Nuestras noches en silencio

Capítulo 32: Nuestra vida en familia (Parte 2)

La medianoche se aproximaba a San Pedro Sula y la brisa fresca del Merendón mecía suavemente las cortinas del balcón.

Kael, vencido finalmente por el cansancio de su primera Nochebuena, dormía plácidamente en su cuna dentro de la habitación contigua. El apartamento estaba sumido en una penumbra acogedora, iluminada únicamente por las luces cálidas del árbol de Navidad y el destello tenue de un par de velas de vainilla encendidas sobre la mesa.

Lyra y yo terminamos de cenar en un silencio apacible, saboreando no solo la comida, sino la solidez de nuestra presencia mutua. Ella vestía un vestido de punto suave en tono crema que abrazaba su figura recuperada con absoluta elegancia. Lucía radiante, con una calma en los ojos que me devolvía, cada vez que la miraba, la certeza de que habíamos ganado la guerra más difícil.

Tomé la botella de vino y serví una pequeña cantidad en su copa y en la mía. Nos pusimos de pie y caminamos hacia el ventanal del balcón, contemplando las luces nocturnas de la ciudad que se extendía abajo.

—Faltan dos minutos para la medianoche —dijo Lyra suavemente, recostando la espalda contra mi pecho.

La rodeé con un brazo, manteniendo la copa en la otra mano, y dejé un beso tierno en su sien, sintiendo el aroma suave de su cabello.

—Hace un par de años, en estas mismas fechas, yo me pasaba las noches revisando cámaras, paranoico, temiendo que en cualquier momento una sombra cruzara la puerta para lastimarte —confesé en un murmullo, dejando que la honestidad de mis palabras fluyera sin peso—. La Navidad era solo una fecha más en la que tenía que mantener la guardia alta.

Lyra se giró en mis brazos para mirarme de frente. Alzó una mano y trazó con la yema de sus dedos la línea de mi mandíbula, obligándome a sostenerle la mirada.

—Pero venciste a esas sombras, Ren. Nos trajiste hasta aquí —dijo con una firmeza que me conmovió el alma—. Me diste un hogar seguro, me devolviste la fe en la vida y me diste el regalo más hermoso de este mundo: a nuestro hijo.

En ese preciso instante, el reloj digital del muro marcó las 12:00 AM.

A lo lejos, sobre el valle de Sula, una cascada de fuegos artificiales comenzó a iluminar el cielo nocturno con destellos de color verde, dorado y carmesí. Los ecos lejanos de las celebraciones de la ciudad llegaban amortiguados por el cristal, creando un espectáculo de luz que se reflejaba directamente en los ojos oscuros de mi esposa.

Alcé mi copa frente a ella.

—Por nosotros, mi amor —dije con la voz rasgada por una emoción profunda—. Por la vida que reconstruimos, por la paz que nos ganamos y por cada Navidad que nos queda por vivir juntos.

—Por nosotros y por Kael —respondió ella, chocando su copa contra la mía con un tintineo limpio.

Dimos un pequeño sorbo al vino y dejé las copas sobre la mesa lateral. Tomé a Lyra por la cintura y la atraje hacia mí en un beso lento, profundo y cargado de un amor inmune al tiempo. Sus brazos se enredaron en mi cuello con la misma entrega absoluta de siempre, apretándose a mi cuerpo como si el universo entero se hubiera reducido a este abrazo en la penumbra.

Cuando nos separamos, caminamos juntos de la mano hacia la habitación de Kael. Nos inclinamos sobre la cuna para observarlo descansar. El pequeño respiraba con un ritmo sereno, con los punos cerrados junto a su rostro y una paz imperturbable en la cara.

Le acomodé la cobijita sobre los hombros y acaricié la mejilla de Lyra. El mejor regalo de mi vida no estaba envuelto en papel brillante bajo el árbol; estaba respirando suavemente frente a mí, coronando la redención de nuestro hogar.




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