Lom
Montana en otoño es un lugar diseñado para recordarte que eres insignificante. El viento corta la cara como una hoja de afeitar y el silencio del bosque solo se rompe por el crujido de las botas sobre la escarcha. Es el escenario perfecto para una ejecución, o en este caso, para una lectura de testamento que se sentía como tal.
Revisé el mecanismo de mi escopeta por tercera vez. No por inseguridad, sino por costumbre. En los negocios, como en la caza, el equipo que falla es el que te mata.
—Vigila el retroceso, Syl. No querrás terminar con un moretón en ese hombro tan delicado.
Me escuché a mí mismo y odié el tono. Sonaba a burla, pero en realidad, verla pelear con el arma me ponía de los nervios. Syl Vane siempre había sido demasiado pequeña para el fuego que cargaba por dentro. Llevaba una chaqueta de caza que le quedaba ligeramente grande y el cabello recogido en una coleta alta que dejaba al descubierto su cuello pálido, expuesto al frío.
Ella se giró. Sus ojos, de ese color miel que siempre parecía estar a punto de prenderse fuego, me recorrieron con un desprecio que casi podía saborear.
—Mi hombro está perfectamente, Lom. Preocúpate por tu puntería. He oído que los Blackwood tienen problemas para darle al blanco cuando la presión sube.
Sonreí. No pude evitarlo. Me encantaba cuando me enseñaba los dientes. La mayoría de la gente en la junta directiva bajaba la mirada cuando yo entraba en la sala; ella, en cambio, parecía querer arrancarme la garganta con las manos desnudas. Me acerqué, invadiendo su burbuja de seguridad solo para ver cómo se le tensaba la mandíbula. Olía a jabón neutro y a esa furia contenida que la hacía vibrar.
—La presión es lo único que me mantiene despierto, preciosa —le solté, bajando la voz para que los viejos buitres que nos rodeaban no se enteraran de que nuestra "alianza" era un campo minado—. No creas que este retiro es para estrechar lazos. Si piensas que voy a compartir el control de la constructora con alguien que aún guarda rencores de la universidad, estás más perdida que un ciervo en plena temporada.
—No es rencor, es memoria —respondió ella, clavando un dedo en mi pecho.
Sentí el impacto de su contacto a través del cuero de la chaqueta. Fue una descarga eléctrica que me recordó por qué evitaba estar a menos de un metro de ella.
—Y prepárate —continuó Syl—, porque si este año de gestión compartida va a ser una guerra, yo ya tengo las trincheras cavadas.
—Entonces espero que sean profundas, Syl. Porque no pienso dejar que hundas el legado de mi padre solo por una rabieta de hace diez años.
Estábamos a punto de decirnos algo más, algo que probablemente habría terminado con uno de los dos gritando, cuando apareció el "problema". Julian.
El abogado de la familia Vane llegó como si fuera el héroe de una novela barata, colocando su mano sobre la espalda de Syl. Un gesto posesivo que me hizo apretar la culata de la escopeta con más fuerza de la necesaria. Julian era el tipo de hombre que usaba palabras suaves y sonrisas de catálogo. Lo detestaba. No porque fuera un buen abogado, sino porque miraba a Syl como si fuera algo que le pertenecía por derecho de antigüedad.
—Blackwood. Supongo que las reglas de la herencia han quedado claras esta mañana, ¿verdad? —dijo Julian, con esa voz de mediador que me daba ganas de vomitar.
No le respondí de inmediato. Me limité a mirar su mano sobre el hombro de Syl. Ella no se apartó, y eso fue lo que más me dolió, aunque nunca lo admitiría.
—Las reglas son solo sugerencias cuando hay tanto en juego, abogado —dije, dándoles la espalda.
Caminé hacia mi puesto de tiro, sintiendo sus miradas clavadas en mi nuca. Los socios ya estaban listos. El guía dio la señal y el primer disco de arcilla saltó al aire, cortando el cielo gris.
Bang. Lo hice añicos antes de que alcanzara su punto máximo.
Bang. El segundo cayó igual. Fragmentos de cerámica llovieron sobre la maleza. Sentía la adrenalina bombeando, pero mi mente seguía en el bosque, unos metros atrás, donde Syl estaba parada junto al tipo que no era yo.
Mi padre había sido un bastardo por escribir esa cláusula. Unir a las dos familias en una gestión compartida era como encerrar a dos lobos en una jaula pequeña y tirar la llave al río. Pero mientras cargaba el siguiente cartucho, me di cuenta de algo que me hizo sonreír para mis adentros.
Si Syl quería una guerra de trincheras, se la daría. Pero en la guerra, a veces el enemigo termina invadiendo tu territorio de formas que nunca planeaste. Y yo siempre he sido un experto en invasiones.
Volví a disparar. Esta vez, fallé por un centímetro. Maldita sea.