Ver la luz en los ojos de Lyra mientras hablábamos de su regreso al mundo laboral me devolvió una paz que no sabía cuánto echaba de menos.
Durante meses, mi mente había funcionado como un sistema en estado de alerta constante, vigilando cada sombra, midiendo cada uno de sus gestos para asegurarme de que no se me estuviera rompiendo entre las manos. Pero verla ahora, sentada frente a mí en la barra, tomando su café con esa postura erguida y esa chispa de determinación recuperada, me hizo entender que el proceso de reconstrucción no solo había terminado: nos había dejado más fuertes.
Cuando Lyra terminó de arreglarse y se fue a la sala a revisar su correo para actualizar su currículum, me quedé unos minutos a solas en el estudio.
Giré la silla y miré la mesa donde antes se amontonaban los mapas impresos, el cuaderno negro y la memoria USB. Todo eso había desaparecido hacía tiempo. En su lugar, ahora descansaban mis monitores con líneas de código limpio, un florero con lirios blancos que Lyra había comprado el fin de semana y una fotografía de los dos sonriendo en nuestra boda, enmarcada en madera clara.
Pasé la mano por el borde del escritorio. Había recuperado el control, pero no mediante la rabia ni la paranoia, sino reconociéndome vulnerable. Aprendí que proteger a mi esposa no significaba construir una muralla de frialdad ni salir a cazar monstruos en la noche; significaba estar presente, escucharla, llorar con ella cuando el dolor apretaba y sostenerle la mano cuando decidiera volver a ponerse de pie.
Me levanté y fui hacia la sala. Lyra estaba sentada en el sofá con la laptop sobre las piernas, tecleando con esa rapidez precisa que siempre me había fascinado de ella. Su cabello oscuro caía sobre sus hombros y la luz matutina que entraba por el balcón le iluminaba el perfil, resaltando la suave curva de su mejilla.
Se detuvo un segundo para acomodarse un mechón detrás de la oreja y me descubrió mirándola desde el pasillo.
—¿Pasa algo? —preguntó, ladeando la cabeza con una sonrisa diminuta.
—Nada —respondí, caminando despacio hacia el sofá—. Solo estaba admirando a la mujer increíble que tengo al lado.
Lyra dejó la computadora a un lado y me hizo un espacio. Me senté a su lado y ella se acurrucó de inmediato contra mi pecho, pasando un brazo sobre mi cintura. El peso de su cuerpo sobre el mío, su respiración tranquila y el aroma a su jabón de vainilla me envolvieron en una calidez dulce, profunda.
Le pasé la mano por la espalda, sintiendo la firmeza de sus músculos relajados. Ya no había rigidez entre nosotros, ni esa cautela dolorosa con la que nos tocábamos semanas atrás por miedo a recordar la tragedia.
—Se siente tan bien estar así, Ren... —susurró, pegando la mejilla a mi camisa.
—A mí también, mi amor —dije, besándole la coronilla—. Mucho.
—He estado enviando algunas solicitudes a puestos de gestión administrativa —comentó, alzando la cabeza para mirarme a los ojos—. Sé que las sombras de lo que pasó en la empresa de Sterling aún andan por ahí en los círculos de ejecutivos... pero ya no tengo miedo de defenderme ni de demostrar quién soy.
Le tomé el rostro entre las manos, sintiendo la suavidad de su piel bajo mis pulgares, y la besé con una ternura despacio que fue subiendo de intensidad poco a poco. Un beso limpio, lleno de deseo y de un afecto sanado que nos encendió la piel sin prisas. Lyra respondió al contacto rodeándome el cuello con los brazos, apegándose más a mí, dejando que la intimidad física floreciera de nuevo entre los dos como un terreno fértil que la tormenta no pudo erosionar.
Al separarnos despacio, con las frentes unidas y la respiración acompasada, vi en sus ojos una serenidad que me confirmó que el abismo había quedado atrás. Estábamos listos para lo que viniera.