Syl
El olor a pino húmedo y a testosterona rancia me estaba dando un dolor de cabeza de los mil demonios. Odiaba el campo. Odiaba el frío de Montana a las seis de la mañana. Pero, sobre todo, odiaba la escopeta que pesaba en mi hombro y la colección de socios septuagenarios que me miraban como si fuera una intrusa en su club de caballeros.
—Vigila el retroceso, Syl. No querras terminar con un moretón en ese hombro tan delicado.
Esa voz. Esa maldita voz aterciopelada que me revolvía el estómago y el juicio a partes iguales.
Me di la vuelta despacio, apretando los dientes. Ahí estaba él. Lom Blackwood. Parecía recién salido de un anuncio de ropa de caza de lujo: la chaqueta de cuero perfectamente desgastada, las botas impecables y esa sonrisa de suficiencia que daban ganas de borrarle a bofetadas. Pero lo peor, como siempre, eran sus ojos. Oscuros, densos, casi inhumanos. Entendía perfectamente por qué en la junta directiva lo llamaban "Ojos de Demonio".
—Mi hombro está perfectamente, Lom. Preocúpate por tu puntería. He oído que los Blackwood tienen problemas para darle al blanco cuando la presión sube —le solté, dándole una mirada que esperaba fuera lo bastante afilada como para cortarle la yugular.
Él soltó una risa seca, un sonido que vibró en el aire helado. Se acercó un paso más, invadiendo mi espacio personal sin el menor reparo. Podía oler su perfume: algo que recordaba a la tormenta y al sándalo.
—La presión es lo único que me mantiene despierto, preciosa. Y sobre la herencia... —bajó la voz, de modo que solo yo pudiera oírlo mientras los demás socios se adelantaban por el sendero—. No creas que este retiro es para estrechar lazos. Si piensas que voy a compartir el control de la constructora con alguien que aún guarda rencores de la universidad, estás más perdida que un ciervo en plena temporada.
—No es rencor, es memoria —le corregí, clavando mi dedo en su pecho rígido—. Y prepárate, porque si este año de gestión compartida va a ser una guerra, yo ya tengo las trincheras cavadas.
En ese momento, Julian apareció entre los árboles, rompiendo la tensión. Su presencia era como un vaso de agua tibia después de un trago de ácido.
—¡Syl! Te estaba buscando. Los socios ya se están posicionando en los puestos de tiro. —Se colocó a mi lado, poniendo una mano protectora en mi espalda. Miró a Lom con una cortesía que rayaba en el desprecio—. Blackwood. Supongo que las reglas de la herencia han quedado claras esta mañana, ¿verdad? Nada de movimientos hostiles antes de la auditoría.
Lom ni siquiera se inmutó. Miró la mano de Julian sobre mí y luego volvió a fijar sus ojos de demonio en los míos. Por un segundo, el aire pareció desaparecer de mis pulmones.
—Las reglas son solo sugerencias cuando hay tanto en juego, abogado —dijo Lom, antes de cargarse su escopeta al hombro—. Que tengan una buena caza. Intenten no dispararse en el pie... o en la espalda.
Se dio la vuelta y se alejó con esa confianza exasperante que tienen los que se creen dueños del mundo. Yo me quedé ahí, con los dedos congelados y el corazón latiendo demasiado rápido.
Esto no iba a ser un concurso de negocios. Iba a ser una carnicería.