Nuestras noches en silencio

Capítulo 26: El despertar (Parte 1)

El hedor a humedad, papel viejo y café amargo de la posta policial se me metió por la garganta como un veneno sordo.

Estaba sentado en una silla de madera raída en la oficina del fiscal de turno. Mis manos, apoyadas sobre las rodillas, mostraban los nudillos blancos de tanto apretar. A través de la ventana con rejas de hierro, veía el movimiento caótico de las patrullas en el patio central de la comisaría de San Pedro Sula. Había pasado hora y media desde que los agentes desarmaron la escena en la colonia Guadalupe.

Daniel estaba dos pasillos más allá, encadenado a una banca de metal, custodiado por dos agentes de la Dirección Policial de Investigaciones (DPI). Lo vi de reojo cuando lo ingresaron: la máscara de manipulador frío se le había caído por completo, reemplazada por un temblor cobarde y la palidez de quien sabe que pasará los próximos quince o veinte años tras las rejas en la penitenciaría. La evidencia en su teléfono, el historial de acoso metódico, la alteración de mis horarios en la empresa y la flagrancia de su intento de fuga tras la agresión eran pruebas irrefutables. La fiscalía no le otorgaría fianza. El proceso penal lo aplastaría.

Pero nada de eso me traía paz. Ninguna victoria legal borraba la imagen que me quemaba las pupilas: Lyra de rodillas sobre el concreto caliente, sujetándose el vientre operado, llorando con el alma destrozada para evitar que yo cometiera un asesinato.

—Señor Ren —dijo el fiscal, cerrando la carpeta de manila sobre su escritorio—. Técnicamente, el martillo no tocó al sospechoso. Y dado que su esposa se presentó con la alerta de emergencia y el contexto de la agresión previa que sufrieron, el acta se tipificará como altercado en vía pública resuelto por la intervención policial. Queda libre de cargos. Pero le voy a ser muy franco... estuvo a un centímetro de arruinarse la vida.

No respondí. No tenía sentido justificar el abismo al que me había asomado.

Firmé los folios de liberación con una mano que apenas lograba sostener el bolígrafo. Cuando salí al pasillo principal, el aire helado de los aires acondicionados portátiles de la estación me golpeó el rostro, pero el verdadero impacto fue ver a Lyra esperándome en una banca de madera del recibidor.

Estaba envuelta en mi abrigo oscuro, que le quedaba grotescamente grande. Un agente de la policía le había conseguido un vaso de plástico con agua tibia que ella sostenía con ambas manos sin probar un solo sorbo. Lucía tan pequeña, tan desgastada por el dolor físico y la carrera desesperada que había hecho por salvarme, que sentí un nudo de vergüenza sofocante apretarme la garganta.

Al escuchar mis pasos, levantó la cabeza. Sus ojos, rojos e hinchados por el llanto, no mostraron reproche ni ira. Solo un agotamiento infinito y una vulnerabilidad que me destruyó por dentro.

Me acerqué despacio y me hinqué frente a ella sobre el suelo de granito sucio de la comisaría, exactamente igual a como lo había hecho en el pasaje de la Guadalupe. Le tomé las manos heladas entre las mías, sintiendo los temblores que le sacudían los dedos.

—Perdóname... —mi voz se quebró en la primera sílaba, dejando salir todo el aire acumulado en mi pecho—. Perdóname, Lyra. Por poco te dejo sola... por poco lo destruyo todo por mi maldita rabia.

La armadura de hombre frío, analítico y calculador que había llevado puesta desde la noche del hospital se hizo pedazos ahí mismo. Apoyé la frente contra sus rodillas y dejé escapar un sollozo amargo, sin importarle los agentes que pasaban a nuestro alrededor ni las miradas de los extraños. Había estado tan ciego, tan obsesionado con cazar a la bestia que nos dañó, que casi me convertía en una para mi propia esposa.

Lyra soltó el vaso de agua, que cayó al suelo sin ruido, y pasó sus brazos alrededor de mi cuello. Me rodeó con una firmeza sorprendente, pegando su rostro a mi oído mientras sus lágrimas mojaban la tela de mi camisa.

—Ya pasó, Ren... —susurró con un hilo de voz tembloroso, pero infinitamente cálido—. Ya pasó. Estamos vivos. Estamos juntos. Vamos a casa.

El viaje de regreso no se sintió como el retorno a un refugio profanado, sino como el primer paso de un rescate mutuo. Ren había intentado ser el escudo inflexible, pero en el proceso casi se transforma en la espada que los destruía. Y Lyra, comprendiendo el alcance de la culpa de ambos, sabía que para volver a respirar necesitaban dejar de huir de las sombras y encender la luz juntos.




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