Olvidarnos estaba prohibido

CAPÍTULO 8 Las ruinas de lo que fuimos

Escuchar mi nombre en sus labios fue como recibir un golpe helado en pleno pecho.

La taza de cerámica tembló entre mis dedos, amenazando con derramar el café sobre la barra. Me obligué a dejarla sobre la mesa antes de que el tintineo de la porcelana delatara el mareo violento que me recorrió el cuerpo. Tenía a Aiden a menos de dos metros de distancia. Cinco años condensados en la imagen de un hombre alto, de hombros anchos y mirada oscura que parecía llevar el peso del mundo sobre la espalda.

No era el chico de veintitrés años que dejé en aquel piso. Tenía la mandíbula marcada por una barba corta, los ojos más cansados y una presencia imponente que llenaba por completo el pequeño espacio del diner. Y, sin embargo, el dolor que transmitía su mirada era el mismo que nos destruyó la última noche.

El silencio entre los dos se volvió denso, sofocante, cargado de recuerdos que ninguno se atrevía a nombrar.

Aiden dio un paso más, deteniéndose justo al lado de la banqueta vacía. Mantuvo las manos hundidas en los bolsillos de su abrigo negro, como si temiera que, de soltarlas, pudiera cometer la locura de tocarme.

—No sabía que venías hoy —dijo por fin. Su voz sonó más grave de lo que recordaba, un murmullo rasposo que me puso la piel de gallina.

—Llegué hace unos minutos —logré responder, esforzándome para que la voz no me temblara—. Nuestros padres insistieron mucho para esta cena.

Aiden asintió despacio, fijando sus ojos en mi rostro con una intensidad que me quemaba. Era una mirada que parecía recorrer cada milímetro de mis facciones, buscando las diferencias, rastreando los años de separación.

—Supongo que lo planificaron bastante bien entre los dos —murmuró con una mueca amarga que no llegó a convertirse en sonrisa—. Mi padre me llamó esta mañana.

—A mí me llamó mi mamá —agregué, bajando la mirada hacia mis manos entrelazadas sobre el regazo—. Debería haber imaginado que estaban tramando esto juntos.

Se hizo otro silencio. Un silencio pesado, interrumpido únicamente por la llovizna que golpeaba con fuerza contra el ventanal y el zumbido lejano del refrigerador detrás de la barra. Nos estábamos hablando con una cortesía ajena, incómoda, como dos desconocidos que intentan fingir que no se conocen la vida entera.

—Te ves... bien, Val —soltó él en voz baja, rompiendo la pausa.

Un nudo doloroso se me formó en la garganta.

—Tú también, Aiden. Felicitaciones por el campeonato. Vi la final en las noticias.

Aiden cerró los ojos un segundo, apretando la mandíbula con tanta fuerza que los músculos del cuello se le tensaron. Mis palabras sonaron formales, vacías, como una felicitación de una extraña. Y los dos sabíamos que entre nosotros la prensa y los trofeos eran lo que menos importaba.

—Las noticias solo muestran lo que la gente quiere ver —respondió él, volviendo a abrir los ojos. Su mirada cayó sobre la taza de café que yo había estado tomando—. Veo que Dom no olvidó cómo te gusta.

El recuerdo nos golpeó a los dos al mismo tiempo.

A los diecisiete años, nos sentábamos en esa misma esquina a compartir un plato de papas fritas mientras planeábamos un futuro que parecía indestructible. A los veintitrés, en esa misma barra, nos tomamos el último café juntos antes de que la distancia se volviera un abismo imposible de cruzar. Las promesas rotas, las discusiones amargas en la puerta del departamento y el sonido de las maletas al rodar regresaron a mi mente con una violencia atroz.

Pude oler el café de aquella época. Pude sentir el peso atroz de las decisiones que tomamos creyendo que hacíamos lo correcto.

—Hay cosas que no cambian en este pueblo —susurré, con la vista empañada por un calor traicionero.

—Otras cambiaron demasiado —contestó él, y el tono desgarrado de su frase me atravesó el alma.

Me quedé mirándolo, sintiendo como la coraza que me había construido durante cinco años en el hospital se desmoronaba piedra por piedra. Quería preguntarle si era feliz. Quería preguntarle si alguna vez pensó en buscarme, si las fotos con modelos eran reales o solo una pantalla para los medios. Quería gritarle por haber dejado que nos volviéramos dos fantasmas. Pero el orgullo, el miedo a romperme del todo en mitad del diner y el dolor acumulado me mantuvieron la boca cerrada.

Aiden tragó saliva con dificultad y dio un paso hacia atrás, como si él tampoco pudiera soportar más la presión del aire entre los dos.

—Tengo que ir a la casa —dijo, pasándose una mano por la nuca con un gesto exhausto—. Thomas y tu mamá deben estar esperándonos.

—Sí —asentí, apretando los dientes para contener un sollozo—. Yo también debería irme pronto para allá.

Aiden se me quedó mirando un segundo más. Fue una mirada desesperada, llena de palabras que no llegaron a salir de su boca, de disculpas no pedidas y de un anhelo que el tiempo no había logrado apagar.

—Nos vemos en la cena, Valentina —murmuró.

—Nos vemos en la cena, Aiden.

Se giró y caminó hacia la salida. La campana de bronce volvió a tintinear cuando abrió la puerta de cristal, dejando entrar una ráfaga de aire helado que hizo tiritar a todo el local.




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