Esto es inadmisible…
¿Cómo no me di cuenta?
¡Debí haber visto las señales!
Literalmente, estas estaban en todas partes…
—Te cuento que ya me gradué.
—Y ya tengo nuevo trabajo.
—¿Cuándo inicias?
—Mañana…
¡Madre santísima, si las señales eran tan obvias! ¿Cómo no me di cuenta?
Claro que iba a terminar trabajando aquí, con ese promedio académico y la reputación que tiene… aquí todos los profesores lo quieren mucho.
Porque luis Pulgarín siempre ha sido el mejor en todo lo que hace, mejor en todo lo que dice…
Y como tiene tanto dinero, seguro chantajeó al rector para que le diese trabajo aquí, no me parecería raro.
Porque, si su padre es tan manipulador, que hasta trabaja con el alcalde y cada que hay un nuevo alcalde vaya Dios a saber cómo se forma alianzas con él para que le dé trabajo en los más altos rangos, y lo mismo hace con el que le sigue, y el otro de al lado, y… bueno, eso, ¿quién me garantiza que su hijo no sea como él?
Claro que es como él, porque si su padre trabaja como secretario del alcalde, y su madre en el mejor colegio de la ciudad, era obvio que su hijo iba a terminar trabajando en la mejor universidad privada de la ciudad… ¡nada menos!
—Caty, ¿terminaste?
Y ahora deberé soportarlo todos los días… como en la secundaria.
—Caty…
Bueno, no todos los días, solo unos tres días a la semana, pero para mí son demasiados. ¡Bastante que lo soporté los semestres pasados!
—¿Caty, me estás escuchando?
Qué fastidio. Como si no fuera suficiente habérmelo tenido que encontrar varias veces en los pasillos, o cuando teníamos alguna clase juntos…
—¡Catalina Isabel!
—¿Qué?
Salgo de mis cavilaciones para encontrarme el rostro de una Irene impaciente a centímetros de mí.
Está parada a mi lado, con una mano en la cintura, pasándose una mano por su ya despeinado cabello rubio ceniza, con su nariz fruncida por un leve nerviosismo y, al mismo tiempo, algo de impaciencia, y me mira con una ceja levantada, con el cristal del espejo que tenemos delante resaltando el verdor de sus ojos.
—¿Te vas a demorar mucho retocándote el maquillaje? —inquiere, y yo doy un leve pestañeo, algo confusa.
—¿Eh? Ah, no. Solo… tres minutos.
¿Cuánto tiempo he estado aquí dentro? Ni miré…
—Llevas como quince minutos frente al espejo, Caty —contesta Irene, como adivinando la pregunta que acabo de formular en mi cabeza.
¿Quince minutos? Qué raro. Parece como si recién hubiese despertado de un profundo sueño, aunque yo creo que es el efecto de haber estado tan abstraída en mis pensamientos.
Miro a mi alrededor.
Estoy en uno de los baños de la uni, a la cual llegamos hace… como veinte minutos.
Luego de haberme quedado absorta el resto del trayecto hasta aquí mirando la foto que envió Jaime al grupo y el mensaje con el que la acompañó, no pude ni siquiera seguir conversando con mi hermana o Irene.
Tampoco pude seguir observando la carretera, como me encanta hacer cada vez que voy de copiloto.
Es más, no tengo ni idea si ellas, o sea, Irene y mi hermana… siguieron hablando, porque me encerré como en una especie de burbuja mental, donde me dediqué a la lamentación por mi suerte.
¿No pudieron haber escogido qué sé yo, otro profesor? ¿Y por qué específicamente a él? ¡Habiendo tantos jóvenes talentosos y deseosos de trabajar aquí, y que además necesitan el puesto! ¿Por qué él?
En fin…
—Oh. ¿Por qué? ¿Tú lo necesitas ya? —le pregunto a mi amiga, intentando enfocarme en el aquí y el ahora.
A fin de cuentas, nada hago pensando en el nuevo profesor ahora mismo…
Irene me mira fijamente a través de sus gruesas pestañas pintadas de negro, y me frunce el ceño, quizás notando mi expresión neutra, una máscara que uso para aparentar tranquilidad, y así no dejar ver mis emociones.
—No, solo quiero que me dejes sola aquí un momento para… —Irene señala lo que aparenta ser un pequeño frasco de vidrio, que a simple vista parecería un perfume de esos para llevar en el bolso, pero yo sé bien qué es… la conozco muy bien, para mi desgracia—. Necesito el espejo para… Ya sabes, mi rutina de siempre antes de empezar las clases. Y como sé que no te gusta cuando la llevo a cabo, pues…
Lo dicho. Todas las pistas apuntan a que el responsable de que mi amiga quiera estar a solas en un baño de la universidad es aquel frasco cristalino, y el polvo blanco que brilla en su interior me da la razón.
Contengo una mueca, y ladeo la cabeza, frunciéndole profundamente el ceño con desaprobación.
—Irene… ¿cuándo será que vas a dejar esa cosa? —La miro, enseriada, y ella se cruza de brazos, intentando contener un tic en su ojo izquierdo.
—Ya te lo he dicho miles de veces, Catalina. No puedo.
—¿Pero lo has intentado?
—No, pero sé que no podría.
—Pero si ni lo has intentado, ¿cómo sabes que no puedes? Además, tú estás estudiando ingeniería. Deberías saber que…
—No empieces con tu palabrerío de cerebrito —me corta Irene, deteniendo lo que estaba a punto de decirle—. Si ya terminaste, sal ya. Necesito recargar mis baterías antes de que empiecen las clases —añade, seca, y puedo ver como un ligero temblor le recorre las manos, seguido de un tic momentáneo en ambos ojos.
Cierro los ojos para no verla así, y respiro profundamente, conteniendo una expresión de dolor.
En serio, ¿ella es consciente de que puede sufrir una sobredosis con eso? ¿Es consciente de los daños que le hace a su cuerpo con ese polvito blanco llamado cocaína?
Yo creo que sí, pero se hace la que no le importa.
Pues a mí, sí me importa ella….
Porque es mi amiga, pero creo que ni le importa eso en este momento.
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Editado: 07.03.2026