Olvidarnos estaba prohibido

CAPÍTULO 10 El recado en el garaje POV AIDEN

La primera noche bajo el mismo techo fue una maldita tortura.

Me pasé horas en la cama con las manos entrecruzadas detrás de la nuca, mirando el techo a oscuras mientras el sonido de la lluvia contra el cristal marcaba un ritmo insoportable. Saber que Valentina estaba durmiendo apenas a unos metros de distancia, cruzando un simple pasillo de madera, me volvía completamente loco. Cada crujido de la casa nueva, cada vez que imaginaba el tono de su respiración en la penumbra o el rastro suave de su perfume flotando al otro lado de la puerta, me estrangulaba el pecho con un deseo feroz y un arrepentimiento todavía más grande.

Había ganado campeonatos y sostenido partidos con estadios enteros gritando mi nombre, pero esa noche en silencio me desarmó por completo. Cinco años intentando convencerme de que la distancia había borrado lo nuestro, para terminar descubriendo que bastaba saberla bajo el mismo techo para que todo volviera con la fuerza de un impacto.

A la mañana siguiente, al segundo día de convivencia, la tensión en la casa era tan densa que se podía cortar con las manos.

Trataba de evitarla como podía. Salí a correr muy temprano bajo la llovizna helada hasta que los pulmones me quemaron, y al volver me encerré en el estudio de mi padre a revisar correos del equipo. Sin embargo, Thomas parecía determinado a no dejarme escapar.

A mitad de la tarde, mientras el agua volvía a repicar con fuerza contra los cristales, bajé a la sala por un vaso de agua y me topé con la escena. Valentina estaba sentada en el extremo del sofá de cuero, con las piernas cruzadas y la mirada fija en un libro, aunque la lentitud con la que pasaba las páginas delataba que estaba tan distraída como yo.

En ese momento, mi padre apareció en la sala limpiándose las manos con un trapo de taller.

—Aiden, Valentina —dijo Thomas con una calma ensayada que no le creí ni un segundo—. Necesito un favor enorme de los dos. Tengo que terminar de arreglar unas herramientas en el taller antes de que oscurezca y dejé las cajas con la vajilla especial en el altillo del garaje. ¿Pueden ir a buscarlas entre los dos? Son bastante pesadas.

Valentina levantó la mirada del libro, dudando un segundo antes de cerrarlo sobre su regazo.

—Puedo ir yo solo, papá —me ofrecí de inmediato, dando un paso al frente para intentar protegernos a los dos del aire enrarecido que nos sofocaba.

—No, hijo, las cajas de porcelana están arriba en el altillo y hay que bajarlas con cuidado entre dos para que nada se rompa —respondió Thomas con una serenidad imperturbable—. Por favor.

Fue una excusa barata. Una trampa transparente de dos padres que solo querían empujarnos a hablar. Y los dos lo supimos en el instante en que asentimos en silencio y echamos a caminar uno al lado del otro por el pasillo de servicio que conectaba la casa con el garaje.

Caminar a su lado sin la mesa del comedor de por medio ni las voces de nuestros padres como escuderos hacía que el pulso me retumbara en los oídos. Podía sentir el calor de su cuerpo a escasos centímetros del mío y el roce leve de su suéter contra mi brazo a cada paso.

Al entrar al garaje, el olor a madera guardada, herramientas y lluvia acumulada nos recibió de lleno. El lugar estaba a oscuras, salvo por la luz dorada y tenue de un farol que parpadeaba cerca de la entrada.

Avanzamos hacia la escalera de madera que subía al altillo. Subí primero para probar la resistencia de los escalones y me giré para ofrecerle la mano cuando ella comenzó a subir detrás de mí.

Valentina se detuvo en el tercer escalón. Miró mi mano extendida durante un segundo eterno. Dudó. Sabía perfectamente que tocarme rompería la última barrera de distancia que nos quedaba. Sin embargo, rozó la madera del pasamanos y finalmente apoyó sus dedos sobre mi palma.

El contacto fue como una llama directa en la piel. Sus dedos estaban fríos, pequeños y temblorosos dentro de mi mano grande. Apreté el agarre despacio, ayudándola a subir el último tramo sin soltarla hasta que ambos estuvimos de pie en el espacio reducido del altillo.

El techo era bajo y el espacio tan estrecho que nos obligaba a estar ridículamente cerca el uno del otro. El calor de sus respiración chocaba contra mi pecho. Entre el polvo y las sombras, divisé las dos cajas de cartón al fondo.

—Son estas —dijo ella en un susurro casi inaudible, tratando de sostener el aire entre los dos.

—Yo bajo la primera —contesté, agachándome para levantar la caja más grande.

Valentina se agachó a mi lado para sostener la base. En ese movimiento mínimo, sus hombros chocaron contra los míos. Su cuello quedó a milímetros de mi rostro y el aroma limpio de su piel me inundó los sentidos con la violencia de una ola. Se me congeló la respiración en la garganta.

Solté la caja sobre el suelo de madera sin importar el ruido, incapaz de dar un solo paso más.

Ninguno de los dos se movió. Ninguno se alejó.

Nos quedamos allí agachados, a centímetros de distancia, escuchando únicamente el repicar furioso de la lluvia sobre el techo de chapa del garaje y el ritmo acelerado de nuestros propios pechos. A esta distancia, mirando cómo su pulso latía desbocado en la base de su cuello, cinco años de ausencia se convirtieron en un hilo tenso a punto de romperse. Cinco años de extrañarla en silencio, de buscar su cara entre la multitud de cada estadio, de preguntarme si algún día volvería a tenerla así de cerca.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.