la portezuela del conductor con una gorra calada hasta las cejas y una bolsa de plástico en la mano, estaba Daniel.
Ver su rostro de nuevo provocó una descarga de adrenalina tan violenta que la vista se me nubló en los bordes. El hombre que había destrozado mi hogar, el cobarde que atacó a mi esposa indefensa, estaba ahí, respirando, mirando su teléfono como si fuera un día cualquiera.
Apreté el puño dentro del bolsillo de la chaqueta, sintiendo el contorno frío de la herramienta. Aceleré el paso, recortando la distancia en la penumbra que proyectaban los muros de la calle desierta. Ya no había dudas ni vuelta atrás.