—¿Todo bien? El café se te va a enfriar.
Despego los ojos de la pantalla de mi móvil para observar a Fanny, una de mis mejores amigas, y quien me mira con una ceja levantada.
—Sí, es solo que le estaba respondiendo a la mamá de Isabella. Ayer amaneció con gripa, y desde anoche anda con fiebre, dice Micaela que le ha llegado hasta treinta y nueve grados C, y probablemente mañana no pueda ir ni a la escuela ni a hacer el examen conmigo por la tarde —contesto con un suspiro, y dejo mi móvil sobre la mesa, centrando mi atención en la taza de café negro y la rebanada de pastel de chocolate que han sido colocadas frente a mí hace unos minutos—. Le estaba diciendo que no había problema, que lo importante es la salud de Isa, pero ya es como la quinta de mis alumnos que cae enferma.
—Probablemente sea un rotavirus —responde Fanny, bebiendo un trago de su café con leche—. Mi hermana Luna está igual, y parece que limita va a caer también, anda con mucha tos y esta mañana se quejaba de que le dolía la garganta, y también la pancita. Mamá dice que probablemente hay contagio masivo en los colegios, porque como no ha llovido… ya te imaginarás.
—Sí, ya me lo imagino. Además, para esta época suele haber mucha gripa. Solo espero que ni Carina ni Catherine se contagien.
Bebo un trago de mi café, mientras mi amiga me observa con una sonrisa leve.
El café está agradable. Ni muy frío, ni muy caliente; está a una temperatura tibia, y no es muy dulce ni amargo, tiene la combinación perfecta para mí.
Suspiro profundamente. De verdad no quiero que mis hermanitas se enfermen, porque la siguiente en caer… sería yo.
Siempre pasa así: alguna de ellas se enferma primero, luego o caigo yo o cae la otra, pero siempre pasa. Mis papás son robles, no sé qué tienen sus sistemas inmunológicos, pero casi nunca se enferman.
Ojalá el mío fuera así, como el de ellos…
—¿Ya te enteraste del último chisme? —pregunta mi amiga, sacándome de mis pensamientos.
—¿El del nuevo profesor? —ella asiente—. Sí, cómo no me iba a enterar, si estuvieron gran parte de la tarde del viernes y todo el día de ayer hablando de eso —ruedo los ojos, y ella se ríe—. Honestamente no sé por qué tanto drama. Todos los semestres hay algún profesor nuevo, me parece muy normal.
—Pues sí, pero lo que no es normal, es que dicho profesor, además de nuevo, sea recién egresado.
—Pero Fanny, es normal que entre un profe joven. Hemos tenido profesores con apenas uno, dos y hasta tres años de experiencia…
—¿Y recién graduados?
Su pregunta me deja pensando porque, si soy sincera conmigo misma, nunca he visto un profesor recién graduado impartiendo Clases en la universidad. Normalmente los profes tienen uno o dos años de experiencia, como mínimo, pero nunca son recién salidos de la facultad de ingeniería.
—Bueno, siempre hay una primera vez para todo —le digo finalmente, y me encojo de hombros, restándole importancia mientras le doy un mordisco a mi rebanada de pastel.
—Supongo…
Ella no parece muy convencida, pero decide dejar ese tema quieto por ahora, mientras disfruta de su cupcake de fresa.
Después de todo, es nuestro último día de descanso antes de iniciar semestre de nuevo, y no quiero, y al parecer ella tampoco, pasarnos toda la tarde pensando en el nuevo profesor.
A fin de cuentas, como digo siempre hay una primera vez para todo, y apuesto a que ese profe será agradable.
Y ojalá, muy inteligente también, porque sería genial poner a prueba mis conocimientos.
No es que me crea nerd ni nada de eso, pero sí sería genial tener un profesor que no le moleste charlar con una de sus alumnas sobre temas profundos, además de nuestras asignaturas. También sería genial charlar con él sobre cultura general, física, historia, filosofía…
—Caty, Caty —me susurra Fanny, repentinamente con tono de urgencia, y se inclina hacia mí, hablándome en voz baja—. ¿Ya viste quién está en el mostrador comprando donas?
Ladeo la cabeza, extrañada por su pregunta, y la miro con las cejas alzadas.
—No, ¿por qué debería importarme? Debe ser algún cliente habitual de la cafetería, como nosotras.
Fanny niega con la cabeza, y señala visimuladamente hacia atrás de mí, donde está ubicado el mostrador.
Luego, se inclina aún más sobre la mesa, y, colocando sus manos alrededor de su boca, se acerca a mi oído para susurrarme a toda prisa:
—Catalina, no es cualquier cliente habitual. Te lo digo, porque lo veo con mis propios ojos. Observa en mi dirección, y verás por qué te lo estoy diciendo.
Sorprendida de oír mi nombre completo en sus labios, y aún más por la seriedad que su voz me transmite, me giro con suavidad, siguiendo la ruta de su mirada, y mis ojos se abren de par en par, viendo con perplejidad a quien tengo a tan solo un metro de mí.
A él.
A Luis Pulgarín, que, de hecho, de Pulgarín no tiene nada, porque es hasta más alto que yo.
Mide 1.92, y su cuerpo, más que grasa, es puro músculo, cómo se nota que hace ejercicio.
Es casi tan joven como yo. Tiene probablemente veintisiete años —lo sé porque mi amigo Jaime me comentó que fue a su cumpleaños el año pasado—, y lleva una camisa negra con botones azules, bien ajustada, y unos pantalones hasta la cintura, que me parecerían simpáticos si no fuera porque quien los tiene puestos es él.
Posee un cabello negro, largo hasta los hombros —que, la verdad, me parece inapropiado—, y, por cierto, los hombros son bien definidos también…
¿Qué haces mirándolo, Catalina?
Sacudo la cabeza ligeramente, desviando mi mirada de él con cierto hastío, y es que solo ver su sonrisa torcida ya me parece lo suficientemente insultante.
¿Por qué, de todas las personas, tenía que venir él aquí?
Su sola presencia ya me da repulsión, y no es para menos.
En la secundaria me hizo la vida imposible, ni qué decir cuando coincidíamos en las clases de la universidad. Y hace años, me hizo algo que nunca le podré perdonar…