Ojos de demonio

Capítulo 3

Syl

El retroceso de la escopeta me golpeó el hombro con la fuerza de un camión, pero me negué a parpadear. Vi cómo el plato de arcilla se hacía añicos contra el cielo gris de Montana y sentí una satisfacción amarga. No era por el tiro. Era porque sabía que Lom me estaba mirando.

​—Buena pieza, Syl. Estás mejorando —murmuró Julian a mi lado.

​—No necesito mejorar, Jules. Necesito ganar —respondí, bajando el arma.

​Me froté el brazo con disimulo. El frío se me estaba metiendo en los huesos a través de las capas de cachemira y cuero, pero no iba a darles el gusto de verme temblar. A unos metros, Lom disparaba con una precisión quirúrgica. Cada estallido de su escopeta parecía un latido de mi propio corazón: acelerado, violento y fuera de control.

​Él no estaba cazando platos de cerámica; estaba marcando territorio. Lo veía en la forma en que movía los hombros, en cómo ignoraba los cumplidos de los socios ancianos que babeaban por su aprobación. Era un depredador en su hábitat natural, y yo era la única pieza que se negaba a dejarse acorralar.

​—¿Estás bien? Te has quedado pálida —Julian puso una mano en mi brazo, acercándose demasiado.

​—Es el frío —mentí.

​Pero no era el frío. Era la forma en que Lom se giró en ese preciso instante. No miró a Julian, ni a los socios, ni el paisaje. Sus ojos de demonio se clavaron directamente en la mano de Julian sobre mi brazo. Vi cómo su mandíbula se tensaba, un movimiento casi imperceptible que delataba que algo en él se estaba rompiendo.

​Esa es la diferencia entre Julian y Lom. Julian me ofrece un refugio; Lom me ofrece un incendio. Y lo peor de todo es que, mientras Julian me hablaba de los detalles legales de la auditoría de mañana, yo solo podía pensar en el calor que desprendía el cuerpo de Lom cuando se acercó a mí hace un momento.

​—Voy a adelantarme a la cabaña —le dije a Julian, soltándome de su agarre—. Necesito un trago que no sepa a pólvora.

​Caminé por el sendero embarrado, sintiendo que las botas me pesaban una tonelada. Escuché pasos detrás de mí, pesados y decididos. No tuve que darme la vuelta para saber quién era. El aire cambió de densidad, se volvió eléctrico, cargado de esa estática que solo él provocaba.

​—Huir no es propio de una Vane, Syl —su voz me alcanzó, cargada de una arrogancia que me hizo frenar en seco.

​Me giré, encarándolo en mitad del bosque, lejos de la vista de los demás.

​—No estoy huyendo, Lom. Estoy eligiendo mis batallas. Y ahora mismo, mi batalla es contra una hipotermia y tu presencia insufrible.

​Él se detuvo a un par de pasos, dejando que el humo de su aliento se mezclara con el mío. Se quitó un guante de cuero con los dientes, un gesto tan jodidamente animal que me obligó a tragar saliva.

​—Tu abogado parece muy interesado en tus... intereses —dijo, dando un paso más, acortando la distancia hasta que pude ver las motas doradas en el fondo de sus pupilas oscuras—. ¿Viene incluido en el paquete de la herencia o es un extra que te permites para no sentirte tan sola en la cima?

​—No te atrevas —le advertí, sintiendo que la furia me calentaba la sangre—. Julian es diez veces el hombre que tú serás jamás. Él no necesita pisotear a nadie para sentirse poderoso.

​Lom soltó una carcajada baja, un sonido oscuro que me erizó el vello de la nuca. Dio un paso final, dejándome atrapada entre su cuerpo y el tronco de un pino centenario. Podía sentir el calor que emanaba de él, desafiando el invierno de Montana.

​—Él es seguro, Syl. Es aburrido. Es el tipo de hombre que te sostiene la puerta mientras yo soy el que te la cierra por dentro —susurró, inclinándose hasta que sus labios rozaron mi oreja—. No me mires con ese odio, preciosa. Los dos sabemos que si Julian te tocara como yo quiero hacerlo, saldrías corriendo a buscarme para sentir algo real.

​Le pegué una bofetada. El sonido resonó en el bosque como un disparo.

​Su cara se giró por el impacto, pero no retrocedió. Lentamente, volvió a mirarme. Tenía la marca de mis dedos roja en la mejilla, pero en sus ojos de demonio no había ira. Había un hambre que me dio miedo porque, por un segundo terrorífico, me di cuenta de que yo también la sentía.

​—Eso es —murmuró él, con una sonrisa torcida—. Eso es lo único real que hemos tenido en años.




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