El timbre del teléfono me sorprendió en mitad de la tercera serie de pesas.
Dejé la barra de hierro sobre el soporte con un impacto seco que retumbó en las paredes de mi gimnasio privado. Me quité la toalla del cuello, respirando con dificultad mientras el sudor me corría por la frente. Me acerqué a la mesa auxiliar, tomé el teléfono con la mano todavía temblorosa por el esfuerzo y miré la pantalla.
Papá.
Acepté la llamada de inmediato, llevándome el aparato a la oreja mientras caminaba hacia la nevera para sacar una botella de agua.
—Dime, papá —contesté con la voz un poco áspera por el esfuerzo físico.
—Aiden —la voz de mi padre llegó del otro lado con un tono cálido, relajado—. Veo que te agarré en medio del entrenamiento.
—Casi terminando —sonreí levemente, dándole un trago al agua—. ¿Ocurre algo? Tenía entendido que esta semana estabas ocupado con los proyectos de la empresa.
—Siempre hay tiempo para llamar a mi hijo —dijo él, y pude notar la sonrisa tranquila en su voz. Una voz que en los últimos dos años, desde que Elena había entrado en su vida, se escuchaba mucho más ligera y serena—. Te llamo para hablar de Acción de Gracias. Elena y yo estuvimos organizando la cena y queremos que vengas a la casa. Hace bastante que no nos vemos con calma.
Apreté la botella de agua entre las manos. Un escalofrío sutil me recorrió la nuca.
—Papá, sabes cómo es el calendario en esta época de la temporada —empecé a excusarme con tono suave pero firme—. El receso de la liga es de apenas unos días y el entrenador nos tiene con rutinas estrictas. Mi idea era quedarme aquí, descansar un poco y avanzar con unos compromisos comerciales que me quedaron pendientes.
—Es solo un par de días, Aiden —insistió él, sin perder la calma—. Elena está preparando todo con mucho cariño. Además, a ti también te vendrá bien salir un rato de la ciudad y desconectar de las cámaras.
—De verdad lo aprecio, papá, dile a Elena que la quiero mucho, pero no creo que sea buena idea que viaje esta vez —suspiré, apoyando la espalda contra la pared del gimnasio—. No quiero arruinarles los planes llegando a las carreras. Pásenlo lindo ustedes dos.
Se hizo un silencio breve en la línea. Un silencio tranquilo, de esos en los que mi padre solía tomarse un segundo para medir sus palabras. Escuché el sonido suave de una taza al asentarse sobre la barra de la cocina.
—Entiendo que tengas mucho trabajo, hijo —dijo Thomas con una parsimonia casi divertida—. Una pena. Porque ya le confirmé a Elena que cenaríamos todos juntos.
Arqueé una ceja, intrigado por el cambio de tono en su voz.
—¿Todos juntos?
—Sí. Ya invitamos a Valentina —soltó mi padre con total naturalidad, soltando la bomba sin el menor sobresalto en su respiración.
El aire se me congeló de golpe en la garganta.
Sentí como si me hubieran propinado un golpe directo al estómago en medio de una jugada a máxima velocidad. El pulso me dio un vuelco violento contra las costillas y me quedé completamente inmóvil en mitad del gimnasio vacío, sintiendo cómo la sangre me subía a las orejas.
—¿Qué dijiste? —pregunté, con la voz volviéndose repentinamente baja.
—Que la invitamos —repitió Thomas, y esta vez sí pude percibir el matiz de complicidad en su tono—. Elena habló con ella ayer por la mañana. Valentina pidió la semana libre en el hospital y aceptó venir.
Un silencio sofocante, denso y cargado de historia cayó de golpe entre los dos.
Valentina.
Escuchar su nombre salir de la boca de mi padre después de cinco años de silencio absoluto fue como abrir una Herida que creía cicatrizada a la fuerza. El recuerdo de su rostro, de su risa contenida en la cocina de nuestro viejo piso y del calor de su mano apretando la mía volvió a golpearme con una violencia brutal.
Ella iba a estar allí. En la misma casa. Bajo el mismo techo. Cenando en la misma mesa.
—Papá... —murmuré, pasándome una mano por la nuca, completamente desarmado—. Sabes perfectamente lo que significa eso.
—Sé que son dos adultos de veintiocho años que se quieren mucho, que han pasado por muchas cosas y que ya es hora de que dejen de esquivarse —contestó Thomas con una franqueza paternal que no me dejó espacio para discutir—. Elena está muy ilusionada con ver a su hija, y a mí me gustaría ver a mi hijo en la misma mesa. La invitación está hecha, Aiden. Tú decides si te quedas solo en tu departamento o si vienes a casa.
Sin darme tiempo a protestar más, Thomas se despidió con afecto y cortó la llamada.
Me quedé mirando la pantalla del teléfono durante un largo minuto, escuchando únicamente el sonido agitado de mi propia respiración rebotando en las paredes de la habitación.
Dejé caer el teléfono sobre la colchoneta y me pasé las dos manos por la cara, hundiéndome los dedos en el cabello mientras soltaba una risa amarga y descolocada.
Increíble. Thomas realmente se había vuelto un experto en leer entre líneas desde que estaba con Elena. Sabía perfectamente qué decir para derribar todas mis defensas en menos de dos minutos. Conocía de sobra que mencionar a Valentina era la única razón en este mundo capaz de hacerme mover cielo y tierra.
#138 en Novela contemporánea
segundas oportunidades romance y amistad, forced proximity, se aman en silencio
Editado: 07.08.2026