Tres meses pasaron desde la mañana en que las sirenas de la policía iluminaron el pasaje de la colonia Guadalupe.
El tiempo en la ciudad tiene una forma curiosa de avanzar: mientras el calor sofocante del valle sigue intacto y el tráfico del bulevar mantiene su ritmo caótico, la vida dentro de nuestro apartamento fue encontrando una quietud nueva, más madura y liviana.
Me miré al espejo del baño mientras me abotonaba la blusa. La cicatriz en mi abdomen bajo ya no tenía ese tono rojizo e inflamado de las primeras semanas; ahora era una línea fina, pálida y suave al tacto. Una marca que recordaba la batalla, pero que ya no dolía al rozarla con los dedos. Mi cuerpo había terminado de sanar por fuera, y por dentro, la sensación de opresión constante en el pecho finalmente había cedido.
Caminé hacia la cocina. El aroma a café recién colado y a tostadas de pan integral llenaba la estancia. Ren estaba de pie frente a la barra, revisando unas métricas de trabajo en su tableta mientras servía dos tazas. Traía una camisa azul clara y el cabello ligeramente despeinado, luciendo esa expresión serena que durante tanto tiempo me pareció perdida.
—Buenos días, mi amor —dijo en cuanto me escuchó llegar, dejando la tableta sobre la barra para recibirme.
Se acercó y me rodeó la cintura con la soltura de siempre. Me besó en los labios con una lentitud dulce, sin prisa, disfrutando del simple acto de empezar el día juntos.
—Buenos días —respondí, apoyando las manos en sus hombros—. Te levantaste temprano hoy.
—Tenía que terminar de enviar unos accesos para un cliente en Tegucigalpa —sonrió, pasándome una taza humeante—. Pero el resto del día es todo tuyo.
Nos sentamos a desayunar en la barra. Miré el teléfono sobre la mesa. A diferencia de las semanas oscuras, la pantalla solo mostraba notificaciones de correos laborales y mensajes de mi familia. El proceso judicial contra Daniel había concluido dos semanas atrás en una audiencia preliminar rápida: ante la abrumadora cantidad de pruebas presentadas por la fiscalía, sus abogados recomendaron un procedimiento abreviado. Fue condenado a quince años de prisión sin opción a fianza por tentativa de agresión grave, acoso e infracciones digitales.
Cuando el abogado me llamó para darme la noticia, no sentí el impulso de celebrar ni de llorar. Solo dejé escapar un largo suspiro de alivio y cerré esa carpeta en mi mente para siempre. Daniel era un fantasma encerrado tras las rejas de una celda; su capacidad para dañarnos había quedado reducida a cero.
—¿En qué piensas? —preguntó Ren suavemente, cubriendo mi mano con la suya.
—En que por fin siento que la casa vuelve a ser nuestra —admití, ofreciéndole una sonrisa genuina—. Sin fantasmas en las esquinas, Ren.
Él asintió, apretándome los dedos con cariño.
—Esta semana he estado pensando en algo, Lyra —comentó, mirándome con un brillo de entusiasmo que no le veía desde hacía casi un año—. Tu recuperación va excelente y el médico dio el alta definitiva en la revisión del martes. Sé cuánto extrañas tu área laboral, tus proyectos y tener tu propio espacio profesional. Creo que es hora de que vuelvas a tocar puertas.
El corazón me dio un brinco ligero, pero esta vez no fue por miedo ni por ansiedad. Fue por esa chispa de ambición y dignidad que la manipulación del señor Sterling y el desastre posterior intentaron apagar en mí.
—¿De verdad lo crees? —murmuré.
—No solo lo creo; estoy seguro de que cualquier empresa tendría suerte de tenerte —dijo Ren con una convicción absoluta que me llenó el alma—. Te robaron tu tranquilidad un tiempo, pero no tu talento. Es hora de recuperar lo tuyo.