Eran las tres y media de la madrugada cuando una presión leve en la mano me hizo volver de inmediato de la penumbra del sueño.
Abrí los ojos al instante. La habitación estaba sumida en la luz tenue del difusor de lavanda que dejábamos encendido por las noches. A mi lado, Lyra estaba sentada sobre la orilla del colchón, respirando de forma pausada y profunda, con una mano apoyada en la parte superior de su vientre prominente.
Me incorporé sin hacer ruido, apoyándome en un codo para mirarla. La calma que se respiraba en la estancia era absoluta, pero el ritmo de su pecho me indicó que algo había cambiado en la madrugaba.
—¿Lyra? —susurré, pasándole la mano con delicadeza por la espalda—. ¿Estás bien, mi amor?
Ella esperó a soltar todo el aire por la boca antes de girar la cabeza hacia mí. Una sonrisa tranquila, casi luminosa, se le dibujó en los labios entre la penumbra.
—Las contracciones comenzaron hace una hora, Ren —dijo con una voz serena que me heló y me encendió la sangre al mismo tiempo—. Estaba esperando a medir el intervalo... están viniendo exactamente cada seis minutos y duran casi un minuto entero.
El corazón me dio un vuelco en el pecho, pero no hubo un solo segundo de pánico en mi mente. No hubo la desesperación helada de aquella noche en la acera, ni el terror desbocado mientras esperaba una ambulancia bajo la lluvia. Durante meses nos habíamos preparado para este momento con el equipo médico, trazando un plan impecable para que la llegada de nuestro hijo fuera un proceso de paz y control absoluto.
—Es el momento —dije, incorporándome de la cama con una solidez inmediata.
Le besé la frente con ternura, sintiendo la piel de su cara tibia y despejada. Me vestí en dos minutos con pantalones cómodos y un abrigo ligero, mientras Lyra se ponía de pie despacio para cambiarse de ropa.
Fui hacia la esquina del pasillo y tomé la maleta de maternidad que habíamos dejado lista semanas atrás junto a la puerta de la entrada. Ver la maleta azul ahí, a la luz de la lámpara de la sala, me dio una descarga de orgullo puro. Todo estaba bajo control. Todo respondía a la preparación, al amor y a la madurez de dos personas que habían decidido ser dueños de su destino.
Llamé a la clínica privada para notificar al equipo del ginecólogo que íbamos en camino, bajé a la cochera para encender el Corolla y asegurarme de que el aire acondicionado mantuviera la cabina fresca, y regresé al apartamento para ayudar a Lyra.
La acompañé a bajar por el ascensor con el brazo firme alrededor de su cintura, permitiendo que se apoyara en mí cada vez que una nueva onda de presión le recorría el abdomen. Lyra apoyaba la frente en mi hombro, cerraba los ojos y exhalaba despacio, confiando ciegamente en la firmeza de mi cuerpo para sostenerla.
—Lo estás haciendo increíble, mi vida —le susurré al oído mientras cruzábamos el vestíbulo del edificio—. Vamos a paso perfecto.
El trayecto hacia la clínica a través de las avenidas desiertas de San Pedro Sula fue un paseo de una tranquilidad casi mística. Las luces de los semáforos titilaban en amarillo sobre el pavimento seco, y el contorno de la cordillera del Merendón comenzaba a dibujarse bajo las primeras tonalidades violetas del amanecer.
Sostenía la mano de Lyra con la derecha mientras manejaba con la izquierda. Entre contracción y contracción, ella miraba por la ventana la ciudad dormida, acariciándose el vientre con una devoción sin límites.
—¿Sientes miedo, Ren? —preguntó de pronto en un hilo de voz, mirándome con sus ojos oscuros llenos de una claridad absoluta.
Apreté suavemente sus dedos, sintiendo la calidez de su piel.
—Ni un solo segundo —respondí, y la certeza en mi voz resonó en toda la cabina—. Lo único que siento es unas ganas inmensas de tener a Kael en mis brazos y de ver cómo el amor de los dos vence para siempre a la oscuridad.
Al llegar a la rampa de emergencias de la clínica, el personal de maternidad nos esperaba en la puerta con una silla de ruedas y una sonrisa de bienvenida. El doctor ingresó al vestíbulo apenas tres minutos después de nuestra llegada, saludándonos con un apretón de manos afectuoso y la tranquilidad de quien sabe que todo el proceso marchaba en condiciones óptimas.
Acompañé a Lyra mientras la preparaban en la habitación de preparto. A diferencia de las salas de urgencia frías e impersonales del pasado, este espacio era cálido, con luces reguladas y el sonido suave de música instrumental de fondo. Le acomodé la bata de hospital, le limpié el sudor de la frente con una toalla fresca y me mantuve de pie a su lado, convirtiéndome en el ancla inamovible que la sostuvo durante las horas más intensas de la mañana.
El reloj marcaba las seis y media cuando el ginecólogo volvió a evaluar la dilatación. Nos miró a los dos con una expresión de absoluta satisfacción y asintió lentamente.
—Estamos en ocho centímetros, Lyra. Tu cuerpo está respondiendo con una solidez extraordinaria. Nos vamos a la sala de partos ahora mismo.
Miré a mi esposa. A pesar del cansancio y del dolor de las contracciones, en su mirada no había fragilidad; había una fuerza indestructible, la determinación de una mujer que estaba a punto de coronar la mayor victoria de su vida. Le besé la mano, me puse la indumentaria médica de protección para ingresar al quirófano y me preparé para no separarme de su lado ni un solo segundo.