El atardecer sobre West Bay pintó el cielo y el mar con una gradación deslumbrante de violetas, dorados y naranjas intensos.
Habíamos reservado una pequeña mesa de madera en un rincón reservado de la playa, a pocos metros de donde las olas morían suavemente sobre la arena blanca. El sonido rítmico del agua, acompañado por la luz tenue de las antorchas de bambú encendidas a lo largo de la orilla, creaba una atmósfera de tranquilidad casi mística.
Ren vestía una camisa de lino blanco con las mangas recogidas y pantalones claros. Lucía despejado, con la piel ligeramente bronceada por la tarde que pasamos nadando en la orilla, y esa mirada serena que durante tanto tiempo vi amenazada por las sombras.
Cenamos mariscos frescos acompañados de un vino blanco helado, conversando sin prisa. Ya no hablábamos con la cautela de quienes temen tocar una herida abierta. Hablábamos de los éxitos de la firma de administración, de los proyectos de infraestructura informática que Ren lideraba ahora con soltura, y de los planes para mejorar nuestro hogar al regresar a San Pedro Sula.
Cuando el mesero retiró las copas, la noche ya se había instalado por completo, desplegando un manto de estrellas impecable sobre el horizonte del Caribe.
Ren extendió la mano sobre la mesa y tomó la mía. Sus dedos grandes y cálidos acariciaron el dorso de mi mano con una parsimonia llena de afecto.
—Lyra... —dijo suavemente, mirando el destello de la antorcha reflejado en mis ojos—. En qué piensas?
Miré hacia el horizonte oscuro, donde la línea del mar se confundía con el cielo estrellado, y dejé escapar un largo suspiro de plenitud.
—En todo lo que recorrimos para llegar a esta mesa, Ren —respondí, apretándole los dedos—. Pensé que durante mucho tiempo estuvimos cargando con un luto y una culpa que nos impedía mirar hacia adelante. Pero estar aquí contigo hoy... me hace darme cuenta de que el dolor ya no nos define.
—Ese dolor nos enseñó a valorar lo que tenemos —añadió Ren, con un tono de voz lleno de una madurez conmovedora—. Me enseñó que no puedo controlarlo todo, pero que mientras esté a tu lado, puedo construir cualquier cosa. Ya no le debemos nada al pasado, mi amor. Daniel es solo una sombra condenada tras las rejas de un juzgado, y las cicatrices ya no sangran.
Me puse de pie, lo tomé de la mano y lo guié hacia la orilla de la playa. Nos quitamos el calzado y dejamos que el agua tibia del mar nos bañara los pies en la penumbra.
Miré las olas que venían y se retiraban de la arena, llevándose tras de sí cualquier rastro de duda o temor. Me pegué al pecho de Ren, sintiendo el latido constante de su corazón bajo la tela de lino, y sonreí con la absoluta certeza de que estábamos listos para dejar ir el ayer para siempre.
—Esta noche cerramos el ciclo del todo —murmuré, alzando el rostro para mirarlo—. Le dijimos adiós al miedo, Ren. Ahora solo queda lo que vamos a construir juntos.
Él me tomó el rostro entre sus manos, me besó con una ternura profunda que me hizo estremecer la piel, y juntos caminamos de regreso hacia la calidez de nuestra villa sobre el mar.