Olvidarnos estaba prohibido

CAPÍTULO 12 Santuario de amigas

Subí las escaleras a pasos rápidos, impulsada por una mezcla de rabia y orgullo.

El nombre de esa modelo parpadeando en la pantalla del teléfono de Aiden había sido el baño de agua fría que necesitaba para reaccionar. No iba a quedarme encerrada en mi habitación compadeciéndome, ni iba a pasar la noche mirando mi plato mientras él buscaba mi mirada para disculparse.

Me paré frente al espejo y respiré hondo. Me cambié la ropa de casa por unos jeans oscuros y un suéter de punto suave en tono crema. Me acomodé el cabello hacia un lado, me puse un poco de bálsamo en los labios y tomé mi abrigo negro. Una última mirada al espejo y bajé.

En la sala, Thomas y mi madre conversaban junto a la chimenea, mientras Aiden estaba de pie cerca de la barra sosteniendo un vaso de agua. Al escuchar mis pasos sobre la madera, los tres se giraron.

Aiden se congeló a mitad de un trago. Sus ojos recorrieron mi figura de arriba abajo, deteniéndose en la sobriedad de mi suéter antes de clavarse en los míos con una tensión evidente.

—¡Qué linda estás, mi amor! —sonrió mi madre—. ¿Vas a salir?

—Sí, mamá. Les quería avisar que no me quedo a cenar hoy. Quedé en verme con las chicas.

—¡Qué buena idea! —intervino Thomas—. Sal a distraerte un poco.

Pasé por el lado de Aiden sin mirarlo directamente, aunque sentí su mirada fija en mi espalda hasta la puerta.

—Valentina... —alcanzó a murmurar en un hilo de voz.

No me detuve. Abrí la puerta, salí al aire helado de la noche y me subí al auto.

Veinte minutos después, estacioné frente a la casa de Nina. Apenas crucé la puerta, el olor a galletas recién horneadas y el calor del hogar me envolvieron por completo.

—¡Por fin llegaste, mujer! —gritó Hanna desde el sofá, levantándose de un salto para estrujarme en un abrazo.

—¡Val! —exclamó Nina, saliendo de la cocina con una sonrisa radiante para sumarse al abrazo triple.

—Las extrañé demasiado —confesó Nina, soltándonos para mirarnos a la cara—. Entre la clínica de Val, los viajes de negocios de Hanna y el bebé, siento que no las veo hace un siglo.

—Apenas pasaron tres semanas, exagerada —se rió Hanna, sirviendo dos copas de vino sobre la mesa ratona—. Aunque con todo lo que pasa en nuestras vidas, tres semanas parecen un año.

—Bueno, vengan. Antes de ponernos al día con los chismes, tienen que ver a mi muchacho —dijo Nina con los ojos brillantes, guiándonos hacia la cuna acojinada en la esquina.

Nos acercamos despacio. Allí, envuelto en una manta azul pastel, dormía plácidamente el pequeño. Tenía apenas dos meses, unos mofletes rosados irresistibles y los puñitos cerrados cerca de la cara.

—Es idéntico a Mason —susurró Hanna con una sonrisa enorme—. Por favor, díganme que heredó la calma de Nina y no la intensidad de su padre.

—Por suerte duerme toda la noche —se rió Nina en voz baja, dándome un apretón suave en el hombro—. Míralo, Val. ¿No es increíble?

Me incliné un poco sobre la cuna para acariciarle apenas la mejilla suave con la yema del dedo. El peso de toda la amargura del garaje pareció evaporarse en ese instante.

—Es perfecto, Nina —sonreí de verdad, sintiendo un calorcito dulce en el pecho.

Hanna sacó el teléfono de inmediato y nos tomó una foto desprevenidas mientras mirábamos la cuna.

—Estás hermosa así, sonriendo, Val —comentó Hanna mientras nos acomodábamos en los cojines del suelo alrededor de la mesa ratona—. Te hacía falta salir de esa casa.

—Hablando de esa casa... —Hanna me miró con los ojos entrecerrados y una sonrisa pícara, sirviendo el vino—. Ayer me mandaste un mensaje diciendo que habías llegado al pueblo. No me dijiste nada de cómo estuvo esa primera cena. ¿Cómo va la convivencia bajo el mismo techo con Aiden?

Suspiré profundo y me pasé una mano por la cara. Nina dejó la taza de té sobre la mesa y se inclinó hacia adelante, atenta.

—Un desastre absoluto —confesé.

—¿Sigue estando tan caño como en la televisión o la prensa exagera? —preguntó Hanna directo al grano.

—Hanna, por favor —la frenó Nina, dándole un golpecito en el brazo, para después mirarme a mí—. ¿Qué pasó, Val? ¿Se cruzaron mucho?

—Ayer en la cena estuvo todo milimétricamente calculado por mi mamá y Thomas —les conté, girando el vino en la copa—. Pero hoy... hoy nos mandaron al garaje a buscar unas cajas de vajilla al altillo.

—Traducción: los padres jugaron a ser cupidos —acotó Hanna, dando un sorbo a su copa—. Típico de Thomas.

—Éramos solo los dos en un espacio de dos metros cuadrados —continué en voz baja, sintiendo que las mejillas me quemaban—. Y pasó lo inevitable. Hablamos de estos cinco años, de la distancia, de lo que nos desgastó las carreras a los dos... Y se acercó tanto que sentí que no habían pasado los años.

—¿Se besaron? —preguntó Nina con la boca abierta.

—No. Pero fue peor —admití con un nudo en la garganta—. Me dijo que basta estar a mi lado dos segundos para darse cuenta de que está en el mismo lugar donde lo dejé. Y cuando yo estaba a punto de colapsar y decirle que a mí me pasa exactamente lo mismo... le sonó el teléfono.




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