Ojos de demonio

Capítulo 6

La atmósfera en la biblioteca de la cabaña era densa, cargada del olor a madera vieja y el rastro del perfume de Lom que se negaba a abandonar la habitación. Syl estaba frente al ventanal, observando cómo los primeros copos de nieve golpeaban el cristal, cuando Julian entró. No traía contratos, sino una carpeta de cuero ajada que parecía haber estado escondida en el fondo de una caja fuerte.

​—Tienen que dejar de hacerse esto —dijo Julian. Su voz no era la del abogado calculador, sino la de alguien que estaba viendo un accidente en cámara lenta.

​Lom, que estaba sirviéndose un whisky en el rincón más oscuro de la sala, ni siquiera se molestó en mirarlo.

​—Si vienes a darme un sermón sobre ética profesional, ahórratelo, Julian. No estoy de humor.

​—No es ética, Lom. Es memoria —Julian dejó la carpeta sobre la mesa central y sacó una fotografía vieja, de bordes amarillentos. Luego miró a Syl—. ¿De verdad no se acuerdan? ¿O es que el odio les resulta más cómodo que la verdad?

​Syl se acercó, atraída por la solemnidad en la voz de Julian. Al mirar la foto, sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima de Montana.

​En la imagen, dos niños de unos siete años estaban sentados en un muelle viejo. Él tenía el cabello revuelto y ella una sonrisa desdentada. Estaban tomados de la mano con una fuerza que traspasaba el papel, las cabezas juntas como si compartieran un secreto que el resto del mundo no podía entender.

​—Esa soy yo —susurró Syl, rozando la superficie de la foto—. Y ese... ¿ese es Lom?

​Lom dejó el vaso de whisky con un golpe seco. Se acercó a la mesa, su presencia eclipsando la luz de las lámparas. Al ver la foto, su expresión de piedra se fragmentó por un milisegundo.

​—Nuestros padres no siempre fueron enemigos —continuó Julian, cruzándose de brazos—. Hubo un verano, antes de la gran ruptura por la mina de oro, en que los Vane y los Blackwood eran una sola familia. Ustedes dos... era ridículo. Si Syl se caía, Lom lloraba. Si a Lom lo castigaban, Syl se quedaba sentada frente a su puerta hasta que lo dejaban salir. Mi padre decía que no podían estar separados ni para dormir. Eran "los pequeños gemelos de sangre".

​Lom soltó una risa amarga, aunque sus ojos estaban fijos en la imagen de los niños.

​—Eso es un cuento de hadas, Julian. No recuerdo nada de eso. Mi primer recuerdo de Syl es ella ganándome un trofeo en el instituto y yo jurando que la hundiría.

​—Lo olvidaste porque te obligaron —soltó Julian, dando un paso hacia él—. Después de la traición entre sus padres, Arthur Blackwood te prohibió mencionar su nombre. Quemó todas las fotos, Lom. Esta sobrevivió porque mi padre la guardó. Los entrenaron para odiarse. Les lavaron el cerebro para que vieran competencia donde antes había... bueno, lo que sea que fuera eso.

​Syl sintió un nudo en la garganta. Miró a Lom. El hombre que tenía delante era un muro de arrogancia y frialdad, pero por primera vez, pudo ver en la profundidad de sus "ojos de demonio" un rastro de ese niño del muelle. Una vulnerabilidad enterrada bajo toneladas de cinismo.

​—¿Por qué nos cuentas esto ahora? —preguntó Syl con la voz quebrada.

​Julian suspiró, mirando a los dos.

​—Porque la cláusula de la herencia no es una trampa de odio. Es el último intento de sus padres, antes de morir, de devolverles lo que ellos mismos les robaron. No querían que se destruyeran. Querían que se vieran obligados a recordar quiénes eran antes de que el dinero lo pudriera todo.

​Lom dio un paso atrás, como si la foto lo quemara.

​—Es una teoría muy romántica, Julian. Pero la realidad es que ahora mismo ella me quiere ver en la ruina y yo... —se detuvo, su mirada recorriendo a Syl de arriba abajo, deteniéndose en sus labios—. Yo no sé qué diablos quiero hacer con ella, pero no tiene nada que ver con "querernos".

​—Mientes —dijo Syl, dando un paso hacia él, desafiante—. Tienes miedo, Lom. Tienes miedo de que Julian tenga razón y de que todo este odio que hemos construido sea solo una máscara para no admitir que, en el fondo, nunca dejaste de necesitar que me sentara frente a tu puerta.

​Lom la agarró del brazo, no con violencia, sino con una urgencia desesperada. Sus rostros quedaron a milímetros.

​—Si crees que una foto de hace veinte años va a cambiar el hecho de que voy a quedarme con tu empresa, Syl, eres más ingenua de lo que pensaba.

​—No es la foto lo que te asusta —susurró ella, sintiendo el calor de su aliento—. Es que ahora que lo sabes, cada vez que me mires, no vas a ver a tu rival. Vas a ver a la única persona que te conoció antes de que te convirtieras en este monstruo.

​Fuera, la tormenta estalló finalmente, un trueno de nieve que sacudió la cabaña y apagó las luces de golpe, dejándolos en una oscuridad absoluta, solo iluminados por el débil resplandor de las brasas de la chimenea.




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