—¿Llevas tu almuerzo?
—Sí, mamá. El sándwich de atún que me hiciste.
—¿Y el de Irene? Hice uno para ella también…
—Aquí lo llevo.
—¿Qué vas a merendar? Allá la comida es un poco cara… Puedo hacer algo de rapidez. No me tardaré mucho y…
—Mamá, puedo comprar algo allá —ruedo los ojos, ya un poco fastidiada por sus atenciones—. Además, solo será medio día. Relájate, te preocupas demasiado. ¡Ni que este fuese mi primer semestre!
—Bueno, al menos a ti no te empacó como porción y media de espaguetis a la boloñesa como a mí —comenta Clarisa, mi hermana mayor, y no puedo evitar reírme.
—Ya sé… exagera un poco —me río, y niego con la cabeza, yendo a abrazar a mi madre—. No te preocupes tanto, ma. Si me da hambre durante la hora libre, te prometo que puedo comprarme algo en la cafetería.
—Pero allá todo es muy caro…
—Pero yo tengo mi dinero —le recuerdo con una sonrisa leve—. ¿Lo olvidas?
—No lo he olvidado, cariño. Es solo que…
—Se te hace difícil vernos crecer —Clarisa completa la frase por ella, y mi madre asiente, con lágrimas en los ojos.
—Sí. Crecen demasiado rápido, recuerdo cuando ustedes apenas y todavía eran unas niñas.
—Bueno, pero aún tienes a Cari y Cathe. Siguen siendo niñas.
—Pero ustedes siempre serán las mayores y, por tanto, es normal que a veces las sigamos viendo como unas niñas, aunque sepamos que ya no lo son —comenta mi padre, apareciendo para despedirnos, o bueno, despedirme a mí, porque Clari solo vino a buscarme a mí y a Irene, quien, por cierto… aún no ha llegado.
Le sonrío a mi padre, y también le doy un abrazo.
Él siempre con su voz de sabio psicólogo, conoce a mamá como la palma de su mano, y no me extraña, llevan más de dos décadas casados.
Solo nos despiden ellos, porque Cari y Cathe hace rato que se fueron a la escuela.
—Perdón por llegar tarde —comenta Irene, apareciendo apresuradamente por una esquina.
Yo la miro, levantándole una ceja, porque tiene aspecto de… persona que está cansada y no ha dormido absolutamente nada.
—Buenos días, Ire —la saluda Clari, pero ella ignora a mi hermana y se acerca a mí.
—Bueno, nos vamos? ¿O qué?
Le lanzo una mirada de disculpa a mi hermana y a mis padres, aunque a estos últimos no les extraña para nada la actitud de Irene, siempre ha sido un poco distante de ellos, y, por qué no decirlo, algo maleducada también. A mí, personalmente, me gustaría saber por qué en ocasiones parece ser tan fría, aunque su infancia no fue muy… fácil tampoco.
De todos mis amigos, Irene es la más desconocida por mis padres, porque son contadas las ocasiones en las que ella les dirige el saludo, sea a ellos, o a mis hermanas.
Y una particularidad, no soporta a los niños, sabrá Dios por qué.
Pero con todo eso, sigue siendo mi amiga… mi mejor amiga.
—Sí. Ya nos vamos —comenta Clari, respondiendo por mí, y se acerca a mis padres, abrazando primero a nuestra madre, y seguidamente, a nuestro papá.
—Nos llaman cuando lleguen —nos dice mamá, abrazándome de nuevo a mí.
—Prometido —contesto yo, y mi hermana, ya dentro de su automóvil —es la única suertuda de las dos que ha ahorrado lo suficiente para comprarse uno—, la saluda con la mano con un gesto militar, lo cual hace reír a mis padres.
Sacudo la cabeza, risueña, y mientras verifico que no he dejado nada, Irene me adelanta, y llega al automóvil, tomando los asientos de atrás.
Yo decido ir en la parte de adelante, junto a mi hermana, para ser su copiloto.
Aunque me encanta conducir, y sin duda pienso sacar la licencia para hacerlo en el futuro, amo más el ir como copiloto.
Mientras conducimos en silencio por la avenida que nos llevará a la universidad, la cual se encuentra a media hora en auto desde mi casa, mi hermana conecta su teléfono para poner algo de música.
Observo hacia atrás, donde una Irene con cara de sueño teclea furiosamente en el teléfono.
Curiosa, intento leer por encima, pero ella debe tener los sentidos bien agudos porque enseguida mira hacia adelante, específicamente en mi dirección.
Aprovecho para verle disimuladamente los ojos, y frunzo el ceño.
Sí, definitivamente tiene las pupilas dilatadas… Ains, ya sabía yo que no podría mantenerse sobria ni el primer día de clase…
—¿Y esa cara, Cata?
Volteo rápidamente hacia mi hermana, quien me mira por el retrovisor sin dejar de observar la carretera, pero con cierta preocupación hacia mí, probablemente se deba a mi expresión.
—¿Eh? Oh, no es nada. Es solo que… estoy a la expectativa, porque nos va a dar clases un nuevo profesor.
Y no es una mentira, o bueno sí, pero no.
En realidad, sí estoy muy, muy a la expectativa por ver quién será nuestro nuevo profesor de química orgánica —asignatura que, por cierto, es la última antes del almuerzo, o sea, de diez a doce—, y si será alguien con quien podré hablar de mis conocimientos.
Pero también estoy preocupada por mi amiga.
Sin embargo, no puedo decirle eso a mi hermana, porque Irene me hizo jurar que nunca revelaría a nadie el secreto de… su adicción.
—¿De verdad?
La pregunta de mi hermana me saca de mis pensamientos sobre Irene, pero es la mencionnada quien contesta por mí.
—Sí, se dice que es recién egresado. A lo sumo tendrá un año de experiencia, aunque en el grupo que tenemos de la universidad, hay quienes dicen que seguramente se graduó el semestre anterior. Yo estoy entre los que dicen aquello.
Miro a mi amiga, para nada sorprendida con su comportamiento, de repente sociable con mi hermana cuando en presencia de mis padres ni la saludó. Ya de ella eso no me sorprende, lo he tomado como parte de su personalidad…
Aunque se me hace raro, y sé que a Clari también. Sin embargo, ella nunca dice nada; solo le sigue la conversación, como si fuesen las mejores amigas del mundo.
—Siempre es genial cuando llega un profe nuevo. Este año a mí me tocó con los mismos del semestre pasado, pero en los primeros semestres de arquitectura cambiaban constantemente. La mayoría ya tenían años de experiencia, pero otros no tantos. Seguramente sea un profe de los que solo tienen uno o dos años, pero son los que más enriquecen el alma del alumno.
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Editado: 07.03.2026