Me quedé ahí, con la palma de la mano ardiéndome y el corazón martilleando contra las costillas. Lom no se movió. No me devolvió el golpe, ni gritó, ni siquiera parpadeó. Se limitó a saborear la violencia del momento como si fuera un vino caro.
—¿Te sientes mejor ahora? —preguntó, su voz bajando un octavo, volviéndose peligrosa.
—Vete al infierno, Lom.
—Ya estoy en él, Syl. Tú me arrastraste aquí en el segundo año de carrera, ¿no lo recuerdas?
Intenté empujarlo para pasar, pero él fue más rápido. Apoyó ambas manos en el tronco del pino, una a cada lado de mi cabeza, encerrándome en una celda de cuero y calor corporal. El olor a bosque y a su colonia me mareaba. Estábamos tan cerca que podía ver el ligero temblor de sus pestañas. Por un instante, el odio se transformó en algo mucho más difícil de gestionar: una atracción gravitatoria que me empujaba hacia él.
—¡Syl! ¡Lom! ¿Está todo bien por ahí?
La voz de Julian llegó desde el sendero principal, rompiendo el hechizo. Lom no se apartó de inmediato. Me sostuvo la mirada un segundo más, el tiempo justo para dejar claro que no me soltaba porque yo se lo ordenara, sino porque él así lo decidía.
—Tu guardián te busca —masculló, dándose la vuelta justo cuando Julian aparecía entre la maleza.
Julian se detuvo en seco, mirándonos a ambos. Sus ojos saltaron de mi cara encendida a la mejilla de Lom, donde la marca de mi mano empezaba a inflamarse. La confusión en su rostro se transformó rápidamente en una sospecha fría.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Julian, caminando hacia mí y poniéndome una mano en el hombro. Esta vez, su contacto me molestó. Se sentía intrusivo, fuera de lugar después de la tormenta eléctrica que acababa de vivir con Lom.
—Una rama —dijo Lom con una naturalidad que me dio escalofríos—. Vane no sabe por dónde camina cuando está enfadada. Ten cuidado, abogado, o podrías terminar llevándote un golpe tú también.
Lom pasó por el lado de Julian, golpeándole el hombro con fuerza innecesaria, y siguió caminando hacia la cabaña principal sin mirar atrás.
La "cabaña" era en realidad una mansión de madera y piedra, con techos de doble altura y chimeneas que rugían con una fuerza que envidiaba. Los socios ya estaban allí, con sus vasos de whisky y sus risas estruendosas, celebrando una caza que para mí había sido un fracaso absoluto.
Me encerré en mi habitación media hora antes de la cena. Necesitaba lavarme la cara, borrar el rastro de Lom de mi piel. Me miré al espejo. Tenía las mejillas rojas y los ojos demasiado brillantes.
—Es el odio, Syl. Solo es odio —me mentí a mi propia imagen.
Cuando bajé al comedor, el ambiente era asfixiante. La mesa de roble macizo estaba puesta para veinte personas. Me senté en el extremo opuesto a Lom, esperando que la distancia me diera seguridad. A mi derecha estaba Julian, impecable con un jersey de punto azul que lo hacía parecer el yerno ideal.
—He estado revisando los contratos de la fusión —me susurró Julian al oído mientras servían el primer plato—. Hay una laguna en la cláusula de la gestión compartida. Si logramos demostrar que Lom está actuando de mala fe, podríamos forzar su salida antes de los seis meses.
Lo miré. Debería haberme sentido aliviada. Eso era lo que quería, ¿no? Recuperar mi empresa, mi vida, y sacar a los Blackwood de mi camino para siempre.
—¿De mala fe? —pregunté.
—Solo necesito una prueba. Algún movimiento hostil, una negligencia... o un escándalo personal.
Desde el otro lado de la mesa, como si tuviera un radar para nuestras conspiraciones, Lom levantó su copa de vino. La luz de las velas bailaba en sus ojos oscuros, dándoles ese brillo sobrenatural que le daba su apodo. Bebió despacio, sin apartar la vista de mí, y luego dejó la copa sobre la mesa con un golpe seco que cortó la conversación a nuestro alrededor.
—Dinos, Julian —dijo Lom, su voz proyectándose con una autoridad que hizo que los socios se callaran de golpe—, como experto en leyes... ¿cuál es la pena por jugar a dos bandas? Porque tengo la impresión de que en esta mesa hay alguien que no está siendo del todo honesto con sus intenciones.
Julian se tensó a mi lado. El aire en la sala se volvió gélido.
—No sé de qué hablas, Blackwood —respondió Julian con voz firme.
Lom se reclinó en su silla, cruzando los brazos sobre el pecho. Su mirada bajó al escote de mi vestido y luego volvió a mis ojos, con un desafío que me dejó sin aliento.
—Hablo de que este "concurso" por la herencia acaba de volverse mucho más personal. ¿Verdad, Syl?
Sentí todas las miradas clavadas en mí. Los socios, Julian, los sirvientes... y él. El diablo me estaba invitando a bailar frente a todo el mundo, y yo sabía que, si daba un paso en falso, no solo perdería mi empresa, sino también lo poco que quedaba de mi cordura.