—¿Cómo me dijiste que te llamabas? —preguntó aquella señora, cuya elegancia se reflejaba en cada detalle de su forma de vestir.
—Liam —respondí, esbozando una sonrisa amable.
La señora me devolvió la sonrisa y comenzó a hablarme un poco de su hija por mientras que la esperaba. En su voz se notaba una mezcla de sorpresa y alivio al mencionar que, además de su novio y sus dos amigas, ahora tenía un amigo más.
Después de perderlo todo, el estatus.. aquello que tanto había marcado a la familia Lee se desvaneció, dejándolos expuestos al desprecio de los demás. Habían pasado de tenerlo todo a quedarse prácticamente sin nada.
Aun así, su hija no estaba completamente sola. Tenía a su novio, a sus dos amigas… y, de alguna forma, ahora también me tenía a mí.
Aunque, siendo sincero, no era su amigo. Pero tampoco podía decirle a la señora Lee: “Yeri y yo somos enemigos. Nos odiamos tanto que no soportamos estar en el mismo mundo, respirando el mismo aire”. Y menos cuando estaba ahí por culpa de su hija.
Obviamente, no podía decirle eso.
La señora me agradeció por la visita, pero sobre todo por intentar ayudar a su hija con sus cursos. Yo solo asentí.
Al final, la familia Lee solo había conservado su casa.
—Bueno, te ofrecería algo… pero no tenemos servidumbre y, bueno, aún no me acostumbro a la cocina… y ella menos a mí. Somos enemigas —dijo la señora Lee, apenada, aunque en tono bromista.
Reí.
—No se preocupe, así está bien. Muchas gracias, en serio.
—Gracias. Mi hija llegará pronto, seguro ya está por venir.
Asentí nuevamente.
La señora se retiró, diciendo que volvería en un par de minutos, pues su teléfono había sonado.
Por curiosidad, comencé a inspeccionar la casa. Vi muchos retratos de Lee y su familia. En cada uno de ellos se veían muy felices. Había una pared entera cubierta de fotos… hermosa, incluso.
No pude evitar sentir un poco de envidia. No de la mala.
Había fotos de Lee de bebé, de su infancia, junto a sus padres…
Es hermosa…
Me quedé en silencio un segundo.
—¿¡Qué!? ¿Acabo de pensar eso? Estoy loco…
Pero que me caiga mal no significa que sea fea…
Bueno… de niña se veía adorable.
Golpeé mi cabeza suavemente con las manos, intentando borrar esos pensamientos.
—¿Quién eres tú y qué haces en mi casa?
La voz detrás de mí hizo que me congelara. La reconocí al instante.
Era Lee.
—¡Mamá! ¡Hay alguien en la casa! ¡Está robando! ¡Llama a la policía! ¡Mamá!
Fruncí el ceño.
¿Acaso estaba loca?
¿Tan irreconocible me veía sin el uniforme escolar? Era sábado. Un fin de semana en el que normalmente me dedicaba tiempo a mí… y ahora, por aceptar ayudar a Lee, tenía que aguantar sus tonterías. Ni siquiera estaba vestido como un delincuente.
Justo cuando me disponía a dar la vuelta, sentí cómo ella se colgó de mi cuello con ambos brazos. Su cuerpo se aferró completamente al mío; sus piernas rodearon mi cintura y, a pesar de lo delgados que parecían sus brazos, sentí la fuerza con la que intentaba asfixiarme.
—¡Si piensas que robarás lo último que nos queda, estás equivocado! ¡Te metiste a la casa equivocada, vil ladrón! —gritó, llena de enojo.
Se sostenía con un brazo de mi cuello mientras con el otro me golpeaba la cabeza.
Esta chica está loca.
—No… so… y… un… la… drón… —logré decir, apenas pudiendo respirar.
—Claro, eso diría cualquier delincuente —respondió sin dudar—. Habiendo tantas casas millonarias alrededor, ¿te atreves a robar a una pobre?
Fruncí el ceño.
¿Acaso no reconocía mi voz? Era tan torpe como siempre.
No quería usar la fuerza, pero ya me estaba asfixiando. Era una chica, sí… pero en ese momento parecía un ogro completamente fuera de control.
Forcejeé con ella. Gritó. Perdimos el equilibrio.
Ambos caímos al suelo. Yo caí de cara, mientras ella terminó a un lado… pero eso no impidió que se levantara de inmediato y me hiciera una especie de llave.
No pude defenderme. Aún estaba tratando de recuperar el aire.
—¡Oye, suéltame! —grité, desesperado—. ¿Qué eres, karateca o monje?
—¿Qué está pasando? ¿Por qué esos gritos?
La madre de Lee apareció en la sala y se quedó en shock al ver la escena: su hija encima de mí, sobre mi espalda, sujetando mis brazos en una llave que me inmovilizaba por completo.
—¡Mamá! ¡Este lunático entró a la casa a robar!
—¿Qué lunático, Yeri? Es Liam… tu amigo.
La mujer se acercó rápidamente y apartó a su hija de encima de mí. Al fin pude relajarme. Me dolían los brazos; esa chica parecía débil, pero era increíblemente fuerte. Solté algunos quejidos mientras intentaba moverlos.
—¿Liam…?
Yeri se acercó con duda. Me dio la vuelta para verme el rostro… yo solo me queje sobando mis brazos.
En cuanto me reconoció, se tapó la cara, completamente confundida.