—Gracias por ayudarme con la tarea, Señorita Catalina.
Miro a mi pequeña estudiante, y le sonrío con calidez, acomodándome los lentes por encima de mi nariz.
—Es con todo el cariño, Isa. Ya puedes decirle a tu mamá que has aprendido a restar con cifras grandes.
—¡Sí! Y todo gracias a ti —la niña salta para abrazarme, y yo, dejando mi tablet a un lado —la estaba utilizando para dictarle la clase a mi pequeña alumna—, la recibo con una sonrisa.
—Gracias a ti por ser tan buena estudiante. ¡Eres muy inteligente!
—Estoy totalmente de acuerdo. Con tanto que lee, mi princesa se convertirá en muy poco tiempo en una biblioteca viviente.
—¡Mamá! —Exclama la niña, y salta a los brazos de su madre, muy feliz—. ¡Hoy aprendí a restar!
—Eso es maravilloso, pequeño amor.
—Sí, y la próxima semana tengo mini examen después de clases con la señorita Catalina.
—Llámame Caty, pequeña —le guiño un ojo—. Todos me dicen así.
—De acuerdo, Señorita Caty.
—Tan educada… —digo, acariciando su cabello castaño con ternura.
—Siempre ha sido así —comenta cariñosamente Micaela, la madre de la niña—. Espero no te haya hecho muchas preguntas, es demasiado curiosa.
—Oh, no, en lo absoluto —contesto con una sonrisa—. Créeme cuando te digo que Isabella es de las alumnas más aplicadas que he tenido. A la mayoría les cuesta hacer operaciones aritméticas perfectas a la primera, pero Isa aprende rápido. Estoy muy orgullosa de ella.
Miro a la niña, quien está tomada de la mano materna, y al oírme, ella infla su pecho, feliz por el cumplido.
La madre se ríe, acariciando la mejilla de su princesa, y mientras, con la otra mano manipula su móvil.
Segundos después, recibo la notificación de una transferencia bancaria.
—Es solo la mitad, pero te pagaré el resto al final de mes —me dice, observándome mientras yo reviso la notificación reflejada en la pantalla de mi móvil.
He recibido una transferencia de cuarenta y tres mil pesos colombianos, lo que equivalen a doce dólares.
—Gracias, Mica.
—A ti, amiga mía, por ser la tutora personal de mi princesa.
Se acerca para darme un abrazo de despedida, y la pequeña Isa, quien nunca pierde oportunidad, se une también, y terminamos formando un abrazo triple.
Voy hacia la puerta de la casa para despedirlas, recordándole a Isa que tiene mini examen conmigo el lunes de la próxima semana, y ella, sonriente, me promete estudiar mucho y aplicar lo aprendido conmigo.
Cuando cierro la puerta, una vez que se han ido, sonrío con satisfacción.
—Otra tarde satisfactoria —me digo a mí misma.
Sentada a la isla de la cocina, recibo un té helado de mi madre, y mientras lo tomo en pequeños sorbos, reviso mi móvil, encontrándome con que el grupo que comparto con mis amigos de la universidad está activo.
En tres días, exactamente el lunes, empiezan las clases, y se rumorea que va a haber nuevo profesor.
Angélica, una de mis compañeras, empieza:
—¿Ya se enteraron? Nos va a dar clases un nuevo profesor.
David le sigue:
—Dicen que es recién egresado, literalmente se acaba de graduar el semestre anterior.
Jaime, por su parte, escribe:
—¿Recién egresado? Mínimo y fue estudiante de la misma universidad.
Irene, añade:
—No se les haga raro que así sea.
Mauricio contribuye:
—Quién sabe cuántas veces habrá pasado por nuestro lado en los pasillos, y nosotros ni imaginábamos que ese estudiante más del montón acabaría siendo nuestro profesor.
—Bueno, no saquemos conclusiones tan rápido. Esperemos el lunes a ver qué sucede —escribo yo, y me encojo de hombros, dándole poca importancia al asunto, porque cada semestre siempre hay algún profesor nuevo, no sé qué tiene eso de raro.
Mientras reviso mis redes sociales distraídamente, vuelvo a mis pensamientos felices.
Qué bien se siente ser independiente económicamente…
Gracias a mi trabajo de medio tiempo como profesora particular, me pagan por ayudar a los niños del vecindario con sus tareas, sean de matemáticas, sociales, historia, inglés, ciencias naturales… haber sido buena estudiante durante la primaria y la secundaria tiene sus ventajas, y es que tu cerebro se vuelve una biblioteca viviente.
Tanto es así, que sientes la necesidad de compartir todo ese conocimiento, y eso fue lo que hice yo.
Es doble ganancia. Los niños ganan conocimiento, yo gano economía e independencia —aunque sea leve—, y los padres de los niños ganan hijos más aplicados en el colegio, con más deseos por aprender, y claro, más tranquilidad en lo que respecta a su educación.
A veces hago clases individuales, como la que tuve hoy con Isa, pero la mayoría son clases grupales, con máximo cuatro niños.
Y, además, este bello trabajo tiene sus beneficios:
Yo, por ejemplo, ayudo un poco con el pago de mi matrícula semestral en la universidad, Aporto a los gastos de la casa, ayudo a mamá a salir de deudas, e incluso en ocasiones, llevo a mis hermanas pequeñas de paseo a la playa, al cine o, simplemente, vamos todas con mis padres a comer helado o pizza.
—Caty, ¿me llevas a tomar un helado? Mamá dice que como gané el examen de ciencias naturales, tengo derecho a uno.
Levanto la mirada de mi móvil para observar a mi hermana, quien me mira con esos dos océanos que tiene por iris, y le sonrío, porque hasta yo quiero uno.
—¿Por qué no? Nos merecemos un premio hoy, Cari. Las dos. Tú por ser una excelente estudiante, y yo, porque hoy he dictado una clase que dio sus frutos. ¡Así que… ¡vamos!
—¡Helado! ¡Helado! ¡Helado! ¡Sí, sí, sí!
Sonrío ante el entusiasmo de mi hermanita de siete años, y mientras le acomodo las trenzas y tomo mi móvil para salir de casa ante la mirada enternecida de nuestra madre, agradezco este instante.