Olvidarnos estaba prohibido

CAPÍTULO 2 : La otra cara de la gloria POV AIDEN

Cincuenta mil personas gritando mi nombre hacen menos ruido que mi propia cabeza.

El césped todavía me quemaba en las suelas de las botas mientras el confeti dorado caía como una lluvia pesada sobre mis hombros. El trofeo de plata que acababan de entregarme pesaba en mi mano izquierda; estaba helado, rígido, como un bloque de hielo que me congelaba los dedos. En la derecha llevaba el casco enganchado por la máscara. Sostenía la copa contra el pecho, en la postura exacta que los asesores de imagen me habían repetido mil veces, asegurándome de que los fotógrafos tuvieran su toma perfecta mientras la luz de los flashes me impactaba en el rostro.

—¡Aiden! ¡Una sonrisa para la portada!

Sonreí. Una mueca rápida, entrenada, mecánicamente impecable. La misma dentadura perfecta que llevaba mostrando al mundo durante los últimos cinco años cada vez que una cámara se me ponía enfrente o un micrófono buscaba una declaración victoriosa.

A mi lado, Vanessa se abrió paso entre la marea de periodistas. Su vestido rojo brillaba bajo los reflectores del estadio y sus tacones se hundían en el césped húmedo. Apoyó una mano en mi hombro, con las uñas pintadas de granate clavándose en la tela de mi uniforme oscuro. Se inclinó hacia mi rostro, aprovechando que no llevaba el casco puesto para dejar a la prensa la imagen que querían.

Buscaba el ángulo. Buscaba la toma estratégica que mañana vendería miles de ejemplares en los portales de chismes y las revistas deportivas.

Cuando rozó sus labios con intenciones claras cerca de mi boca, me giré lo justo, de forma sutil, desviando el beso hacia la comisura. Le devolví una sonrisa de lado para la prensa, firmé dos balones oficiales que me acercó de urgencia un asistente y me abrí paso a través de la marea de micrófonos.

—Sin preguntas personales esta noche, muchachos —dije con voz firme y serena, manteniendo el tono amable pero distante que mi agente me había obligado a ensayar.

Puse rumbo al túnel de vestuario. El estruendo ensordecedor de la multitud comenzó a apagarse a mis espaldas a medida que los fríos muros de concreto del estadio se tragaban el eco de la fiesta, amortiguando los gritos de los aficionados.

En cuanto crucé la pesada puerta del vestuario principal y el cerrojo encajó con un chasquido metálico, el mundo entero volvió a quedarse en un silencio denso.

Tiré el casco y el trofeo sobre la mesa central de madera. La copa de plata chocó contra la superficie con un golpe seco que resonó en cada rincón del espacio vacío. Me dejé caer pesadamente sobre el banco. El olor a sudor acumulado, a césped cortado y a la cinta de vendaje impregnaba el aire. Me pasé las manos temblorosas por la cara, sintiendo la mandíbula dolorida por la tensión de haber sostenido una sonrisa falsa durante casi tres horas.

Me quité las hombreras con movimientos torpes, dejando que la armadura de plástico cayera al suelo con un estruendo hueco. Me quedé sentado con los codos apoyados en las rodillas, mirando el suelo de azulejos. La victoria no se sentía como una gloria inolvidable. Se sentía exactamente como un trabajo agotador que por fin había terminado.

Con los dedos rígidos por el esfuerzo físico de cuatro cuartos brutales y los golpes recibidos en la cancha, busqué el teléfono en el fondo de mi taquilla. Ignoré las más de cincuenta notificaciones de felicitación que iluminaban la pantalla, las llamadas de mi representante y los mensajes en el grupo del equipo.

Fui directo a la carpeta oculta de mi galería de fotos.

No necesité buscar nada. Era la única fotografía que guardaba bajo clave, la única imagen que en cinco años jamás había sido capaz de borrar, por más que la lógica me dijera que era una tortura diaria volver a ella.

La pantalla se iluminó, devolviéndome una luz cálida que contrastaba con la frialdad del vestuario. Era la imagen que tomamos la última noche que compartimos a los veintitrés años en nuestro pequeño piso universitario, apenas unas horas antes de que el mundo real se nos viniera encima.

Valentina estaba despeinada, con los rizos cayéndole sin orden sobre los hombros y vistiendo una de mis camisetas grises que le quedaba tres tallas más grande, ocultándole las manos. Sonreía con una taza de café humeante entre los dedos, completamente ajena a la cámara, mientras la luz amarilla de la vieja lámpara de pie le iluminaba suavemente el perfil.

Acerqué la imagen con dos dedos, ampliándola hasta que su cara ocupó toda la pantalla. Me detuve en la curva exacta de sus pestañas, en la risa tibia que se le había quedado atrapada en los labios justo en el instante en que le dije algo absurdo para hacerla distraerse de sus exámenes.

Pude oler de nuevo el café barato de aquella cocina. Pude sentir el peso helado de una nostalgia atroz aplastándome los pulmones, quitándome la capacidad de respirar. Recordé el tacto suave y tibio de su piel contra la mía cuando se acurrucaba en mi pecho en aquel colchón tirado en el suelo del salón. Recordé los susurros a mitad de la noche, cuando creíamos que nuestro amor a los veintitrés era una barrera indestructible contra cualquier tormenta. Recordé la forma en que el sonido de su voz calmaba, como por arte de magia, los peores ataques de ansiedad que amenazaban con destruirme por dentro.

Aquella foto era el registro exacto de la última noche en que fuimos felices. Antes de que las exigencias de mi carrera, la distancia física y las presiones nos obligaran a tomar caminos separados, rompiendo en mil pedazos el único refugio que habíamos construido juntos.




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