Nuestras noches en silencio

Capítulo 32: Nuestra vida en familia (Parte 3)

Ocho meses pasaron con la ligereza de una lluvia de verano sobre la cordillera. El mes de agosto trajo consigo el primer cumpleaños de Kael, y con él, la consagración definitiva de nuestra dicha.

El apartamento estaba decorado con guirnaldas sencillas en tonos azul y crema, y un racimo de globos flotaba cerca del ventanal de la sala. No organizamos una fiesta multitudinaria; preferimos la intimidad de nuestro santuario, rodeados únicamente de la paz que tanto nos costó edificar.

Kael, con trescientos sesenta y cinco días en este mundo, era un niño lleno de energía, curioso y de una risa sonora que inundaba cada rincón del hogar. Vestía unos diminutos pantalones de lona y una camisa blanca que Lyra le había comprado para la ocasión.

Yo estaba sentado con las piernas cruzadas sobre la alfombra de la sala, al extremo opuesto de la estancia, abriendo los brazos de par en par.

—Vamos, mi campeón —lo animé con voz suave, manteniendo una sonrisa abierta—. Un par de pasos hacia papá.

Estaba de hincadas al otro lado de la alfombra, sujetando suavemente a Kael por la cintura. Sentir la firmeza de sus piernecitas rechonchas contra el suelo me llenaba el pecho de una emoción indescriptible.

Un año atrás, mi cuerpo aún guardaba los ecos del quirófano y mi mente intentaba asimilar el milagro de su gestación. Hoy, mi hijo estaba a punto de conquistar su primer gran hito frente a mis ojos.

—Mira a papá, Kael —le susurré al oído, soltándole las manos con delicadeza—. Ve con él, mi amor.

El pequeño tambaleó un segundo sobre sus pies, buscando el equilibrio. Miró a Ren, cuyos ojos brillaban con un orgullo limpio, y dejó escapar un balbuceo emocionado.

Kael dio el primer paso. Luego el segundo.

Eran pasitos torpes, tambaleantes pero decididos, avanzando con una valentía inherente sobre la alfombra. Ren no se movió de su posición, manteniendo sus manos grandes y protectoras a pocos centímetros de distancia, listo para sostenerlo pero dejándolo volar por sí mismo.

Al tercer paso, Kael perdió un poco el balance, pero con un último impulso se lanzó hacia adelante, cayendo directamente sobre el pecho de su padre. Ren lo atrapó en el aire con una soltura perfecta, alzándolo hacia el techo mientras la risa del bebé rebotaba en las paredes de la estancia.

—¡Eso es! ¡Lo lograste, mi gigante! —exclamó Ren, bajándolo para llenarle las mejillas de besos mientras Kael pataleaba de pura alegría.

Me acerqué a ellos sobre la alfombra y me uní al abrazo. Apoyé la cabeza en el hombro de Ren mientras Kael nos rodeaba los cuellos con sus diminutos brazos.

Miré a mi esposo y luego a mi hijo. En los ojos de Ren ya no quedaba el menor rastro de aquel hombre atormentado por las sombras de San Pedro Sula; solo había un padre pleno, un compañero invencible que había transformado la tragedia en una fortaleza inexpugnable.

—Mira lo lejos que llegamos, Ren —murmuré, apretándome a su cuerpo.

—Llegamos a donde siempre debimos estar, Lyra —respondío él, besándome con una ternura infinita antes de mirar a Kael—. Y de aquí, nadie nos vuelve a mover.

En esa sala llena de globos, con la luz dorada de agosto entrando por la ventana y la risa de nuestro hijo como banda sonora, supimos que la infancia de Kael se escribiría sobre las páginas de la paz, la dignidad y un amor indestructible.




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