Odioso acosador

6. Nunca más

—¿Catalina?

No sé qué tiene la mirada de ese hombre. Como que me desagrada, y me inquieta a partes iguales.

Sí, dije que me parecía que oculta misterios que no estoy segura de querer saber, pero realmente no puedo decirlo con certeza.

—¿Catalina?

¿Y por qué siempre solo me mira?

Nunca habla.

Únicamente me mira, pero no me sonríe siquiera por cordialidad.

Sus ojos marrón oscuro se vuelven serios, diría que un poco fríos, aunque no soy buena para identificar emociones, eso es asunto de Fanny.

En ocasiones, me pregunto si pasará toda su vida viéndome, o algún día me dirigirá si quiera el saludo.

Sí, lo odio, y eso nunca va a cambiar; pero un saludo cordial no vendría mal.

Mira quién habla. ¿No deberías saludarlo tú primero? ¿Y si lo odias tanto, por qué te importa tanto que te hable?

No estoy diciendo que me importe, pero por educación al menos, debería dejar ese ridículo mutismo que le cae conmigo cada que me ve.

Porque sí, siempre ha sido así.

Aunque lo odio con todo mi ser, realmente pocas son las veces en las que hemos hablado, más allá de, claro está, respondernos mutuamente en la secundaria cuando, por ser los mejores del salón, nos hacían pasar adelante a responder preguntas de matemáticas, geografía, historia, filosofía, química, estadística, lengua castellana o física…

Ah, por supuesto, y cuando me humillaba. Cosa que, si soy sincera, se le daba muy bien, porque lo hacía casi a diario…

Sin embargo, en los últimos años, no nos hemos dirigido la palabra. Siempre que lo veía por los pasillos de la universidad, podía evitarlo yendo en otra dirección, pero siempre me sonreía y me miraba fijamente, como si yo fuese lo más interesante del mundo.

Hasta que pasó lo de Irene, cosa que me hizo aborrecerlo más de lo que ya lo hacía tras sus constantes humillaciones en la escuela…

—¿Catalina Hawasly?

—¿Qué? Ah, lo siento, profe. ¿Qué me estaba diciendo?

La docente me mira, alzando una ceja, pero termina por encogerse de hombros.

—Te llamé, estaba pasando lista, pero parecías muy concentrada en otra cosa.

—Perdone, es que estaba… tomando apuntes —medio miento, aunque sí estaba escribiendo, al menos en parte, porque escribí, sin darme cuenta, algunos de mis pensamientos…

Mejor borro esto…

Elimino cuidadosamente parte de lo escrito, cuidando de no tocar las otras líneas de texto que son visibles en la pantalla táctil, y noto cuando Jaime intenta mirar por encima de mi hombro, curioso por ver lo que estoy haciendo.

No obstante, el respeto que siente al tener a la profe en frente, o bueno, al estar ella en frente de mí, termina por hacer que se concentre en guardar su propio documento con sus apuntes.

—No importa, querida. De todos modos, te informo por si no me escuchaste. Les estaba diciendo al resto de los muchachos que la clase ha terminado por hoy. Acaban de llamar del colegio de mi hija, y debo ir a recogerla, está encendida en fiebre.

—¡Otra! —exclamo—. Los niños a quienes yo doy clase en mi vecindario también están enfermos. Hoy tenía clase con una de ellas, para hacerle un mini examen de matemáticas, y su mamá me escribió esta mañana avisándome que no la envió al colegio porque aún anda con fiebre, mucho menos irá a mi casa esta tarde…

—Oh. Vaya. Pobre pequeñita —comenta la profe Ovi, guardando su portátil—. Y sí, mi Sari está enferma, y mi madre se quedó en casa con Samanta, su hermana mayor, que ya lleva desde anoche con fiebre también y mucha tos.

—Todo un rotavirus, sin duda —comenta Jaime, uniéndose a la conversación—. Mi hermano anda tosiendo mucho. Más le vale no contagiarse, porque otro que cae enseguida, seré yo.

—Dímelo a mí… ojalá mis hermanas tampoco se enfermen, porque ahí sí estoy perdida —comento.

—Pues suertuda yo entonces, que no tengo hermanos.

Miro a Irene, quien está guardando su tablet en su funda, y reprimo una mueca.

Quizá, a los ojos de los demás, parezca normal, pero su mirada está levemente desenfocada, vaya Dios a saber cuánta cocaína tiene corriendo por su sangre ahora mismo.

—Bueno, mis queridos, me les voy. Buscaré al profesor Jaime para avisarle que puede empezar desde ya, si ustedes lo quieren así, de ese modo salen un poco más temprano.

¡Hay no, no! ¡Por favor, profe, no se vaya!

El resto de mis compañeros, ajenos a mis gritos mentales, asienten con entusiasmo, y yo, resignada, miro la hora que se refleja en mi tablet prestada.

Las nueve y media…

Genial…

No me molesta salir temprano, de hecho, todo lo contrario, porque eso significa que puedo pasarme por la biblioteca a leer un rato antes de irme en cuanto salga mi hermana, pero… no estoy segura de sentirme lo suficientemente lista como para ver al odioso de Luis otra vez, cuando lo acabo de ver hace como… qué, ¿menos de veinte minutos?

Ni mido el tiempo ya…

—Nos vemos el jueves, jóvenes —se despide la profe Ovi, mientras se marcha, y yo la miro con cierta tristeza, no queriendo que se vaya…

—¿Y esa cara larga, nena? —inquiere Jaime, pasándome un brazo por los hombros.

Yo me apoyo en su contacto, admitiendo en silencio que lo necesitaba más de lo que yo misma sabía.

—No es nada, Jaimi. Es solo que… bueno, el profe nuevo y yo… Tú ya sabes lo que pienso de él.

Él me mira, y asiente. Al otro lado, Irene habla con otra compañera, ajena a nuestra conversación.

—Ya sé, pero mira, Cat. No voy a intentar cambiar la opinión que tienes sobre él, pero debes tener cuidado con los prejuicios. ¿Quizás lo estás juzgando mal?

—No, Jaime, no. Sé bien quién es él —mi amigo aparta la mirada, un poco sorprendido por mi arrebato, pero se recompone rápidamente y toma mis manos entre las suyas, retirándolas de la tablet donde las tenía apoyadas con anterioridad.

—Está bien, nena. No te me alteres. Como te digo, no pretendo cambiar tu opinión sobre él, ni mucho menos, pero sí pienso que deberías darle la oportunidad. A lo mejor, él te enseñe más de lo que tú misma crees.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.