Olvidarnos estaba prohibido

CAPÍTULO 11 El peso de la verdad

Las yemas de sus dedos temblaban a un milímetro de mi piel.

Podía sentir el calor que emanaba de su mano como una hoguera en mitad del invierno. Mi corazón golpeaba con tanta violencia contra mis costillas que estaba segura de que él podía escucharlo entre el repicar sordo de la lluvia sobre el techo de chapa del garaje.

Cinco años intentando apagar esto... y basta estar a tu lado dos segundos para darme cuenta de que estoy exactamente en el mismo lugar donde me dejaste.

Sus palabras cayeron sobre mi pecho con la fuerza de un golpe devastador. Las confesiones habían llegado antes de tiempo, sin filtros, sin las armaduras que habíamos tardado un lustro en construir. No había espacio para la cortesía fingida ni para el papel de adultos maduros que habíamos actuado durante la cena. Éramos Aiden y Valentina, acorralados en un altillo a oscuras, reducidos a las cenizas de un amor que jamás terminó de consumirse.

Cerré los ojos medio segundo, dejando que una lágrima traicionera se deslizara por mi mejilla hasta rozar sus dedos.

—¿Crees que para mí fue diferente? —susurré. Mi voz salió rota, un hilo transparente lleno de una angustia acumulada durante mil ochocientos días.

Aiden tragó saliva con dificultad. Su mano, que hasta entonces flotaba en el aire, se atrevió por fin a dar el último milímetro. La palma de su mano, grande, cálida y áspera, se posó contra mi mejilla. El contacto me provocó un escalofrío tan intenso que tuve que apretar los dientes para no soltar un sollozo.

—Val... —murmuró, y el roce de su pulgar limpiando mi lágrima me destruyó por completo.

—Cinco años, Aiden —repetí, abriendo los ojos para sostenerle la mirada en la penumbra—. Cinco años entrando a guardias de treinta horas para no tener tiempo de pensar en ti. Cinco años apagar la televisión cada vez que salía un partido tuyo porque me daba pánico escuchar tu nombre... No tienes idea de lo que fue intentar construir una vida normal sabiendo que me había dejado el corazón en aquel departamento a los veintitrés.

Aiden apretó la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de su cuello se tensaron al límite. Vi cómo el dolor y el cansancio cruzaban sus ojos oscuros.

—Fui egoísta, Val —confesó en un murmullo desgarrado, acortando la distancia entre nuestros rostros hasta que su aliento cálido rozó mis labios—. Acepté cada contrato, cada viaje, cada oportunidad sin medir lo que nos estaba haciendo. Quería comerme el mundo y pensé que podíamos con todo... Pero entre tus guardias interminables, tus días de estudio encerrada y mis semanas fuera con el equipo, dejé que la distancia nos consumiera. Nos desgastamos hasta no dejamos nada.

—Nos consumimos los dos —corregí, apoyando mi mano sobre la suya, sintiendo los latidos acelerados de su muñeca bajo mis dedos—. Éramos jóvenes, ambiciosos y creímos que el amor alcanzaba para aguantar la ausencia. Pero mirarte ahora y saber que somos dos extraños que se conocen de memoria duele más que cualquier recuerdo.

El silencio que nos envolvió fue sofocante. El aire entre nuestros labios quemaba. El deseo no era un impulso impulsivo; era una corriente subterránea que nos arrastraba a ambos con una fuerza imparable. Estábamos tan cerca que solo necesitaba inclinarme dos centímetros para volver a probar sus labios.

Aiden bajó la mirada hacia mis labios y su respiración se volvió errática, pesada.

—Dime que no sientes nada —me pidió en un ruego desesperado, acercándose tanto que la punta de su nariz rozó la mía—. Mírame a los ojos y dime que cuando entraste al diner ayer no sentiste que el mundo se detenía. Dime que me olvidaste, Valentina, y te juro por Dios que me doy la vuelta y no vuelvo a tocarte en la vida.

Un nudo doloroso me cerró la garganta. Mirarlo a los ojos, tan vulnerable como yo, hizo imposible cualquier engaño.

—No puedo —admití en un aliento apenas audible—. No puedo mentirte.

Aiden soltó un suspiro ahogado, una mezcla de alivio y angustia pura, y apoyó su frente contra la mía. Cerré los ojos, sintiendo el peso de su cabeza y el calor de su cuerpo envolviéndome por completo. Nos quedamos así durante varios segundos, respirando el mismo aire, hasta que un sonido agudo y estridente cortó la penumbra del altillo.

Un teléfono comenzó a vibrar con fuerza.

La pantalla del móvil de Aiden, guardado en el bolsillo de su abrigo, se iluminó con destellos violentos en mitad de la oscuridad. La vibración persistente resonó contra la madera, rompiendo la burbuja en la que nos habíamos encerrado.

Aiden no se movió al principio, apretando los ojos como si quisiera ignorar el mundo exterior. Pero el nombre en la pantalla era imposible de esquivar. Una foto perfecta de una modelo rubia sonriendo a la cámara iluminó las sombras del altillo.

La realidad me golpeó en la cara como un cubo de agua helada.

Di un paso hacia atrás de inmediato, rompiendo el contacto de nuestras frentes y soltando su mano como si quemara. La frialdad del aire del garaje me volvió a envolver el cuerpo. La ilusión de los últimos minutos se desintegró en mil pedazos sobre el suelo de madera.

—Val, espera... —dijo Aiden, intentando alcanzarme mientras sacaba el teléfono del bolsillo.

—Atiende, Aiden —dijo con la voz extrañamente firme, aunque por dentro me estaba desangrando—. Debe ser importante.




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