Olvidarnos estaba prohibido

CAPÍTULO 6 : El aroma del pasado

El letrero de neón rojo del Sunset Diner parpadeaba sobre la carretera como una vieja cicatriz que se negaba a desaparecer.

Estacioné el automóvil a un lado de la acera, dejando el motor encendido durante unos segundos mientras observaba la fachada de ladrillos desgastados. El frío de la tarde golpeaba contra el parabrisas y la llovizna suave de noviembre convertía las luces del pueblo en manchas borrosas. Había conducido durante cuatro horas continuas desde la ciudad, pero solo al apagar el motor y sentir el silencio denso del lugar comprendí que verdaderamente había vuelto.

Cinco años.

Salí del vehículo y apreté la chaqueta de abrigo contra mi pecho. El aire del pueblo olía exactamente igual que el día que me fui: a pino húmedo, leña quemada y a la nostalgia contenida de un sitio donde el tiempo parecía haberse detenido por completo.

Avancé hacia la entrada y empujé la puerta de cristal. La pequeña campana de bronce colgada en el marco dejó ir un tintineo agudo que resonó con una familiaridad aplastante.

En el instante en que crucé el umbral, el calor del calefactor de gas y el inconfundible aroma a café recién pasado, tocino frito y tarta de manzana casera me envolvieron de lleno. Cerré los ojos medio segundo, dejando que los recuerdos me invadieran. Era como si las paredes de madera oscura, las banquetas de cuero rojo un poco gastadas y las mesas de fórmica no hubieran cambiado un solo milímetro desde mis diecisiete años.

El local estaba casi vacío a esa hora de la tarde, salvo por un par de ancianos conversando en el fondo y la música suave de una estación de radio local que sonaba desde los altavoces del techo.

Caminé despacio hacia la barra y tomé asiento en el mismo banco alto de la esquina donde solía refugiarme a estudiar durante las tardes de lluvia.

Detrás de la barra de metal, la puerta vaivén de la cocina se abrió con un crujido suave. Un hombre de cabello canoso y delantal blanco salió sosteniendo una jarra de cristal humeante, mientras desde adentro se escuchaba el murmullo tranquilo de su esposa tarareando una canción vieja.

Dom.

El viejo Dom parpadeó al ver a alguien sentado en la esquina. Se ajustó las gafas sobre la nariz, dio dos pasos hacia mí y se detuvo en seco. Sus ojos pequeños pero atentos se abrieron de par en par bajo las cejas tupidas.

—No me lo digas —murmuró Dom con esa voz pausada y cálida de siempre—. Valentina.

Una sonrisa genuina y llena de nostalgia se me dibujó en el rostro antes de que pudiera evitarlo.

—Hola, Dom —saludé con la voz floja por la emoción repentina—. Veo que todavía no me has olvidado.

—Por favor, muchacha —protestó Dom, dejando la jarra sobre la barra y apoyando las dos manos en el borde de fórmica mientras me miraba de arriba abajo—. Conozco esa cara desde que venías con la mochila del colegio a pedirme papas fritas a mitad de la tarde. Aunque debo admitir que esa cara de cansancio solo puede significar una cosa: te convertiste en doctora.

—Residente de urgencias, para ser exacta —corregí con una risa suave—. Las guardias no perdonan.

—¡Margaret! —llamó Dom hacia la cocina, elevando un poco la voz—. ¡Mira quién acaba de cruzar la puerta!

La cortina de la cocina se hizo a un lado y Margaret asomó la cabeza, limpiándose las manos en el delantal. Al verme, sus ojos se iluminaron por completo y soltó un pequeño ahogo de sorpresa antes de acercarse a rodear la barra para darme un abrazo apretado que olía a vainilla y a hogar.

—¡Mi niña hermosa! —exclamó Margaret, acariciándome la mejilla con ternura—. Tu madre nos contó que venías para las fiestas, pero no imaginé verte tan pronto. Mírate, estás hecha una mujer increíble.

—Ya le estaba preparando su café de siempre, Margaret —intervino Dom, girándose sobre sus talones hacia la máquina de café sin darme tiempo a pedir nada.

Escuché el siseo característico de la cafetera de metal. Pocos segundos después, Dom colocó frente a mí una taza blanca de cerámica gruesa con café negro humeante y deslizó a un lado una pequeña jarra con leche tibia y un sobre de azúcar rubia.

Exactamente como me gustaba a los diecisiete años. Sin hacer una sola pregunta.

—Cortesía de la casa para la doctora del pueblo —dijo Dom con un guiño cariñoso—. Aunque me temo que el café no va a quitarte esa mirada de estar viendo a un fantasma.

Tomé la taza entre mis manos heladas, dejando que el calor cerámico me calentara los dedos.

—Todo sigue exactamente igual aquí adentro —murmuré, mirando la superficie oscura del líquido—. Es casi perturbador.

—El pueblo no cambia mucho, Valentina —respondió Dom suavemente, tomando un trapo limpio para secar la barra—. Las fachadas siguen en su sitio, las calles son las mismas... Lo único que cambia son las personas que vuelven creyendo que son diferentes.

Sus palabras flotaron entre los tres con una profundidad silenciosa. Margaret me sonrió con cierta compasión y le dio un toque suave a la mano de su esposo.

—Escuchamos que la cena de Acción de Gracias va a ser bastante concurrida este año —comentó Margaret con voz dulce—. Tu madre estaba muy entusiasmada comprando los ingredientes ayer.




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