Odioso acosador

5. El destello de sus ojos

—Llega tarde, Señorita Catalina.

Miro a mi profesora Ovina, y quien me da microbiología este semestre.

Tiene un ceño fruncido hacia mí, pero también una mirada azulada, cálida y amable, como para suavizarlo y hacerme entender que no está enojada por mi tardanza.

Pero aún así, y con toda su amabilidad, no puedo evitar sentirme algo… ¿avergonzada? ¿Culpable?

Fanny, Selene… ¿dónde están cuando necesito de su ingenio para interpretar mis emociones?

—Perdone, profe. Fui al baño, por eso me demoré, y…

Ella sonríe, y, con una mano blanca, me señala un asiento vacío.

—no te preocupes, querida. Solo te estoy molestando. De todos modos, nadie llega a tiempo el primer día de clase, pero ya sabes, sí pido más puntualidad para la próxima.

dejo escapar un pequeño suspiro de alivio que ni siquiera sabía que estaba conteniendo, y por fin me relajo, sonriéndole con gratitud por su paciencia—.

—Sí, profe. Prometo llegar más temprano la próxima vez..

—Excelente. Puedes tomar asiento, dentro de poco voy a dictar el temario que daremos a lo largo del semestre. Termino de conectar algunas cosas aquí, y empezamos.

—Gracias.

—De nada, Caty.

Hago lo que ella me indica, y me dirijo al primer sitio vacío que veo, decidiéndome por ocupar uno de los pupitres ubicados en la primera fila para estar más cerca del tablero y el proyector, y así poder tomar apuntes más detallados de las diapositivas y de lo que escriba la docente.

De esta manera, no fuerzo tanto la vista, y, además, por coincidencias de la vida, estoy, justamente, al lado de Jaime, mi único mejor amigo hombre, porque el resto son conocidos, simplemente amigos, o solo compañeros, excepto un selecto grupo de amigas regadas en otras facultades.

Y claro, faltan Fanny y Selene, quienes ya deben estar en sus respectivas facultades iniciando clases como yo, e Irene, quien sigue en su…

—Mejor no pienso en eso, que me da angustia de solo imaginarla…

No pienses en ella, no pienses en ella…

—Llegas tarde, Cat —me dice Jaime cuando me siento a su lado, sacándome sin saberlo de mi ruego mental, gracias a Dios—. Por un momento creí que se te habían pegado las sábanas.

Miro a mi amigo, quien trata de parecer serio, aunque le ríen los ojos mientras aparta un rizo cobrizo lejos de su frente.

Niego con la cabeza, y le frunzo el ceño, alzando ambas cejas.

Siempre es así… ¿acaso ha olvidado los modales?

—Se dice buenos días primero, Jaimi —le respondo en voz baja, y él toma mi mano entre las suyas con suavidad, al tiempo que le brillan los ojos con algo de diversión y cariño.

—Perdón, nena, pero es que tú sabes más que nadie cómo soy de estricto con la puntualidad.

—Lo sé. No por nada quedaste como representante del consejo académico.

Él rueda los ojos.

—Eso fue solo suerte.

—No, eso fue mérito —me río, acomodando mi mochila luego de sacar un cuaderno y un lápiz con borrador, todo nuevo.

—Si tú lo dices. Y ya que insistes… buenos días, Caty —acaricia mi mano con suavidad, y yo sonrío, mirándolo con cariño—. ¿Dónde dejaste a Irene? Creí que tú y ella venían juntas, como viven en el mismo conjunto residencial…

—Sí, pero ella se quedó en el baño… —inspiro profundamente, alzando los hombros para indicarle que no es momento de hablar de ello, y miro a mi alrededor discretamente, dándole énfasis a mi silencio.

Jaime, sin yo siquiera decir una sola palabra al respecto, entiende perfectamente lo que intento transmitirle, y asiente rápidamente.

No obstante, en sus ojos azules veo la misma pregunta que me hago yo…

¿Hasta cuándo Irene va a seguir enganchada a esa droga perversa?

—Entiendo, sí.

—Y… ¿hace cuánto empezó la clase? ¿Me perdí de mucho? —inquiero, desviando intencionadamente la conversación hacia otro lado, mientras juego con mi nuevo lápiz negro entre mis manos.

Tengo que sacarle punta, creo que traje el sacapuntas… en algún sitio de mi cartuchera debe estar.

Jaime alza una ceja, observando mis útiles sobre la mesa, pero igual me responde.

—No hace mucho, en realidad. No te has perdido de nada, la clase empezó hace cinco minutos. Es decir, tú llegaste cuando la profe apenas llevaba tres minutos aquí, se ha tardado un poco porque no había conectado ni el computador, ni el proyector, nada.

Oh. Eso explica por qué estoy viendo a la profe Ovi conectando cables. Menos mal y todavía falta medio salón por llegar…

—Quizá debería ir a ayudarla. Después de todo, esto deberían hacerlo los de sistemas, no los profes.

—Voy contigo —dice, y nos acercamos a nuestra profe, para ayudarla a conectar el resto de aparatos tecnológicos.

Que el proyector aquí, que el monitor de allá, que el portátil, que el tablero digital —sí, nuestra universidad tiene esos aparatejos—, y no es la única.

Todos los profesores, de una u otra forma, siempre, siempre, siempre, integran la tecnología a sus clases, y honestamente, yo también debiera de traer mi tablet para tomar apuntes durante las asignaturas.

Soy la única anticuada que sigue usando cuadernos…

Porque, tras terminar de conectar y encender todo con el consecuente agradecimiento de nuestra profe, y a medida que llegan más compañeros al salón, puedo ver que la mayoría trae sus tablets…

No traen cuadernos, ni libros, ni cartucheras. Ni siquiera lapiceros, marcadores, resaltadores, lápices, sacapuntas o borradores, mucho menos colores…

Solo sus tablets, aunque hay quien es más arriesgado y trae su computador.

Todo está digitalizado, en pocas palabras; yo tengo que digitalizarme también, en serio.

Tengo que traer mi tablet, con tal de no hacer el ridículo…

Sí, definitivamente la traeré a partir de mañana, porque hasta Jaime trajo la suya, y por si fuera poco, decide que yo, o sea, su mejor amiga, no pasaré por anticuada, y me presta su otro iPad para que tome notas del temario de este semestre en microbiología dictado por la profe.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.