Apenas la puerta principal del apartamento se cerró tras de Ren, me abalancé sobre la barra de la cocina. El corazón me martillaba el pecho con un dolor sordo y sofocante.
Fui directo a la laptop. La pantalla estaba bloqueada, pero cuando vi junto al teclado el cuaderno negro de notas completamente abierto sobre la página de hoy, la última pizca de duda se evaporó. Había un mapa impreso con la dirección exacta marcada en rojo: un pasaje en la colonia Guadalupe, junto con la placa del auto de alquiler gris y una anotación a mano con la hora estimada de movimiento de Daniel.
11:15 AM.
Miré el reloj de la pared. Eran las once y cinco.
—No, Ren... no lo hagas —susurré, sintiendo que las piernas me temblaban mientras me ponía el abrigo con torpeza.
En ese preciso instante, el teléfono fijo de la casa comenzó a sonar con un estruendo que me hizo dar un brinco. Lo arrebaté de la base con manos temblorosas.
—¿Alo? ¿Señora Lyra? —la voz del agente fiscal sonó firme al otro lado de la línea—. Le hablo de la fiscalía. Queremos informarle que el juez acaba de firmar la orden de captura de emergencia contra Daniel. Un equipo de la Policía Nacional ya va en camino a ubicarlo en la colonia Guadalupe con datos de rastreo de celda que obtuvimos hace una hora.
El aire se me congeló en los pulmones. Si la policía llegaba y encontraba a Ren atacando a Daniel, no habría vuelta atrás. Ren terminaría en la cárcel, destruido por la ley que intentaba eludir, y nuestra vida terminaría de extinguirse por completo.
—Agente... mi esposo va para allá. ¡Va a cometer una locura! —grité con la voz quebrada por el pánico, agarrando las llaves de repuesto y saliendo disparada al pasillo sin importar la punzada punzante de mi cirugía.
—¿Qué dice? Señora, quédese en su casa...
No me quedé a escuchar. Colgué el teléfono, bajé las escaleras a tropezones y abordé el primer taxi que cruzaba la calle, ofreciéndole al conductor el triple de la tarifa normal para que volara hacia la colonia Guadalupe.
La distancia entre Daniel y yo se redujo a menos de diez metros. El sonido de mis pasos sobre el pavimento caliente fue amortiguado por el rugido lejano del tráfico de la avenida principal.
Daniel levantó la vista del teléfono, ajeno por completo a la sombra que se le echaba encima. Cuando sus ojos se cruzaron con los míos, la sonrisa distraída de su rostro se borró al instante. La palidez le cubrió las mejillas y dio un paso atrás, chocando contra la puerta de su vehículo.
—¿Ren...? —articuló con un hilo de voz cobarde, buscando a toda prisa la manecilla de la portezuela.
Sacó la mano del bolsillo. Deslicé el martillo hacia afuera con la derecha, manteniendo la mirada clavada en la suya con una calma mortífera. No había discursos. No había reclamos. Solo una sentencia que estaba a punto de ejecutarse en el silencio de ese pasaje caluroso.
—No te vas a volver a acercar a ella —dije con una voz que ni yo mismo reconocí.
Levanté el brazo, acortando los últimos dos pasos para golpear, cuando un chillido desgarrador rompió el aire de la calle.
—¡REN, NO! ¡POR FAVOR, REN, DETENTE!
Giré la cabeza por instinto. A mitad de la cuadra, un taxi acababa de frenar de golpe. Lyra salía del vehículo tambaleándose, con el rostro bañado en lágrimas y el abrigo abierto, sujetándose el abdomen con una mano mientras corría hacia mí con una desesperación ciega.
—¡Lyra, no te acerques! —grité, congelándome a mitad del movimiento.
—¡No lo hagas, amor! ¡No te conviertas en esto por él! —suplicó ella, cayendo de rodillas sobre la acera a pocos metros de nosotros, exhausta y sin aliento, extendiendo su mano temblorosa hacia mí—. ¡Si lo matas, te pierdo a ti también! ¡Nos vas a destruir del todo!
En ese segundo de vacilación, el ulular ensordecedor de tres patrullas policiales retumbó al fondo del pasaje. Los vehículos de la Policía Nacional irrumpieron a gran velocidad por ambos extremos de la calle, bloqueando las salidas con los neumáticos chillando sobre el pavimento.
—¡POLICÍA! ¡TODOS AL SUELO! ¡SUELTE EL ARMA! —resonó la voz de un oficial por el altavoz mientras los agentes bajaban con las armas de reglamento desenfundadas.
Daniel cayó de rodillas aterradas levantando las manos, mientras los policías se abalanzaban sobre él para inmovilizarlo contra el auto de alquiler.
Yo me quedé de pie en medio de la calle, con el martillo aún empuñado en la mano derecha, mirando a mi esposa colapsada sobre el concreto, llorando desconsoladamente. La mirada de dolor y súplica de Lyra atravesó la nube de odio que me nublaba la mente. Dejé caer la herramienta metálica, que resonó con un estruendo seco contra el suelo, y me dejé caer de rodillas frente a ella, abrazándola con fuerza mientras las sirenas de la policía iluminaban el pasaje con destellos azules y rojos.