Ojos de demonio

Capítulo 5

Lom

El silencio que siguió a la pregunta de Lom se volvió espeso, casi asfixiante. Mientras los socios murmuraban y Julian se removía en su asiento, Lom sintió ese familiar vacío en el estómago, el mismo que lo había acompañado desde los diez años.

​Miró a Syl. Ella parecía una estatua de mármol bajo la luz de las velas: fría, hermosa y lista para quebrarse. Él sabía que ella lo odiaba por lo que pasó en la universidad, por ese contrato que él le arrebató en su último año, por las palabras crueles que le lanzó para alejarla cuando sintió que ella estaba empezando a ver debajo de su armadura.

​Pero el pasado de Lom Blackwood no empezó en una facultad de negocios. Empezó en una casa que era más grande que esta cabaña y mucho más fría.

​Lom cerró los ojos un segundo, y por un instante no estaba en Montana, sino en el despacho de su padre, quince años atrás.

​Su padre, Arthur Blackwood, no era un hombre que daba abrazos; era un hombre que daba lecciones. Recordó el día en que Arthur lo obligó a elegir entre su perro, el único ser que Lom quería, y el legado de la familia. "Un Blackwood no tiene debilidades, Lom. O controlas tus afectos, o ellos te controlarán a ti".

​No hubo una masacre, solo una mudanza. Su padre regaló al animal mientras Lom estaba en el colegio, simplemente para demostrarle que nada era permanente, excepto el poder.

​Esa fue la primera vez que Lom aprendió a cerrar los ojos y dejar que la oscuridad se asentara. Aprendió que para sobrevivir a un hombre como su padre, tenía que convertirse en algo peor. En algo que no sintiera. En un demonio.

​Por eso, cuando conoció a Syl en la universidad, ella fue una anomalía. Ella era luz, era caos, era una mujer que creía que el talento bastaba para ganar. Él la destruyó profesionalmente no por avaricia, sino por miedo. Miedo de que, si no la aplastaba, ella lo haría sentir humano otra vez. Y un humano no podía heredar el imperio Blackwood.

​Lom regresó a la realidad del comedor. Julian seguía hablando, algo sobre ética y decoro, pero Lom solo tenía oídos para el latido sordo en sus propios oídos.

​—La honestidad es un lujo que los Vane siempre han presumido, pero que nunca han podido pagar —dijo Lom, cortando a Julian como si fuera ruido blanco—. Tu padre, Syl, no era el santo que crees. Si supieras por qué mi padre escribió esa cláusula de gestión compartida, no estarías sentada tan orgullosa en esa silla.

​Syl palideció. Sus nudillos, apretando los cubiertos de plata, estaban blancos.

​—Mi padre era un hombre de honor —escupió ella, su voz temblando de rabia—. No te atrevas a compararlo con el monstruo que te crió.

​Lom se puso de pie lentamente. Los socios se quedaron petrificados. Había algo en su postura, una tensión salvaje, que recordaba a un lobo a punto de saltar.

​—El honor no paga las deudas, Syl. Y tu padre murió debiéndole a la familia Blackwood algo más que dinero. —Lom rodeó la mesa, caminando con una elegancia depredadora hasta quedar detrás de la silla de ella—. Esta fusión no es un negocio. Es una cobranza. Y yo he venido a cobrar cada segundo de lo que se nos debe.

​Se inclinó, apoyando las manos en el respaldo de la silla de Syl, rodeándola sin tocarla. Julian intentó levantarse, pero Lom le lanzó una mirada tan cargada de pura violencia contenida que el abogado se quedó clavado en su sitio.

​—Dime, Syl —susurró Lom, su aliento rozando la nuca de ella, donde los pequeños cabellos se erizaban—, ¿qué estás dispuesta a perder para mantener el apellido de un hombre que te dejó encadenada a mí?

​Syl se giró bruscamente en su silla, quedando a centímetros de su rostro. Sus ojos miel estaban llenos de lágrimas que se negaba a dejar caer, pero también de un fuego que Lom reconoció al instante. Era el mismo fuego que él intentaba apagar en sí mismo todas las noches.

​—No estoy encadenada a ti, Lom. Tú estás atrapado conmigo. Y voy a asegurarme de que este año sea el peor de tu miserable y perfecta vida.

​Lom sintió un tirón en el pecho, algo que se parecía peligrosamente a la admiración. Ella era la única que no retrocedía. La única que lo miraba a los ojos de demonio y le devolvía el reflejo de su propia oscuridad.

​—Entonces que empiece el espectáculo —dijo él, con una sonrisa que no llegó a sus ojos.

​Se dio la vuelta y salió del comedor, dejando tras de sí un silencio sepulcral y la sensación de que la verdadera guerra acababa de empezar.




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